viernes, 28 de junio de 2019

100


María Inés se presenta, nuevamente, en jeans y zapatillas, la cara lavada. Volví a soñar con las estrellas informa ni bien se sienta sobre las piernas recogidas. Gustavo, entusiasmado, comprueba que lo esencial siempre retorna.  Todo era igual que la otra vez hasta que, en un momento, las estrellas se transformaron en ojos. Ajá comenta Gustavo los ojos solo pertenecen a personas o a animales. Eran ojos de persona se apresura a aclarar ella. ¿De una persona o de varias? Eran muchos pero yo sabía que eran de una única persona. Vamos bien, evalúa Gustavo, debo evitar cualquier torpeza. Los ojos pueden ser de hombres o de mujeres. O de chicos rectifica ella. ¿Eran ojos de una criatura? Ella niega con la cabeza y agrega me parece que eran de hombre, porque eran muy grandes y muy oscuros. ¿Solo los hombres tienen ojos grandes y oscuros? No reconoce ella. Pero a lo mejor vos conocías utiliza adrede el pasado algún hombre con ojos particularmente grandes y oscuros.  Puede ser solo dice ella.  ¿De qué color tiene los ojos tu papá? Azules; mi hermano también; yo los tengo negros como mi mamá. Si tu hermano tiene ojos azules habría alguien de la familia de tu mamá con ojos claros. Sí, mi abuela, celestes los tiene. Entonces tu abuelo los tenía oscuros. Sí  reconoce María Inés me acuerdo bien eran muy oscuros, negros como los míos y luego calla, la vista perdida en la ventana.  ¿Podría ser que los ojos de tu sueño fueran los de tu abuelo? Ella sigue inmersa en su silencio. María Inés ella, entonces, lo mira ¿cómo estabas vestida en tu sueño? Estaba desnuda informa.  Gustavo decide arriesgarse. Estabas desnuda y tu abuelo te miraba hace una pausa ¿por qué caminabas? Ella esconde la cara entre las dos manos porque él me pedía; siempre que mi abuela salía me hacía desnudar y me pedía que caminara. ¿Te tocaba? aventura. A mí, no. ¿A quién entonces? Él se tocaba María Inés solloza. A Gustavo le cuesta entenderle. Me hacía caminar desnuda, se abría la bragueta y mientras se tocaba me decía ¨sos tan linda que estás hecha para mirarte y gozar¨; cuando eyaculaba me ordenaba ¨anda vestirte que va a venir la abuela; ya sabés que no tenés que decirle nada; este es un juego entre los dos¨. ¿Y cuándo terminaron estos episodios? Cuando él se murió, yo tendría unos seis años y ya casi no me lo hacía porque ya iba al colegio y no nos quedábamos solos; ¿sabés, Gustavo?, me puse muy contenta cuando murió; mi mamá lloraba, mi abuela lloraba, hasta mi hermano lloraba  y yo sonreía; escuché que la abuela le decía a mamá  ¨esta nena no tiene sentimientos, el abuelo la adoraba¨.  ¿Nunca se lo contaste a tu mamá? Es la primera vez que se lo digo a alguien, ya me había olvidado de todo dice. Pero lo seguiste actuando ella lo mira, las cejas arqueadas seguís caminando por el mundo ofreciendo tu belleza a la mirada del otro, para que sea el otro quien se satisfaga, sin que vos obtengas a cambio, placer alguno. La mira intensamente y luego determina vamos a dejar acá.


Gustavo está azorado. ¿Será mi propia movilización la que está provocando está cadena de profundas revelaciones?, piensa, ¿yace en mí el poder? Por el poder de Grayskull recuerda. Él era He-man y Santiago, Skeletor. Una sonrisa flota en sus labios solo unos segundos. Estoy agotado, piensa y se pregunta cuánto más tiene para dar. Qué día. Los chicos, Natalia, Laura y su hijo, Camilo y su hermanita, María Inés y su abuelo. ¿Con qué pariente se enfrentará Raúl?, piensa cuando escucha el timbre.

miércoles, 29 de mayo de 2019

89


Miércoles 17
Gustavo acciona la tostadora nueva. Cuatro rebanadas de pan. Un solo Nesquik. Frío. Nacho se sienta, los ojos hinchados de sueño. ¿Descansaste bien? le pregunta él. Recién me dormí a las cuatro informa el chico. Me hubieras avisado, estaba desvelado. Nacho, ahora lo mira con atención. ¿Tenés insomnio? pregunta. A veces confiesa él. Marti también, yo la escucho. ¿Qué escuchás? Cuando da vueltas en la cama  dice mientras mastica y luego comenta qué loco, a los tres  nos cuesta dormir y nunca decimos nada. El chico toma un trago de leche y luego indaga ¿mamá va a volver? ¡Claro!, ¿por qué preguntás eso? Nacho se encoge de hombros y parándose dice  vamos, que es tarde.

Me parece que Nacho se dio cuenta de algo comenta Gustavo. Santiago baja la taza y lo mira con interés.  Está muy enojado con la madre.  Tal vez porque ella se está comunicando poco comenta Sntiago ¿le preguntaste? Sí, pero sabés como es tu ahijado: una momia. Pensé que estaba un poco mejor con vos. Mejor está, tengo que reconocer admite Gustavo.  Quizá seas vos el que está precisando más contacto con él sugiere su amigo.  Gustavo lo mira con extrañeza.  No sé para qué voy a lo de Ana María si vos siempre me cantás la justa. Todavía no te pasé los honorarios bromea Santiago. Ambos ríen.


Gustavo y Natalia, en la secretaría, retiran la certificación del curso.  Caminan luego por Pueyrredón hasta Pertutti. Mientras comparten una pizza se ponen al día con las novedades de sus respectivos consultorios. Se produce, luego, un silencio incómodo.  Ya no nos veremos declara ella.  ¿Por qué? la rebate él me quedaría sin saber cómo van evolucionando tus pacientes. Ella sonríe. No nos conocemos agrega ella.  Soy de capricornio informa él. Ríen.  Solo sabrás cuál es mi signo cuando me invites a cenar. Hecho dice él mientras piensa  cómo se arreglará con los chicos.

miércoles, 8 de mayo de 2019

80


No alcanza Gustavo a llegar al pasillo, con Lacán pisándole los talones, cuando es interceptado por el abrazo de Martina. Hola, papi, te extrañé, ¿por qué llegaste tan tarde?  Los miércoles tengo pacientes, hijita le explica. ¡Odio a tus pacientes!, ¡los querés más que a mí! Y que a mí no te cuento agrega Nacho saliendo de su habitación. Gustavo va al baño. Cuando sale, el chico ya está sentado a la mesa. Estoy muerto de hambre dice. Martina regresa de la cocina con una bandeja sostenida entre ambas manos. Camina con sumo cuidado. Gustavo recuerda la anécdota de Raúl pequeño sosteniendo el vaso. ¿Así que te fue bien en la prueba? comenta Gustavo. Nacho asiente, la boca llena de pan. ¿Qué te preguntaron? Serví, papi, que se enfría ordena Martina. Mientras Gustavo se dedica a repartir tarta y ensalada, la nena cuenta con sumo detalle un incidente entre dos compañeros. Sigue hablando mientras mastica. Gustavo, escuchándola a medias, mira a su hijo que, sosteniéndose el mentón en el codo apoyado en la mesa, bufa entre bocado y bocado. Si de mí hubiera dependido, no estaría aquí, piensa. Lo observa con atención. Se parece a la madre, es lindo el pendejo. De pronto la mirada del chico se fija en él. Sin embargo, los ojos son los míos, decide. La forma, el color. Son los míos, repite. Mis ojos transportados a otra cara. A la cara de su hijo. Papi, no me escuchás protesta Martina. Nacho revolea los ojos parecidos a los suyos mientras se muerde el labio de abajo. Gustavo le guiña un ojo. Nacho devuelve el gesto. Martina sigue hablando. Cuando por fin la nena se detiene, Nacho comenta me preguntaron sobre las causas. ¿Y qué contestaste? Nombré el surgimiento de la clase burguesa, el descontento de las clases bajas, la ilustración, la crisis económica y la guerra de independencia de Estados Unidos; todo lo que me explicaste, ¿viste? Gustavo lo escucha con tanta sorpresa como si Lacán hubiera empezado a hablar. Es mi hijo, se repite, yo no quise que naciera pero está. El domingo a las cinco Independiente juega con Rafaela anuncia Nacho. Pero la nona nos invitó a merendar. Yo de aquí no me muevo informa el chico andá vos sola con papá, que más querés. Gustavo recuerda a Ana María. Es mi hijo, se repite. Te llevo temprano y después vuelvo a mirar el partido con tu hermano. De paso evito el encuentro con mi suegra, piensa. Los ojos de Nacho son dos platos. ¿De veras, pa? ¨Cada día podrás sentarte un poco más cerca¨, dijo el zorro.

Ya en la cama, Gustavo piensa. Necesito una mina, piensa, mientras mete la mano dentro del piyama.

miércoles, 1 de mayo de 2019

77

Quiero ser hijo de otro padre informa Raúl,  hundiéndose en el diván. Yo también estoy harto del rey de Textilandia, piensa Gustavo y en cuanto lo piensa se indigna consigo mismo.  Carraspea.  ¿También quisieras ser padre de otros hijos? ¡No!, eso es lo único que me salió bien en la vida contesta, rotundo pero me hubiera gustado ser mejor padre; que ellos pudieran estar orgullosos de mí. ¿Por qué pensás que no están orgullosos de vos? Raúl ríe con sorna. ¿Vos dirías que soy un hombre exitoso? pregunta. ¿Solo el éxito es motivo de orgullo? plantea Gustavo y ante el silencio sostenido, agrega ¿alcanza para ser un buen padre? Raúl desvía la mirada y se atusa la barba. ¿El éxito de tu padre lo convirtió en un buen padre para vos? insiste y luego de un rato agrega  desarrollarse bajo la sombra de un padre triunfador no es fácil porque, además, los hombres notables no suelen caracterizarse por ser padres notables.  Raúl lo mira, agresivo. ¿Querés convencerme de que les estoy haciendo un favor a mis hijos siendo un fracasado? Nadie es un fracasado; hay momentos de la vida donde determinados proyectos pueden fracasar pero eso no involucra a la totalidad del ser; comentaste al iniciar la sesión que tus hijos te habían salido bien, quiere decir que hay áreas con las cuales estás satisfecho. El silencio de Raúl se hace tenso.  ¿En qué lugar de tu vida colocás a tus hijos?  Raúl sonríe, burlón. ¿Querés que te conteste con un cliché? Preferiría que me contestaras con sinceridad. Raúl se queda pensando. Me parece que les otorgo el segundo puesto. ¿Después de qué? inquiere.  Después de Lisa, claro. Me parece que los triunfadores suelen ubicar lo profesional o lo laboral en primer término.  El rostro de Raúl se distiende.  Tenés que aprender a valorarte más allá de tu padre, no se trata de competir con él, sino de comprender que cada uno eligió un camino distinto; con diferentes prioridades, con diferentes logros y diferentes déficits. Gustavo sirve dos vasos de agua. Ambos beben. Vos no sos solo el hijo de tu padre afirma. Luego de un rato tiene una intuición. ¿Cómo se llama tu papá? pregunta.  Raúl, por supuesto. ¿Y cómo se llama tu hijo mayor?  Los ojos de Raúl se humedecen. Sebastián informa.

Controla el mail. Mensaje de Cecilia. Hola, Gus. Llamé varias veces pero nunca te encuentro. Como todavía el personal no está completo, me tengo que ocupar de todo, estoy trabajando diez horas por día. Cansada pero feliz. Hago muchas relaciones públicas y bien sabés que eso me encanta. ¿Cómo te arreglás con los chicos? Los escucho bien. Nacho me comentó que lo estás ayudando a estudiar, eso es justamente lo que precisa y no lo digo porque le cueste, es mucho más inteligente de lo que vos suponés. Martina me lloriqueó un poco pero ya acordamos en que Nacho le abrirá una cuenta de Skype así podemos vernos todos los días. ¿Cómo estás vos?, ¿el consultorio?, ¿la fábrica? Un abrazo. Yo.  ¿Cómo estoy?, piensa Gustavo, todavía tiene el tupé de preguntármelo. Mierda en la cabeza, eso tiene. La respiración se le agita. Va a la cocina y abre una coca cola.

viernes, 8 de marzo de 2019

56


Veni, papi. Gustavo se desembaraza de Lacan y se dirige a la cocina. La nena, en un banquito, revuelve la cacerola con una cuchara de madera. Cecilia, el pelo recogido con una gomita, delantal, cuela el arroz en la pileta. Una nube de vapor asciende hacia su rostro. Él besa a la nena en el cabello. Lo hice casi sola. Cecilia lo mira, sonriente. Hola le dice él mientras tira la pastilla en el cesto.

Gustavo, sentado en su lugar, usando su servilleta, observa a su familia.  A mi exfamilia, piensa. Nacho conversa animadamente con Cecilia, sobre la fiesta que tendrá el próximo sábado. Martina pasa el pan por la salsa. Qué rico que me salió dice viste, papi, qué suerte, cuando mami se vaya a Chile yo ya puedo cocinar.  La cabeza de Cecilia gira pero cuando nota que Gustavo la está mirando desvía rápidamente la vista. Nacho aparta el plato a medio comer.  Me voy a bañar  informa mientras se levanta.  Mami, cuando vuelvas lo vas a encontrar a papi más gordito. Ahora sí, las miradas de Gustavo y Cecilia coinciden.


Gustavo se está secando cuando toma una decisión. El piyama se resiste a deslizarse sobre su cuerpo todavía húmedo. Lo tironea. Cuando entra al cuarto Cecilia se está desvistiendo. Él gira instintivamente la cabeza.  Dame unas sábanas para el sillón del living pide. La cabeza de Cecilia emerge del camisón.  ¿Por qué?  Y vos me lo preguntás… ¿será porque me cansé de compartir la cama con la amante de otro hombre?; ¿dónde están? reclama de muy mal modo, momento en el que repara que ni siquiera  sabe dónde se guardan las sábanas. No quiero que te vayas dice ella. ¿Me estás tomando el pelo?  Ella se acerca y le apoya las manos en los brazos. Tratemos de aprovechar los días que nos quedan. Él se aparta. ¿Estás loca o lo hacés de jodida? Bajá la voz pide Cecilia y luego agrega yo te sigo queriendo. Gustavo siente que las piernas se le aflojan. Tengo ganas de pegarle, piensa. Traga saliva y dice ¿te das cuenta de lo que me estás haciendo?, te vas a Chile con tu amante, abandonás a los chicos y en lugar de ayudarme a cortar lo que me une a vos, decís que me querés para que yo no pueda desprenderme del amor que te tuve.  Ella se echa el cabello hacia atrás. Tenés razón dice perdóname. ¡Papi! grita Martina ¿me traés soda? Gustavo va a la cocina. Cuando regresa del cuarto de la nena, el sillón está abierto y la cama hecha. Se está metiendo entre las sábanas llenas de princesas cuando escucha los pasos de Cecilia. ¿Tomamos un café? propone.  Él quiere no estar, desaparecer, dejar de existir pero la sonrisa de Cecilia, camisón rosa, chinelas, cabello alborotado, es irresistible. Busca las pantuflas y se incorpora. La sigue a la cocina. No te voy a preguntar cómo estás porque te vas a enojar pone el agua y el café en la máquina, saca los pocillos de la alacena; luego agrega pero necesito saber qué pensás, qué sentís. Claro, porque me querés dice él con sorna. Aunque no puedas entenderme, te quiero tanto como siempre. El rostro de Gustavo se crispa. Lo único que conseguís así es irritarme; accedí a este café porque los días van corriendo y todavía no solucionamos lo operativo. ¿Querés que los chicos se queden aquí? pregunta al tiempo que sirve el café. Gustavo la mira desconcertado, ¿esa es la mujer con quien vivió durante quince años? Se clava las uñas en la palma de la mano. Por lo visto considerás un dato menor el hecho de no desarraigar a tus hijos; ¿te parece sumarle a tu ausencia un cambio de decorado?; malditas las ganas que tengo de hacerme cargo de chicos y casa pero no se me pasa por la cabeza sumarles otro dolor: Cecilia, ¿tan loca estás que ya no te importa lo que les pase? Ella lo mira con intensidad al decir no te esfuerces porque no conseguirás hacerme sentir que los abandono; me voy solo dos meses y los dejo en buenas manos, ya sean las tuyas o las de las abuelas apura de un trago su café el que más me preocupa es Nacho.  A él le sorprende el comentario.  ¿Nacho?, a mí me aflige más Martina.  Cecilia sonríe con sorna.  Por eso me preocupa Nacho. No te entiendo dice él mientras siente una opresión entre las costillas. Vos solo pensás en la nena, Nacho no forma parte de tu  mundo. La opresión ya es una garra.  Vos sí que  pensás en ellos. Sí, hace catorce años que son el centro de mis pensamientos, los dos por igual, porque yo nunca hice diferencias entre mis hijos. ¿Qué querés sugerir? No lo sugiero, lo digo, lo afirmo, lo firmo; vos no los querés igual; ¿no te diste cuenta todavía?  Gustavo quisiera poder contestarle que no es cierto, que es un infamia pero solo dice ¿te parece que este es justo el momento para que deliberemos sobre mis deficiencias paternas cuando a vos te ne frega lo que les pase; sí, vos sos muy ecuánime porque te importa tan poco una como el otro; tratemos de centrarnos en los temas de índole práctica, horarios, instrucciones.  Cecilia lo mira, con desprecio, cataloga, Gustavo, y dice ya vengo mientras abre la puerta. Regresa al rato con un cuaderno. Se sienta, lo abre y toma un trago de café. Está frío comenta, lo mira y explica te anoté los horarios de las actividades; todos los números de teléfono que puedas precisar; los remedios que toman para cada malestar; las fechas de las próximas pruebas, las reuniones de padres, las citas con el dentista; con Juana ya hablé, le dejé los menús preparados para todo este tiempo; ya llené el freezer y el placar del baño explota de dentífricos y champús; ahora te muestro donde dejé unos regalos para los eventuales cumpleaños de los amigos. Gustavo está azorado, nunca pensó que fueran tantas las cosas en las que había que pensar. El hogar transformado en una PyME. ¿Y se supone que él debe ocuparse de esa infinidad de ítems? Una pesadilla. Creo que no faltará nada dice Cecilia, satisfecha.  No, quedate tranquila, solo faltarás vos. Los ojos de Cecilia se humedecen.  Mejor me voy a dormir  dice y sale. Gustavo deja las tazas en la pileta. Apaga la luz.

lunes, 25 de julio de 2016

175

Llegó Gerardo informa María Inés mirando  a Gustavo con intensidad  junté fuerzas y lo enfrenté; le dije que ya no aguantaba más y que me quería separar; él intentó tranquilizarme, hasta propuso que hiciéramos una terapia de pareja, insistía con que él no era homosexual, que yo me había confundido; habló tanto y tan bien, para algo es abogado de primera, que consiguió que dudara de lo que había visto.  Ella se deja caer sobre el respaldo y cierra los ojos. Gustavo, luego de una larga pausa, decide intervenir. ¿Seguís dudando de tus percepciones? No tengo fuerzas, Gustavo, nunca voy a poder contra él; me neutraliza con una sonrisa, me hace desaparecer con un beso; me aniquila cuando consigue hacerme el amor. ¿Lo logró? Esa primera noche no, lo atribuyó al estrés al que yo lo sometía pero la noche siguiente sí, debe haber recurrido al Viagra. ¿Cómo te sentiste durante todos estos días? Horrible, como si fuera un insecto. ¿Entonces? Algo logré hacer contesta ella abriendo los ojos y enderezándose en el asiento. Contame, por favor.  Le dije a Gerardo que necesitaba tomarme unos días para pensar; desde el lunes estoy en lo de mis viejos, no tenía adónde ir; mamá insistió para que regresara pero finalmente me recibió; me hizo prometerle que no le iba a contar a mi padre el motivo del distanciamiento.  ¿Cumpliste tu promesa? No estoy en condiciones de enfrentar a mi viejo; él es como Gerardo, me eclipsa con una sola mirada se cubre la cara con ambas manos y añade me avergüenzo ante vos; todos tus esfuerzos conmigo no sirvieron para nada. Estoy muy orgulloso del trabajo que hicimos juntos, María Inés. Ella se descubre el rostro. Lo decís para consolarme. Él recupera la imagen de modelo de revista de alta costura y la mide con la mujer de carne y hueso que tiene frente a él. Lo digo porque es cierto la corrige él llegaste aquí insatisfecha  pero ciega; lograste plantearte primero la duda con respecto a la sexualidad de tu marido; lo enfrentaste sin éxito, entonces decidiste comprobarlo; acudiste al estudio y lo verificaste a pesar de que él nunca tuvo la valentía de asumirlo y ahora lograste irte de tu casa aunque sea por unos días; además, conseguiste recordar los abusos de tu abuelo, te animaste a contárselo a tu madre que los negó pero que terminó admitiendo su propia historia frente a vos; ¿te parece que lograste poco en solo cuatro meses?, sos vos la que deberías estar orgullosa de tus logros. Ella hace girar la alianza con insistencia. Trataré de cumplir con tus expectativas dice. Mis expectativas no interesan, solo las tuyas. De todos modos, sé que sin tu apoyo seré incapaz de lograr nada. Gustavo percibe que aumenta su frecuencia cardíaca. Cómo decírselo. Quería avisarte que estoy considerando la posibilidad de tomarme vacaciones en enero. El rostro de ella se desencaja. No puede ser dice estaba por pedirte otra sesión por semana. No te preocupes intenta tranquilizarla él me quedaré en Buenos Aires, estaré disponible si sentís que es imprescindible; el miércoles que viene lo evaluaremos juntos. Ella se incorpora, la espalda combada. De acuerdo dice.

Qué difícil es todo, piensa Gustavo, no doy más y recién son las cinco de la tarde. ¿Cómo va, hijo? escribe. Hace días que tiene abandonado a Nacho. No le alcanza la energía para cumplir con todos. Tanto sobre sus espaldas. Tantos. Comiendo facturas que trajo la abuela Isabel. A Gustavo le molesta. Ya nadie le comunica nada. Ni siquiera su propia madre. Por suerte mañana se va Cecilia, piensa. Se dirige al baño y se lava la cara con agua fría.

viernes, 17 de junio de 2016

143

No parece una puérpera, decide Gustavo cuando la ve entrar. Una linda mujer, maquillada, bien vestida, casi en línea. Gustavo le indica el camino hacia el consultorio y le señala el diván. ¿Me siento? pregunta ella. Él hace un gesto afirmativo. Se ubica y busca la ficha, aún en blanco. ¿Mariana? Sí, Mariana Nuñez; Nuñez de soltera, Salaberry de casada. ¿Cuántos años tenés? Treinta y ocho. Gustavo anota dirección, teléfono y otras formalidades. ¿A qué te dedicás? Soy odontóloga. ¿Qué te trae por aquí? pregunta él, depositando la ficha sobre la mesita. Últimamente no me siento muy bien, el médico me sugirió que viniera, bueno, no aquí en particular, que hiciera terapia. ¿A qué te referís con últimamente? Hace dos meses. ¿Qué pasó hace dos meses? Nació Benicio, mi hijo. O sea que estás mal desde que nació tu hijo. Así parece dice ella. ¿Es el primero? Sí, me costó mucho conseguirlo, antes perdí dos bebés. ¿Por qué? pregunta él. Ella lo mira sorprendida. No sé, ¿pensás que yo tuve la culpa? Ahora es Gustavo el sorprendido. ¿Te sentís culpable? Mariana calla. ¿Alguien te hizo sentir culpable? No, claro, bueno, tal vez, mi madre me retaba porque opinaba que yo trabajaba demasiado. ¿De cuántos meses los perdiste? El primero de cuatro meses; el segundo, de cinco. ¿Te habían recomendado reposo? Con el segundo, sí; trabajaba desde casa; me pasé cinco meses encerrada, inútilmente; por eso, cuando me embaracé de vuelta, decidí hacer vida normal; si el bebé era suficientemente fuerte iba a sobrevivir, y así fue; mamá estaba horrorizada de que yo trabajara como siempre, pero parece que fue el antídoto, porque aquí está Benicio; y de que es fuerte no tengo ninguna duda. ¿Por qué lo decís? Primero porque sobrevivió a mi ritmo y después porque lucha cada instante de su vida. ¿Cómo es eso? Está dispuesto a arrasar con todo y con todos para obtener lo que quiere. ¿Y qué creés vos que quiere? Leche y brazos, supongo. ¿Y eso está mal? cuestiona Gustavo. Ella lo mira, parece desconcertada. No en sí mismo, pero es mucho. Nadie pide lo que no necesita comenta Gustavo recordando las palabras de la Gutman. ¿Y lo que necesito yo? lo enfrenta ella. Los adultos aprendimos a esperar, los recién nacidos, no; son puro deseo. Seré una mala madre entonces. No estoy aquí para juzgarte sino para intentar que veas las cosas como realmente son. Porque vos sos clarividente  comenta ella con una sonrisa despectiva. Tengo más posibilidades porque estoy fuera de la escena; ¿querés un vaso de agua? busca Gustavo distenderla. ¿Con quién dejaste al bebé? Con mi mamá. Hablame de ella propone él. No me entendiste, tengo problemas con mi hijo no con mi madre. Sin embargo comentaste que te reprochaba tu compromiso con el trabajo. Ella siempre está lista para reprochar. Mariana echa la cabeza hacia atrás y ríe. Me hiciste caer en la trampa; es cierto, no me llevo bien con mi madre. ¿Desde cuándo? Desde la adolescencia, antes me tragaba todo. ¿Fuiste una nena gordita? Ella arquea las cejas. ¿Cómo sabés?, de todos modos no tengo tiempo de dedicarle a mi infancia, tengo problemas que urgen. Gustavo se sirve otro vaso de agua mientras reflexiona. Luego de un rato dice mirá, Mariana, la maternidad remueve la propia infancia; ante las demandas de un niño recrudecen las propias demandas que quedaron insatisfechas; es muy difícil dar lo que no se recibió. ¿Entonces? Te propongo que durante esta semana pienses si estás dispuesta a remover tus cimientos; solo así tendrá sentido este espacio. ¿Y si no? Esperaremos hasta que estés preparada para hacerlo. ¡Mientras tanto mi hijo me enloquece llorando! Si tu hijo no llorara, no estarías aquí; escuchalo. Gustavo se incorpora. Espero tu llamado. Ella tarda en pararse. En la puerta él le tiende la mano. Ella le da un fugaz beso en la mejilla.


Gustavo está desconcertado. Se siente como un ventrílocuo. Alguien habló por su boca. Martina me hizo tocar fondo, piensa, cuando se percibe el roce de la muerte, no hay permiso para perder el tiempo. La llama a Cecilia. Todavía no hay novedades del traslado. Cuando le llega un mensaje de Natalia, repite la información. ¿Está fuera de peligro? pregunta ella. No sabe qué contestarle. Él, al menos, está en peligro. Y eso que, ni aun cuando hasta Grieco decía que había que esperar, se había dado la posibilidad de pensar qué pasaría si Martina no estuviera. El timbre. Camilo. Piensa en los padres del chico desde las vísceras.

domingo, 1 de mayo de 2016

107

¿Tus papás no pudieron venir? Yo no quise  contesta Camilo, rotundo y luego permanece en silencio. ¿Lograron hablar de todo lo que necesitabas? Ponele contesta el chico, ladeando la boca. Parece que no concluye Gustavo. Me hubiera gustado saber cómo fue todo lo de la mina pero me pareció que no daba, además me da mucha lástima mi mamá; estoy seguro de que esa mujer tuvo algo que ver con la demora que provocó mi accidente. ¿Se lo preguntaste? No, si fue así me imagino la culpa que tendrá mi papá. ¿Ya le contaron a tus hermanos? No, todavía no, están esperando que pase el cumple de Luciana. ¿Cuántos cumple? Once y Tobías tiene tres; para ellos va a ser mucho peor; Lu dejará de ser la única nena y Tobi ya no será el chiquitito; pobres, ¿no?  Gustavo se toma unos minutos antes de decir veo que vos te hacés cargo de los sentimientos de tu mamá, de tus hermanos y hasta de tu papá, ¿y los tuyos? A mí no me cambia nada se justifica el chico yo siempre seré el mayor, ¿qué me cambia? ¿La imagen de tu papá, quizás? ¡Es un pelotudo!  dice, con rabia  vos viste lo linda que es mi mamá y además es rebuena, mis hermanos hacen lío pero son lo más, ¿me querés decir para qué necesitaba otra mujer y otra hija? Gustavo piensa en Nacho y en Martina: también son relindos pero Cecilia los dejó. A veces no son elecciones, las cosas se dan sin que uno pueda dominarlas. ¡Por eso te digo que es un pelotudo!, ¡lo hubiera pensado mejor! Veo que estás muy enojado con él. El rostro de Camilo se transforma. Yo lo amaba a mi papa, siempre hacía todo bien, sabía de todo, se ocupaba de nosotros, ni te cuento cómo se portó conmigo cuando me pisó el auto, no sé cuántos kilos bajó, no me dejaba solo ni un instante. ¿Y ya no lo amás?  Camilo le clava los ojos, hace doler la intensidad de su mirada. Primero no pude creer en Dios ahora no puedo creer ni en mi papá. Tu papá no es Dios, Camilo, todos los seres humanos nos equivocamos alguna vez pero eso no implica que ya no puedas creer en tu papá Gustavo hace una pausa y pregunta ¿te gustaría contarles lo de Azul a tus hermanos? El chico niega con la cabeza. ¿Por qué? Porque van a sufrir, Lu sobre todo. No hacerte sufrir fue el motivo por el cual tu papá retardó la verdad. ¿Retardó?, ¡ocultó! lo corrige Camilo.  Te lo iba a decir, en algún momento iba a hacerlo Gustavo busca la mirada del chico ¿seguís queriendo conocer a Azul? ¡Claro!, es mi hermana, pobrecita, qué quilombo le espera. ¿Se lo dijiste a tu papá? Solo cuando estaba aquí. A lo mejor conviene esperar hasta que tus hermanos puedan acompañarte. Quiero que la traiga porque a la nena la quiero conocer pero a esa mujer no. ¿Le comentaste a alguien todo esto? Solo a vos contesta Camilo sin mirarlo. En cuanto lo sepan tus hermanos, dejará de ser un secreto; no necesitás ocultarlo. Me da vergüenza explica. Una vergüenza sería si tu papá hubiera abandonado a su hija, sin embargo asumió la responsabilidad de sus actos; considero que tu papá es muy valiente. Camilo levanta los ojos. Tanta entrega en la mirada que Gustavo se conmueve. ¿De veras te parece?


Gustavo, mientras toma un té, se plantea qué pasaría con sus propios hijos si Cecilia decidiera reconstruir su vida. ¿Deberían padecer también nuevos hermanos? Cecilia sembrada por otro. A él le resulta intolerable, admite. Deja la taza sobre el escritorio y revisa la ficha de María Inés. ¿Qué pensará hacer con su matrimonio? Ya un par de sesiones sin tocar el tema.

martes, 23 de febrero de 2016

47

Usted tenía razón anuncia Gustavo en cuanto se sienta. ¿A qué se refiere? interroga Ana María. Él le cuenta el sueño de Camilo. El reloj de arena. Le sugerí que hablara con su padre de la tardanza.  Gustavo, satisfecho de sus intervenciones,  espera algún elogio pero Ana María, como si no hubiera escuchado cuanto acaba de transmitirle, pregunta  ¿qué fue lo que le generó más dificultades en su consultorio hoy? Él, de algún modo ofendido, intenta revivir las sesiones. Percibe, con horror, que  tiene la mente en blanco. No se acuerda; acaba de volcar todo en las fichas y no se acuerda. Luego le aparece una imagen de la última sesión. Suspira, aliviado. Estoy intentando recordar qué me altero de lo que me contó Daniela, pero se me escapa. Cierre los ojos, tómese su tiempo indica Ana María. Los segundos transcurren sin que él logre concentrarse. Una ira difusa creciendo en su interior. Gustavo abre los ojos.  Esto no tiene sentido  dice tengo que resolver qué voy a hacer con mi mujer y estoy aquí pensando pelotudeces y ni bien termina de decirlo se sorprende de su agresividad, de su grosería.  Perdón pide no sé qué me pasa. Ella sonríe, su puta sonrisa, piensa él, y pregunta  ¿es usted el que está decidiendo? No entiendo. ¿Depende de usted que su mujer decida irse o quedarse? Gustavo siente que el mundo se le viene abajo. Cecilia tiene el poder. Su única posibilidad de  decidir hubiera sido echarla el mismo día en que descubrió su infidelidad. Soy un pelotudo dice ni siquiera me había dado cuenta de que ya nada depende de mí; ella está usando nuestra casa con toda tranquilidad y confort hasta que pueda irse con el otro; no sé cómo pude equivocarme tanto con ella, jamás pensé que se animaría a hacer algo así. Quizás es más osada de lo que usted consideraba. Las palabras atraviesan su cabeza, de oreja a oreja, piensa, pero en lugar de irse retornan. No pensó que Cecilia es osada, jodidamente osada. No quiere estar ahí. Prefiero irme informa levantándose.  Ana María se encoge de hombros.  No puedo retenerlo a la fuerza. Gustavo vuelve a sentarse.  Me avergüenzo ante usted de mí mismo, cómo puedo hacerme cargo de pacientes cuando soy incapaz de hacerme cargo de mi propia vida. Una cosa no quita la otra, en tanto pueda separarlas dentro del consultorio sonríe y, por lo que me contó de su miércoles, puede con holgura. Ahora es ella la que se incorpora.  Le pido que durante esta semana piense por qué no pudo contarme que remueve en usted Daniela.  No es que no pude intenta justificarse. Lo dejamos para la próxima.


Mientras maneja, Gustavo piensa en Ana María. Se toma demasiadas atribuciones. Mañana llamará a … , le toma unos segundos recordar el nombre de su analista, llamará a Andrés a ver cuándo  comienza a atender, maldito el momento que eligió para enfermarse. Ya por Cabildo se da cuenta de que no quiere regresar a su casa. ¿Quién lo obliga?  Cuando el semáforo se pone en verde aprieta con brusquedad el acelerador. El motor grita.

lunes, 1 de febrero de 2016

27

¿Cómo anduvo la semana? pregunta Gustavo. Bien contesta Camilo. ¿Algo que me quieras contar? El chico niega con la cabeza. ¿Algún otro sueño? ¿Por qué te interesan tanto los sueños? Los sueños suelen expresar sentimientos que están muy dentro de nosotros, de los que a veces no nos damos cuenta. Camilo saca un chicle del bolsillo y pregunta ¿te molesta? Gustavo niega. El chico masca en silencio. Luego de un buen rato clava la vista en Gustavo. Desafiante. Sí que me acuerdo del accidente dice. Gustavo experimenta una profunda emoción. ¿Me lo contás? propone. El chico hace un globo. Se le revienta  contra los labios. Se saca el chicle de la boca, lo envuelve en un pañuelo de papel que agarra de la mesita y se lo mete en el bolsillo. Crucé la calle corriendo cuenta y un auto me atropelló. Unos segundos después agrega la culpa fue mía y calla. ¿Por qué hablás de culpas? Porque soy un pelotudo, crucé mal. ¿Cambia en algo las cosas adjudicarle a alguien la culpa? ¡¡No entendés que estoy rengo y encima es por mi culpa!!  Si la culpa hubiera sido del auto, ¿te sentirías mejor? El chico lo mira, parece sorprendido. Me gustaría que me contaras el accidente con detalle, todo lo que recuerdes, todo lo que se te vaya presentando. ¿Para qué? Creo que si lográs revivirlo, te vas a sacar las pesas de encima. El chico carraspea y cuenta estaba caminando por la calle y empecé a correr, seguí corriendo y cuando llegué a la esquina no paré y el auto me pisó y me quedé rengo. Gustavo sirve dos vasos de agua. Ambos toman. Camilo se recuesta sobre el respaldo. Estoy muy cansado dice. ¿Querés acostarte? propone Gustavo y como el chico solo lo mira se rectifica me gustaría que te acostaras. Camilo se encoge de hombros y obedece. Gustavo le alcanza un almohadón. Cerrá los ojos pide pensá de nuevo en el accidente. Camilo se oprime los párpados. ¿En dónde estás? En la esquina del colegio contesta en un susurro. Estás caminando por la calle y de pronto empezás a correr hace una pausa ¿por qué empezás a correr? Porque lo veo a mi papá. ¿De dónde venís? De lo de Leo, fui a lo de Leo a hablar por teléfono porque mi hermana tenía miedo. ¿Miedo de qué? Era tarde y papá no llegaba y yo lo llamo pero no me atiende entonces vuelvo porque dejé sola a Luciana y ella tiene miedo porque es chica y además mujer, y cuando vuelvo lo veo a papá y cuando lo veo me alivio entonces corro y corro hasta que mi papá grita Camilo y entonces yo me paro y ahora escucho los frenos del auto y después estoy en el piso y el auto está arriba mío y me quiero parar pero siento tanto peso y se me cierran los ojos yo los quiero abrir pero se me cierran y me duele y después lo escucho a papá y abro los ojos y lo veo pero ya no los puedo abrir más y después escucho una sirena pero desde afuera porque estoy adentro y alguien me golpea el pecho y cuando al fin puedo abrir los ojos los veo a mi hermana y a mi papá pero no me miran porque mi hermana llora y mi papá la abraza y el hombre me sigue pegando y me doy cuenta de que me voy a morir porque ya no puedo respirar entonces me mueven y me bajan y me sacudo y me duele y todos gritan y alguien me agarra la mano y es mi mamá porque la escucho y tengo una máscara y me muero y me duele tanto que grito y lo llamo a mi papá y le pido que me ayude porque un cocodrilo me está mordiendo las piernas y mi papá me abraza y me dice que ya todo va a pasar pero no es cierto porque abro los ojos y lo veo a mi papá que está llorando y yo nunca lo vi llorar a mi papá. Camilo calla. Las lágrimas ruedan silenciosas por sus mejillas. Gustavo se incorpora. Se sienta a su lado en el diván y le toma la mano. Estoy con vos, acá. El chico abre los ojos. Se sienta. Gustavo lo abraza. Camilo solloza.


Gustavo no puede tolerar el roce de la camisa, le duele la piel. Se desabrocha un par de botones. Pocas veces en la vida se sintió tan conectado a un ser humano. Quizás en los partos de Cecilia. El dolor del pibe metiéndose dentro de su propia piel. ¿Habría servido para algo remover lo que la sabia defensa del chico había decidido reprimir?, ¿qué le había hecho? A Camilo le había costado incorporarse, caminar. Un Cristo arrastrando las muletas. Recién al abrirle a María Inés, al sentir su perfume de mujer, recupera su propio dolor. Cómo creerlo de Cecilia.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

martes, 9 de septiembre de 2014

190

La noche está preciosa. Estrellada. La calle llena de gente. Gustavo camina por Cabildo, a paso vivo, varias cuadras.

lunes, 8 de septiembre de 2014

189

Los chicos parlotean. Gustavo no puede seguir la conversación. Tengo que enfrentarla, resuelve. Ahora mismo. Se levanta y va hacia la cocina. La encuentra lavándose las manos. Poncio Pilatos, piensa. En tono burlón pregunta ¿qué fue lo que te pasó? Fui a buscar los análisis contesta ella y el alma de Gustavo asciende pero luego desciende hasta el piso las proteínas subieron un poco; los médicos de la clínica quieren dializarla mañana; después fui a llevarle los estudios a Grieco; él no se alarmó, sugiere repetir los estudios el 29 para, en caso de ser necesario, poder dializarla el 30, aunque está convencido de que no va a hacer falta, ya sabés cómo es él. ¿Qué le dijiste? Que yo estaba de acuerdo pero que lo iba a consultar con vos; quedé en avisarle cuanto antes. Lo que diga Grieco para mí está bien contesta él ¿querés que llame yo? Dale dice ella voy a ver si Juana nos dejó algo preparado.  Gustavo habla con Grieco y corta, aliviado. ¿Por qué, como él,  no tener fe? Vuelvo enseguida dice al pasar por la cocina y antes de que Cecilia pueda preguntarle nada, cierra la puerta. 

viernes, 5 de septiembre de 2014

188

Lacan comienza a ladrar aún antes de que termine de abrir la puerta. Se abalanza sobre Gustavo y lo hace trastabillar. Si serás bruto lo reta. La puerta de la cocina está abierta pero la luz apagada. Gustavo atraviesa el living vacío y, extrañado, se dirige hacia los dormitorios. Abre la puerta del suyo y descubre a los chicos en la cama grande, frente al televisor. Hola, papi, vení, acostate con nosotros, estamos mirando videos lo convoca Martina. En la pantalla Cecilia, embarazada, hamacando a Nacho. El flequillo rubio del nene alborotado por el viento. A mí no se me ve pero estoy le aclara la nena. Gustavo verifica que los baños están vacíos y regresa. ¿Y mamá? pregunta, inquieto. Llamó hará una hora, dijo que volvía tarde informa Nacho.  Gustavo experimenta una profunda opresión en el pecho. Su primer y estúpido pensamiento es que por suerte no le compró las flores. ¿Dijo si venía a cenar? Ni idea, llamala. Él piensa que nuevamente las hormonas le nublaron la razón, ¿cómo pudo dejar a la nena sola?, seguro que está con ese. La cabeza le da vueltas. Se sienta al lado de la nena que le dice ¡mirá, papi, ahí apareciste vos! Gustavo mira el televisor. Él sonriendo con Nacho a babuchas. Yo también era una criatura, piensa. ¿Qué me estoy perdiendo? escucha Gustavo y gira la cabeza. Cecilia en el marco de la puerta, los brazos en jarra, sonríe. ¿De dónde venís? pregunta él y se arrepiente en cuanto las palabras escapan de su boca. Estaba trabajando contesta ella, la vista en el piso. ¡Mami, vení, mirame! reclama Martina. Después, ahora voy a preparar la cena dice, mientras sale. Gustavo sabe que el castillo se vino abajo.

jueves, 4 de septiembre de 2014

187

A partir de marzo atenderé en el consultorio todas las tardes informa Gustavo. Qué buena noticia comenta Ana María desplegando su mejor sonrisa ¿está contento? Reaccionando; me lo propuso mi padre esta mañana. ¿Surgió de él? Me dijo que me precisaba en la fábrica; que prefería que trabajara, aunque fuera por las mañanas, todos los días, a que dejara de ir dos días. ¿Cómo le cayó el comentario? Ante todo me sorprendí; increíble que mi viejo admitiera que yo le era imprescindible. ¿Usted no se había dado cuenta? Gustavo se queda mirándola. Siempre sentí que él me estaba haciendo un favor a mí. Quizá sí al muchacho de veinte años que, de buenas a primera, se encontraba con la responsabilidad de un hijo, no al hombre de treinta y cinco que demostró sobradamente su eficiencia. Él se encoge de hombros. Va a contestarle cuando decide que hay algo más  importante de lo cual debe hablar. ¿Debo?, se cuestiona, porque, en realidad, quisiera obviarlo. Me acosté con Cecilia informa, luego de unos segundos, la vista baja. Hoy es usted una verdadera caja de sorpresas. No crea que me siento orgulloso. ¿Por qué no? Claudiqué dice y le cuenta el episodio de la toalla. No pude resistirme concluye su relato, las palmas unidas sosteniendo el mentón. ¿Tuvo consecuencias el episodio? Gustavo se endereza y la mira. Estamos de nuevo juntos, sin ponerle nombre, sin hacer planes, casi sin hablarlo. ¿Y cómo está usted? Él se toma su tiempo antes de contestar. Depende del momento; cuando estoy fuera, me reto bastante, por suerte estuve muy ocupado, pero cuando llego a casa y desde el palier siento el olor de la cocina, mi ánimo asciende abruptamente; no sé por qué su comida huele más que la de Juana; un placer la mesa puesta para cuatro, ver a los chicos contentos; hasta ahí todo bien, pero lo que es indescriptible es lo que experimento cada noche, cuando después de ducharme, entro al cuarto y la descubro en la cama; estamos teniendo sexo como nunca, bah, como cuando éramos pibes, mejor, porque llevamos quince años de ejercer el oficio,  conocemos cada uno de nuestros puntos sensibles;  no se asuste, Ana María, ni estoy descerebrado ni considero que tengo la vida resuelta; me dedico a disfrutar el presente; no sé cuánto durará, ya tendré tiempo para llorar cuando venga la mala. Si es que viene comenta ella, sonriendo. Él agita la cabeza. Todo es absolutamente endeble; mi sensación es que si respiro demasiado fuerte el castillo de naipes se desmoronará. ¿Cómo lo tomaron los chicos? Su nivel de percepción es sobrenatural; ¿me quiere creer que no hicieron la menor pregunta ni el más mínimo comentario?; se plegaron a la consigna nunca formulada: nada de planteos, dejémonos fluir; la que preguntó, y bastante, fue mi madre; pero le contesté tan mal que se le fueron las ganas de insistir; no sé qué le habrá dicho Cecilia a sus padres porque, al menos a mí, no me hicieron ningún comentario; decidimos que este fin de año lo pasaremos los cuatro solos, ya cumplimos en Navidad con todos los familiares. ¿Cómo está Martina? Aparentemente bien; mañana le hacen de nuevo análisis, esperemos que vuelva a zafar de la diálisis. Ana María, en completo silencio, casi inmóvil, lo observa con su enigmática sonrisa. Como tantas veces, piensa él.Mona Lisa ¿Tiene registro de cómo creció durante estos seis meses? pregunta ella y él experimenta una emoción tan profunda que carraspea para controlarla. Se sirve agua y pregunta ¿seguimos con el mismo horario el año próximo?

Gustavo se dirige hacia el auto. Está poniendo la llave en la cerradura cuando lo sacude el olor a jazmines. Gira. Justo frente a él, un kiosco de flores. A Cecilia le encantan los jazmines, piensa. ¿Cuánto hace que no le compra flores? Es solo un momento de debilidad. Abre la puerta del coche con brusquedad. Y, sin calentar el motor, arranca.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

186

Por primera vez festejamos la Nochebuena en casa; mamá no quería saber de nada, decía que cómo me iba a tomar tanto trabajo estando el nene; pero yo sentía que, por alguna razón que se me escapaba, precisaba organizar todo yo cuenta Daniela  fue rarísimo; compré un mantel rojo, un arbolito y montones de adornos; Lucas estaba encantado, me alcanzaba las bombitas para que yo las colgara. ¿Nunca antes tuviste ganas de armar el arbolito? Nunca se me pasó por la cabeza, es increíble, teniendo mi propio hijo; para mí el único árbol que existía era el de la casa de mis padres y punto. A lo mejor, recién al poder revivir tu propia infancia en toda su magnitud, pudiste dejarla de lado y sentirte, por primera vez, una completa adulta. Sí, es raro; se supone que debería estar enojada con mis viejos, sin embargo, mi clara sensación era que tenía que agasajarlos;  y, la comida no me salió tan bien como a mi madre, obvio, pero todos estuvimos contentos; el nene comió sentado a la mesa con todos y entendió que tenía que esperar a las doce para abrir los regalos; está progresando a pasos agigantados; bien, todo mucho mejor. Daniela busca en su cartera un paquete de pastillas. Lo abre con parsimonia. Se pone una en la boca. Me parece que te olvidaste de alguien en tu relato. No entiendo. No lo nombraste a Ariel. Ah Daniela sonriendo, pero luego se pone seria al decir la verdad es que lo tengo relegado últimamente; estoy deseando irme de vacaciones; Lucas siempre está rodeado de todos los profesionales que lo atienden, nos vendrá bien estar los tres solos; la macana es que tendremos al nene en el cuarto  de nuevo sonríe en fin, todo no se puede. Gustavo está por preguntarle qué pasó con su deseo de tener otro hijo pero decide que no es momento de abrir temas; ya lo hablarán en febrero, lo anotaré en la ficha para no olvidarme, piensa, y cuando lo piensa lo invade una profunda satisfacción; su profesión se proyecta en el futuro, logró surcar el primer año. ¿Me escuchó? reclama Daniela. Gustavo se sobresalta. Perdoname dice estaba pensando en qué trabajaremos a la vuelta de las vacaciones. Ella ríe. Creí que se había aburrido de mí dice. Gustavo siente la necesidad de hacer un cierre y pregunta ¿qué sentís que te llevás de estos se toma unos segundos para calcular cinco meses de trabajo? Ella se queda reflexionando. Qué decirle, no quedó nada en pie; primero y principal, admití el autismo de mi hijo y, gracias a Dios, ya está en tratamiento y mejorando día a día; pude recuperar los terrores de mi infancia lo que alivió mis irracionales temores del presente; me acerqué más aún a mi madre; logré trabajar desde casa; me queda pendiente el tema de Ariel, ¿eso es lo que anotó para febrero? pregunta sonriente. Él asiente con la cabeza. Eso y el proyecto de otro hijo adelanta. ¡Tenemos asegurado todo el 2013! comenta ella. Si mantenemos el ritmo con el que estuvimos trabajando creo que lo vamos a resolver en unos pocos meses. Ella mira el reloj. Hoy me tengo que ir un rato antes; le dejé el nene a mamá pero tiene dentista; se rompió el puente comiendo nueces. El costo de las fiestas comenta Gustavo levantándose. Buen fin de año se despide ella y ojala que su hijita se reponga del todo. Él oprime la mano que ella le tiende y luego la besa en la mejilla.

Gustavo se tiende en el diván. Cruza las manos debajo de la nuca y cierra los ojos. Último día del 2012 en el consultorio. Abre los ojos, recorre las paredes. Demasiado blancas, haría falta otro cuadro. Quizá también  almohadones de colores. Recuerda que discutió con Cecilia al respecto. Él frenó todos los intentos de ella de decorar el consultorio. Lo había querido así, casi aséptico. Pero ya no. Tal vez sus pacientes estarían más distendidos en un ambiente más acogedor. ¿O soy yo el que necesita sentirse como en casa?, reformula, ¿el que empieza a sentir este consultorio como su propia casa? Uno, dos, tres, piensa. Se levanta, va al baño, baja las persianas. Mañana se ocupará Juana de la basura. Cuando está por cerrar la puerta, vuelve a abrirla y observa el consultorio en penumbras. Por suerte vendré por María Inés, recuerda mientras pone la llave en la cerradura.

martes, 2 de septiembre de 2014

185

Aprobé tres de las cuatro materias informa Joaco ya pasé de año. Estás contento, me imagino. No tengo nada de que sentirme orgulloso, no debería haberme llevado ninguna. ¿Quién te dijo eso? No empecemos, eso es lo que yo sé que mi papá piensa. ¿Estás tan seguro de conocer todos los pensamientos de tu papá? Los que tiene con respecto a mí, sí. Veo que tenés facultades supranormales. ¿Por qué me decís eso? Porque nadie puede saber lo que piensan y sienten los demás, solo los narradores omniscientes, si mal no recuerdo. Sí, justo acabo de rendir eso. ¿Y qué suponés que piensa tu padre sobre vos? Que soy un bueno para nada, ni me preguntó por los exámenes, ya ni le importa. A lo mejor no te pregunta a vos pero le pregunta a tu mamá; o a lo mejor no necesita preguntarte porque él también es omnisciente y conoce los resultados. El pibe se ríe. Después, serio, cuenta te hice caso y miré a mi familia. Nunca te doy órdenes, solo sugerencias, no tenés que cumplir también conmigo, Joaco. Es lo mismo dice Joaquín, ladeando la cabeza. ¿Y qué observaste? A mi hermano, sobre todo; se la pasa mirando a papá, nunca me había dado cuenta; a mamá, poca bola y yo, directamente no existo; está de acuerdo con todo lo que dice mi padre, parece un robot. ¿Te gustaría ser como él? El chico se queda pensando. Sí y no; me gustaría ser inteligente y sacarme todos diez pero no ser un olfa de papá; por primera vez me dio un poco de pena. A lo mejor, si te dedicás a observar a tu padre también descubrirás sus debilidades, esas que todo ser humano tiene por el hecho de ser tal. No sé si quiero. Claro, si descubrieras que tu padre no es infalible tendrías que considerar que puede haberse equivocado y que, a lo mejor, sí servís para algo; eso sí, es más fácil decidir a priori que uno no sirve porque eso nos ahorra los esfuerzos.  Puede ser; también pensé que a mi hermano le vendría bien venir para que entienda qué le pasa con papá. Tu hermano es demasiado chico para iniciar un tratamiento al margen de sus padres; tampoco sería conmigo porque este es tu espacio; si, en algún momento, conseguís hablar con tus padres y explicarles el proceso que vos estás haciendo y ellos consideran que también para tu hermano sería beneficioso, en ese caso, yo me ocuparía de buscarle un terapeuta apropiado. ¿No te parece que es demasiado para mí? Sí contesta Gustavo, sonriente creo que tenemos mucho para recorrer antes de que puedas ocuparte de otros. Para el examen de lengua también tuve que estudiar ejemplos de refranes: ¨la caridad bien entendida empieza por casa¨. Gustavo ríe. Recuerda de improviso, sus propósitos. Qué boludo, ya se le fueron dos pacientes. Busca un papel y escribe. Antes de que se me olvide, esta es mi dirección de mail; me escribís en cualquier momento. ¿Entonces no me vas a llamar después del 15? pregunta, Joaquín. Una cosa no quita la otra contesta Gustavo, profundamente satisfecho.

Gustavo, recostado en el diván, reflexiona. Siete seres humanos pasaron por sus manos durante este primer año. Y sabe que, aunque fuera de la manera más modesta, logró modificarlos. ¿Hay profesión más gratificante? Tendrá que ponerse en campaña para conseguir nuevos pacientes. Le escribirá a los compañeros de facultad con los que conserva algún contacto. Lástima que no puede pedirle a Natalia; más allá de Mariana, ella, en su momento, le ofreció un par de derivaciones. Lástima que no pueda verla más. Qué mina. Cómo le gustaría abrazarla. Se levanta. Va al baño, se lava la cara y se peina. A recibir con decoro a la última paciente del 2012.

lunes, 1 de septiembre de 2014

184

¿Cómo estás? pregunta Gustavo cuando registra que ella no comenzará a hablar. Sobrevivo contesta María Inés, en voz muy baja a qué no te imaginás dónde pasé la Nochebuena. Él abre ambas manos en gesto interrogante. Sola, en un restaurante; le dije a mamá que no pensaba festejar con Gerardo; ella me pidió que hiciera un esfuerzo hasta fin de año, que papá ya había combinado con él y que habían invitado a otros dos abogados con quienes están trabajando, con sus mujeres; estuve a punto de claudicar pero el veinticuatro a la tarde me agarró un ataque de angustia; se me cerró la garganta, no podía respirar, estuve a punto de tomar un puñado de Valium cuando resolví que así no arreglaba nada; salí cerca de las ocho dejando una nota en la mesa de luz de mamá, que se estaba duchando; agarré el auto y empecé a yirar; hasta que cerca de las diez encontré un restaurante en el que vi unas mesas vacías, entré y cené sola; tuve registro de que todos me miraban, pero no me importó; fue extraño no chocar la copa con nadie pero, de alguna manera, me sentí orgullosa de mí; como a la una, previo mensaje tranquilizador a mi madre, decidí regresar a casa; no me daba para ir a lo de mis viejos; Gerardo no había llegado; me metí en el cuarto de huéspedes y cerré la puerta por dentro; no estaba en condiciones de enfrentarme esa noche con él; para mi gran sorpresa, me quedé rápidamente dormida; me desperté cerca de las once; Gerardo estaba en la cocina, preparando café; le dije que tenía que hablar con él, y así fue; le comuniqué que estaba decidida a separarme, que esperaba que fuera con su anuencia porque si no lo iba a hacer igual e iba a ser peor para él; se ve que percibió que ya no tenía escapatoria porque obvió las escenas; me quiero divorciar legalmente; le dije que reconocía que la mayor parte de los bienes los había generado él y que, aunque fueran gananciales, solo le pedía un departamento de tres ambientes en Belgrano que tenemos alquilado, el auto y nada más; yo tengo mi trabajo y soy capaz de mantenerme; él no podía creer lo que le estaba diciendo; debería estar pensando a toda máquina cómo iba a defender su capital; le pedí que se fuera hasta que los inquilinos vaciaran el departamento porque a lo de mis viejos no quiero regresar; le voy a encargar a mi hermano que lleve el caso; y bueno, aquí estoy, tremendamente aliviada. Gustavo está aturdido por la celeridad del proceso. La mira sin poder reaccionar. Te sorprendí, admitilo dice ella, sonriendo. Me apabullaste. Sí, a mí también me resulta raro reconocerme; ¡ahora tengo que decidir cómo pasaré el 31!; mi hermano me invitó a casa de sus suegros, pero todavía no sé si tengo ganas de ir. ¿Pensase en lo de las vacaciones? pregunta Gustavo. Sí, me gustaría que pudiéramos continuar; se me ve muy entera pero por las noches me entra una tristeza infinita y lucho por no recurrir a las pastillas. Te espero entonces, el miércoles 2. ¿Tendrás posibilidad de adicionar otra sesión? pide ella. Gustavo descubre que sí, que puede. ¿Te parece el jueves a la misma hora? Dale dice ella incorporándose me viene genial. Frente a la puerta abierta María Inés aclara obvia decir que todo esto hubiera sido imposible sin vos y lo agarra fuerte de ambos brazos mientras lo besa en la mejilla. ¡Buen año, Gustavo!, ¡lo mejor para tu familia y para vos!

Estoy orgulloso de mí mismo, piensa Gustavo mientras evalúa que los relatos de los tres pacientes que tuvo hasta el momento, fueron su mejor regalo de navidad. Qué tontería, tengo a mi hija viva y estoy con Cecilia, se contradice al instante.

viernes, 29 de agosto de 2014

183

Camilo llega con bermudas. Mientras avanza hacia el consultorio, Gustavo, desde atrás observa las cicatrices. Hoy es la última vez, anuncia el chico no más sentarse. Sí, hasta febrero lo corrige él. ¿Cuándo tiempo tengo que seguir viniendo? Gustavo reflexiona. Está decidido a que sus pacientes conserven la libertad. ¿No querés venir más? pregunta. No, no es eso, solo por saber. Seguiremos trabajando en tanto vos desees y yo considere que hay algo que yo pueda seguir aportándote. Tenemos para rato, entonces. ¿Por qué lo suponés? Conocí a mi hermanita cuenta el chico. Cierto recuerda Gustavo el fin de semana; ¿y cómo resultó? Un lío; en cuanto vio a la nena, Luciana se encaprichó en alzarla, Azul se puso a llorar a los gritos, papá la retó a Lu y, para rematarla, Toby se pilló; la única que conservó la calma fue mamá, primero lo cambió a Toby y después agarró a la nena se la llevó a un lugar tranquilo y media hora después la devolvió recontenta, con una galletita en la mano y un oso en la otra; Lu estaba enojada con papá y ya no le prestó atención a la nena; Toby se fue a dormir la siesta y así terminó todo; tendrías que haber estado vos agrega Camilo, sonriendo. Todavía no me contaste lo más importante comenta Gustavo, complacido. ¿Qué? pregunta el chico, los ojos muy abiertos. ¿Cómo te sentiste vos en medio de ese caos? Camilo se queda reflexionando un largo rato. Me causó gracia contesta. ¿Gracia? inquiere Gustavo, sorprendido. Sí, en las familias con muchos chicos siempre hay lío; eso, parecíamos una familia explica con una sonrisa. Eran una familia lo corrige Gustavo. Me dio lástima cuando papá se la llevó, no sé cuándo la veremos de nuevo; ¿sabés que es lo que me dejó más tranquilo? Gustavo hace un gesto alentándolo a continuar. Me di cuenta de que mi mamá la quiere a la beba, porque si no la quisiera estaríamos todos en el horno, empezando por papá; pero mi mamá, vos ya la conociste, es lo más. ¿Tuviste a Azul en brazos? ¡No!, ¿para que se pusiera a llorar?, hay que darle tiempo, como dice mamá, yo me fui al cuarto de Toby y le leí un cuentito, él sí que me dio lástima. ¿Por qué? pregunta Gustavo. Se tiene que bancar que ya no es el más chiquito. Vos sí que tenés experiencia al respecto acota Gustavo. Y, sí, ¡tres monos después que yo! exclama el chico, busca un chiclet en su bolsillo y masca. ¿Cómo pasaron Navidad? pregunta Gustavo eludiendo abordar temas nuevos. Bien, en lo de mis abuelos. ¿Maternos o paternos? De mi mamá, mi otra abuela se murió poco antes del accidente y mi abuelo hace mucho; lo único que me alegra de que se haya muerto mi abuela, es de que no llegó a verme así hace un gesto señalando las piernas ella me quería mucho; ¿te imaginás haber sufrido por mi accidente para morirse enseguida?, una boludez; me acuerdo bien el último día que estuve con ella, jugamos a la canasta; ninguno de mis amigos sabe jugar, es juego de viejas, parece, pero a mí me encantaba; no tuve tiempo de llorar a la abuela porque después me tocó a mí; recién ahora lo pienso, pobre papá, y encima con mamá en Estados Unidos cuidando a mi tía; mal año para los Castillo. Por suerte ya pasó le recuerda Gustavo, conmovido por la madurez del chico. Sí, porque rengo y todo, estoy vivo y tan, tan mal no me va; ¿querés que te cuente de Sofía? pregunta, pícaro. Desde las vísceras, Gustavo sonríe.



Mientras se prepara un té, vibra su celular. Cecilia. Abre, alarmado. ¿Cómo te fue con tu padre? lee. En solo seis palabras, la confirmación de la cotidianeidad reinstalada. Me propuso que trabaje solo por las mañanas. A la noche te cuento escribe. Y en la certeza de que podrá compartirlo con ella le provoca una tibieza en el alma ajena al té que bebe a sorbos. Al menos por ahora, trata de protegerse. Solo falta que los análisis de Martina de mañana, la libren de otra diálisis, para poder terminar bien el 2012. Qué año imposible de olvidar. En lo bueno y en lo malo. Como todos los años, en realidad. Mes a mes, semana a semana, tejiendo la trama de la vida. De eso se trata, piensa, mientras se apresta a recibir a María Inés.

jueves, 28 de agosto de 2014

182

Lo impacta el aspecto de Mariana. Está sumamente arreglada. Pollera corta, tacos altos. Se ubican. ¿Empezaste a trabajar? averigua. ¿Por qué me lo preguntás? Por tu atuendo. No, solo necesité comprobar que seguía siendo la de antes. ¿Y qué te pasó cuando te viste? Ella cabecea. Más allá de que tuve que luchar para subirme el cierre de la pollera, no luzco igual. ¿Qué percibís como diferente? Perdí presencia. Es muy interesante lo que decís, tratá de explicarme. Ella se queda reflexionando. Antes de salir a la calle siempre me miraba en el espejo; y comprobaba, una y otra vez, que era capaz de conseguir lo que quisiera, desde un trabajo hasta un amante; salía dispuesta a ganar. ¿Y qué te devolvió el espejo hoy? Nada, no soy nada, ya no tengo la llama en los ojos; varias veces me dijeron que era muy difícil sostenerme la mirada. Es decir que no saliste en plan de combate comenta Gustavo y ella lo mira elevando levemente el mentón. Te pusiste el uniforme pero solo el uniforme. No te entiendo. Ya no sos un soldado. Cómo te gusta alardear con eso. ¿Alardear? ¡Tu gran descubrimiento! Tu gran descubrimiento. Ella se endereza y adelanta el torso hacia adelante. ¿No será que en tu mirada se filtra la blandura que te exige Benicio? Ella hace una mueca despectiva. Luego de un rato comenta hice lo deberes. Gustavo la mira, sorprendido. No te entiendo dice. El miércoles pasado, cuando fui a buscar al nene, por primera vez me lo encontré plácidamente dormido; mamá me ofreció un café; cuando estábamos las dos frente a la mesa de la cocina le pregunté por mi nacimiento; me dijo que yo había nacido de parto normal, con tres kilos y medio, que me había amamantado hasta el año y medio, que por eso se había puesto mal cuando yo decidí no darle el pecho a Benicio, pero que ella no tenía derecho a exigirme nada; noté que las manos le temblaban; le pregunté por qué pensaba eso; ella me miró, estaba desencajada; ¨yo no pude ser una buena madre¨, me dijo; y cuando yo me disponía a insistir se despertó Benicio, le tuve que dar la mamadera y después llegó mi papá; decidí concederle una tregua por Navidad pero ayer la llamé y le pedí que viniera a casa a quedarse un rato con el nene; en cuanto llegó le dije a mi empleada que lo sacara a pasear en cochecito; mamá no entendía nada; entonces le expliqué que necesitaba que charláramos tranquilas; le pregunté por qué no me había querido cuando era chiquita y se puso como loca, me dijo que me adoraba entonces le empecé a gritar y le reclamé que no entendía como una madre podía abandonar a una nena de pocos años; se levantó y buscó la cartera pero la agarré de un brazo y la empujé sobre el sillón; ¿sabe por qué mi mamá no venía a verme? Mariana esboza una extraña sonrisa  porque estaba en la cárcel; después de que la torturé otro buen rato terminó contándome que el día del aniversario de casamiento le quiso dar una sorpresa a mi papá, me dejó con mi abuela y se le apareció cerca de las ocho en el consultorio para invitarlo a cenar; cuando llegó abrió con su llave; escuchó ruidos raros; la puerta del consultorio estaba entreabierta; se asomó y descubrió a mi padre en el piso teniendo relaciones con una mujer; salió dando un portazo y se subió al auto; escapó manejando como loca, sin encender las luces, ya estaba oscuro; atropelló a una mujer y la mató; lo peor es que, como no se dio cuenta, ni se detuvo; le dieron un año de prisión; cuando salió estaba desquiciada y la internaron otro año en un psiquiátrico, entraba y salía con depresiones severas; recién cuando yo tenía diez años estuvo en condiciones de venir a Buenos Aires; en cuanto ocurrió todo, papá se vino conmigo para acá porque, como se imaginará; en Trenque Lauquen fue un escándalo; entonces llegó la chica con Benicio, tuve que darle de comer y mamá aprovechó la volada para desaparecer lo mira con intensidad ¿a vos te parece que es un buen momento para que te tomes vacaciones? No contesta Gustavo obligándose a ser sincero, conmocionado por el relato el miércoles te espero a la hora de siempre. Ella se endereza en el asiento me parece bien pero ahora me voy, estoy un poco mareada, me debe de haber bajado la presión. ¿Querés que te prepare un té?, ¿algo dulce? ofrece él. Gracias, prefiero irme. ¿Seguro que estás bien? Sí, no te preocupes. En el momento de despedirla Gustavo pide mándame un mensajito cuando llegues a tu casa. Ella lo mira y le da otro beso en la mejilla.


Gustavo  está desconcertado. Le sorprende que en tan poco tiempo de tratamiento haya podido ocasionar tamaño movimiento del tablero. ¿Para bien? Porque Mariana la está pasando mal, muy mal.  Seguir atendiéndola es lo menos que puede hacer por ella ahora que la hizo descender hasta el abismo. ¿Qué si reconsiderara las vacaciones con el resto de los pacientes? Recuerda la propuesta de su padre. ¿Será posible que el próximo año pueda atender todos los días? ¿Será capaz de conseguir más pacientes?, ¿de sostener los que tiene?  De pronto siente hambre, claro, no desayunó. Abre la heladera y come un trozo de queso.