Gustavo abre la puerta. El aspecto de María Inés lo
alarma: varios kilos perdidos, despeinada, la cara sin maquillar. Gustavo
recuerda una descripción de Delphine DeVigan que lo impactó: un paquete
abollado. Acá estoy de nuevo informa
ella.¿Y cómo estás? Asustada. ¿De qué? De mí contesta María Inés. ¿Qué te asusta de vos? Saber que soy capaz de cualquier cosa. Gustavo
se alarma. Contame qué pasó durante todo
este tiempo. Nada; ese es el problema; Gerardo hace de cuenta que nada pasó dice
María Inés y luego, en voz muy baja, añade pero
es como si yo llevara la muerte dentro. Gustavo decide ser imperativo. Explicame qué sentís. Gerardo mató a la que
yo era. Quizás es una buena noticia. ¿Qué intentás decirme? Cuando eras una
criatura tu abuelo te usaba para sus propios fines sin tener en cuenta qué
estabas sintiendo; ahora Gerardo te necesita para inventar una imagen y a él
tampoco parece interesarle cuál es el costo para vos; la gran diferencia es que
cuando eras una nena para sobrevivir no encontraste otro recurso que convertirte en un envase, congelando tus propias necesidades; no podías escapar; ahora sos una adulta capaz de decidir cómo quiere
que sea su vida. María Inés esconde la cabeza entre las manos. Le conté a mi mamá lo que había pasado y le dije que
me quería separar. ¿Cómo reaccionó? Me preguntó si Gerardo estaba de acuerdo;
le contesté que no; entonces me dijo que si íbamos a un divorcio controvertido
saltarían los motivos y que eso iba a perjudicar al estudio, a mí y a todos;
que aguantara hasta que consiguieran convencer a Gerardo. O sea que tu mamá, de
nuevo, te entregó. María Inés se endereza y lo mira con espanto, califica
Gustavo. ¡¿Qué me estás diciendo?! Gustavo
traga saliva, se juega el todo por el todo. Cuando
eras chiquita tu mamá te entregó a tu abuelo, desestimó tu llanto, tu
resistencia a quedarte en esa casa; quizá a ella le había sucedido lo mismo con
su padre cuando era pequeña; ella era la encargada de protegerte, no podía
hacer la vista gorda; ahora reacciona de la misma manera; lo único que le importa
es que nadie se entere, que el honor de la familia se salve y vos sos, otra vez
la que tiene que pagar. María Inés se levanta, tambaleante. Me tengo que ir dice te veo el miércoles. Él la acompaña hasta
la puerta. Ella ni siquiera se despide.
Gustavo, apoyado sobre la puerta, piensa que María
Inés, de una manera o de otra, siempre logra alterarlo. Cierra un instante los
ojos y se acuerda de su hija. No quiere comunicarse con Cecilia por eso,
parado, teclea ¿Cómo está mi muñequita? Instantes
después lee Muy mal ¿cuándo venís? Cuando
se vaya tu madre, quisiera contestarle pero escribe: Lo más pronto que pueda. Muchos besos. ¿Corresponde que la llame a
Cecilia? Si hubiera pasado algo importante ella lo habría alertado. Mira el
reloj. No tuvo noticias de Joaquín.
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