jueves, 31 de octubre de 2013

68

En cuanto se ubica, media hora tarde, María Inés dice no me explico cómo te diste cuenta. ¿De qué? pregunta Gustavo; ella no articula bien. No pongas esa cara de yo no fui; me saca que te hagas el tonto cuando tu maldita agudeza es lo que me destruyó la vida. Él recibe la agresión, desconcertado. María Inés se echa el cabello hacia atrás con las dos manos. ¿A qué te referís? A la segunda pregunta del estribo aclara ella. Entonces Gustavo inmediatamente comprende. El bendito dueño de la A. María Inés toma un trago de agua y, mientras recorre con un dedo el borde del vaso, cuenta con parsimonia Gerardo me había avisado que no vendría a cenar porque tenían que redactar un expediente; yo estaba comiendo una ensalada en la cocina cuando vi, colgando del llavero de la pared, el duplicado de la llave del estudio; estuve mirándola como hipnotizada un largo rato, hasta que me acordé de vos, de tu pregunta; agarré la llave, busqué el blazer y la cartera y salí sin apagar la luz; tomé un taxi; mientras subía en el ascensor el corazón me retumbaba; abrí la puerta sin hacer ruido y entré; avancé descalza sobre la moquet  María Inés deja el vaso sobre la mesa, se incorpora y comienza a caminar frente a Gustavo, de un lado a otro, una y otra vez. Como una autómata, piensa él y se agarra del brazo del sillón para evitar decirle que se quede quieta. Ella, por fin, se detiene detrás de él, dice entonces los vi y calla. Gustavo, incomodísimo, gira hacia ella.  María Inés, sentate le ordena. Ella obedece. Permanece en silencio, extrañamente rígida. ¿Qué viste? pregunta Gustavo luego de un buen rato.  ¿Hace falta que te lo diga? Sí  indica él, rotundo. Trataré de ser gráfica, entonces anuncia, burlona. Gerardo estaba apoyado contra la pared, los ojos cerrados, la bragueta abierta, las manos sobre la cabeza de Alberto, que, arrodillado sobre la alfombra, lo agarraba de la cadera mientras le chupaba la pija con fruición. Luego de unos segundos sonríe con amargura y añade eso sí, los dos de riguroso traje y corbata. ¿Qué hiciste vos? pregunta Gustavo tratando de que no se perciba su conmoción. Me fui; estaban tan entretenidos que no se dieron cuenta. ¿Y después? Llegué a casa, tomé un Rivotril y me acosté; me desperté a las nueve y él, obvio, ya se había ido; tomé otro par  y dormí hasta las tres; me duché, me vestí, Gustavo la observa: está tan producida como de costumbre tomé un café continúa y vine para acá. Entonces lo que me contaste ocurrió anoche. Sí, claro, ¿no te lo dije?  Gustavo niega con la cabeza. ¿Cómo te sentís? pregunta. No siento nada, ¿De cuánto era el Rivotril que  tomaste? No sé. ¿Quién te lo recetó? Nadie, se lo olvidó una amiga hace unos días; tengo la tirita acá lo saca todavía quedan un montón, por suerte mira con atención el blíster de dos miligramos son. Dámelo ordena Gustavo. Ella lo mira, arqueando las cejas.  ¿Por qué? pregunta cerrando el puño. Él extiende su mano, la palma hacia arriba. María Inés, dámelo insiste, sereno pero categórico. Ella niega con la cabeza. Suena el portero eléctrico y María Inés amaga incorporarse. Él la detiene con un gesto. Es tarde dice ella.  No importa; haré esperar a mi paciente hasta que me lo des. María Inés, muy lentamente, va abriendo el puño.

67

Tras un largo rato de hablar sobre la película que vio el fin de semana, Camilo informa ayer le pregunté a mi papá por qué había llegado tarde el día del accidente. Como calla, Gustavo inquiere ¿qué te contestó? Camilo sonríe de costado que no se acordaba; empezó a decir boludeces; me dio vergüenza. ¿Vergüenza? Por él contesta el chico, se echa el cabello hacia atrás y agrega por suerte mamá nos llamó a comer. Se queda un rato mirando por la ventana y luego dice no sé por qué mierda no me miente. ¿Cómo es eso? Que es un boludo, hubiera inventado cualquier cosa así no lo jodía más. Camilo lo mira a los ojos y plantea ¿qué te parece que pasó? ¿Y a vos? repregunta Gustavo.  Algo malo, si no me lo diría. ¿Cómo qué? ¡Qué sé yo!  dice en mal tono ¡y qué mierda me importa!, no quiero hablar más. Busca las muletas, se incorpora, camina hasta la ventana, apoya la frente en el vidrio. Salió el sol informa y luego agrega capaz que hoy voy a estudiar a lo de Leo, tenemos que hacer un trabajo sobre los griegos. ¿De qué depende? De nada, voy.  Gustavo revisa en sus neuronas. Entonces Sofía no va a estar. Camilo gira bruscamente, tanto que trastabilla. ¿Quién te dijo? Vos comentaste que la hermana de Leo se llama Sofía. Te dije tantas cosas, ¿cómo te acordás? Porque me hablaste bastante de ella. ¿Sí? Dijiste que era muy linda. Las mejillas de Camilo se encienden. Me contaste, también, que las mujeres no dejaban estudiar, ¿qué te hizo cambiar de opinión?  El chico se encoge de hombros. ¿Para qué me preguntás lo que ya sabés? dice mientras se apoya nuevamente en la ventana ahí llegó mi papá informa y agrega, sonriendo, pícaro como vos siempre decís, la seguimos la próxima. A este pibe lo quiero, descubre Gustavo.


Ya subi al micro lee Gustavo.  Avisame cuando llegues a casa, muñequita teclea. Las manos en los bolsillos, Gustavo se ubica en el sitio que Camilo dejó vacante. La frente sobre el cristal. Qué estará haciendo Cecilia. Ya más de una semana sin ella. Sin ella dice en voz alta. Sobrevivo, piensa, mientras los dedos descubren un papelito arrugado. Lo extrae, intenta alisarlo. El ticket de la tintorería. Le tiene que pedir a Juana que retire el pantalón. Si no salió la mancha, tendrá que comprarse otro. La grasa de bicicleta es infernal. A la de Martina se le sale la cadena a cada rato. Siempre le compraba los pantalones Cecilia. Mismo modelo, distinto color.  Ni sabe cuál es su talle.

miércoles, 30 de octubre de 2013

66

sonríe Laura no hace falta que me lo pregunte, sigo con mi personal trainer. Cuenta que ya ha aceptado que su hija no le cobre. Iré todos los miércoles, al salir de aquí, comenta aunque no creo que sea el día más apropiado. ¿Por qué? inquiere Gustavo. Usted suele dejarme de cama dice sonriendo. Quizás es justo eso lo que precisa: un lugar para descansar; descansar de su exigencia para con sus hijos que, en definitiva, es una extensión de la exigencia con usted misma. Como si fuera tan fácil. Sé que  no es fácil, por eso estamos trabajando tan duro que usted queda de cama. Laura se echa hacia atrás y ríe con alegría. El sábado vino a cenar mi sobrino, hacía meses que no lo veía, antes nos encontrábamos seguido; es mi ahijado explica. Gustavo piensa que ya no se fastidia con Laura. Sabe que, más tarde o más temprano, volverá al nudo. ¿Aprendí a tener paciencia?, se pregunta. Ni bien se recibió de ingeniero entró a trabajar en la Ford; se despierta a las cinco de la mañana porque a las siete tiene que estar en Pacheco; vuelve a su casa a las diez de la noche; muchas veces trabaja los fines de semana; hace dos años que esa es su vida; le pregunté si seguía con su novia; ¨no, tía, no tengo tiempo ni energías; ella se cansó¨; le pagan muy bien, eso sí; ¨si consigo mantener este ritmo otro dos años podré sacar un crédito y comprarme un departamento¨; a las diez dijo que se iba;¨ estoy muerto¨ se disculpó ¨ sueño con meterme en la cama y no levantarme hasta el lunes¨; veintiséis años tiene.  Laura se interrumpe, toma un vaso de agua. Estaban mis hijas, con sus parejas continúa las vi vitales, relajadas; nos quedamos charlando hasta las mil y quinientas; arreglaron para ir a San Pedro al día siguiente; los cuatro juntos ¿Por qué me cuenta todo esto? Ella lo mira. ¿Sabe, Gustavo?, mi sobrino me partió el alma; ¿quién le devuelve estos dos años que le entregó al trabajo?; no quisiera esa vida para ninguno de mis hijos. ¿A pesar de que su sobrino es profesional? Si no la gana, la empata dice Laura meneando la cabeza usted me cansa, Gustavo, me agota.

Gustavo controla su buzón de entrada. Mensaje de Nacho. Lo abre, alarmado. Saqué 10 en el trabajo. Gracias por ayudarme.  No borra el mensaje. Conmovido, lo guarda. Me alegra contesta ¿cenamos afuera para festejar? Instantes después recibe copado pa. Tampoco lo borra.


martes, 29 de octubre de 2013

65

Miércoles 26
Gustavo escucha el despertador. Lacán también porque segundos después se presenta en el dormitorio, las patas sobre la cama, la lengua afuera, la saliva goteando sobre el acolchado. Él lo acaricia pero luego lo echa. Va al baño, se afeita, despierta a los chicos. Ya en la cocina no precisa mirar la lista. Prepara café y los nesquiks. Frío, para Nacho. Pone dos rebanadas de pan en la tostadora y luego otro par. Unta dos con mermelada de durazno para Nacho y dos de frutilla, una para la nena y otra para él.  Primero llega Nacho, luego Martina. Mientras mastica Gustavo pone más pan a tostar. Pa, tendrías que conseguir una tostadora en la que  entren cuatro panes a la vez sugiere Nacho. Mami las hacía todas primero y después las calentaba en el microondas explica Martina. Gustavo vislumbra su imagen preparando carradas de tostadas a las siete de la mañana, día tras día, mes tras mes, año tras año. Recuerda un  episodio de Alf, tostando pan compulsivamente. Pa, ya saltaron le avisa Nacho. ¿Me hacés una con mantequita y azúcar? solicita la nena. Gustavo experimenta un súbito cansancio.

Yo quiero solo un café en jarrito le explica Gustavo a su amigo desayuné con los chicos. Los estás domesticando. No te entiendo. ¿Leíste ¨El principito¨? pregunta Santiago. Ah, sí; lo del zorro comenta Gustavo sin darle importancia y pregunta ¿qué pasó con la auditoría? Mientras moja las medialunas en el café con leche Santiago habla de su negocio. Cuando termina pregunta ¿qué sabés de Cecilia? Nada, sé que habla con los chicos pero yo no quiero ni escucharla. ¿Los pibes cómo están? Los veo bien, nos vamos arreglando; tengo que hacerle un monumento a mi vieja, está al pie del cañón. Como siempre comenta Santiago.  Pesadísima, eso sí. ¡Como siempre! ríe Santiago y luego pregunta ¿cómo va tu consultorio?  Gustavo lo mira, arqueando las cejas. Nunca me preguntás por mis pacientes.  Ayer me preguntó Marisa. ¿Hablaban de mí? ¿Está prohibido? No, pero me sorprende explica Gustavo elevando los hombros yo nunca le contaba a Cecilia lo que charlaba con vos.  ¡Pero Marisa no es mi mujer, todavía es mi novia! ¿Todavía? comenta Gustavo, ¡ya te tiró los galgos!  Ambos ríen.

Gustavo participa activamente de la clase. Utilización de las resistencias. Plantea el caso de María Inés. Todos lo escuchan, le hacen preguntas. A la salida, varios van a tomar café. Una mujer, de unos cuarenta años, sentada a su lado, comenta que está empezando a ejercer la profesión. Yo también soy principiante admite Gustavo y se acuerda de Ana María. Reprime una sonrisa. Estoy de buen humor, se dice, extrañado.


Estaciona el auto en la esquina. Camina por Melián. Se nota en el aire que llegó la primavera. Un día soñado, diría su mamá. Se acoda en el balcón hasta que ve aparecer a Laura, caminando a paso vivo. Jogging y zapatillas. Gustavo sonríe. 

lunes, 28 de octubre de 2013

64

Encuentra a su madre en la cocina. A mi madre y a mi hija, piensa. Juana había dejado un pollo preparado, pero Nacho me pidió canelones. Y yo quería tortilla protesta la nena. Pero él me los pidió primero; te prometo que la próxima te doy el gusto a vos.  Siempre malcriándolos dice él. ¿Para qué están las abuelas? Gustavo se dirige al living. La mesa ya está puesta. Cuatro. Va hasta el cuarto de Nacho. La puerta está cerrada. Golpea. ¿Se puede? Pasá. Nacho está acostado, a oscuras. ¿Dormías? No. Gustavo se queda parado, no sabe qué hacer. ¿Estás bien? pregunta.  Sí, cansado. ¿Ya te bañaste? No. ¿Querés que te prepare un baño? Ni ahí dice algo tiene de bueno que no esté mamá.  ¿Enciendo la luz? No. ¿Te sentís bien? insiste.  No me  jodas, papá. Gustavo regresa al living. Es tanto más fácil hablar con Camilo, piensa.

Su mamá, sentada en el lugar de Cecilia, sirve la comida. Estos canelones están mortales, abuela, sos lo más dice Nacho con energía. ¿Cómo festejan el día de la primavera? pregunta su madre. Gustavo recuerda la conversación con Camilo. Registra, sorprendido, que no se le había ocurrido pensar qué iba a hacer su propio hijo. Íbamos a ir al country de Tomás, pero al padre se le rompió la camioneta y no entramos todos en el auto de la mamá.  ¿Dónde queda? averigua su abuela. En Pilar contesta. Pueden ir en colectivo comenta ella. Sí, pero a un par no los dejan. Gustavo se pregunta si Nacho habría consultado con Cecilia; él, ni enterado. ¿Y si le pedís a tu papá que los lleve? Las miradas de padre e hijo se cruzan, fugazmente.  No da comenta Nacho. ¿Por qué?  insiste la abuela. Papá trabaja. Gustavo percibe tres pares de ojos sobre él. Está atontado. Si es tempranito los puedo llevar propone luego de unos instantes.  ¡¿De veras, pa?! pregunta Nacho con tal esperanza en la voz que Gustavo no entiende cómo no se le ocurrió a él mismo ofrecerse. ¿Cuántos son? averigua. Cinco contesta el chico, y como el padre no reacciona agrega podemos amucharlos atrás y yo voy adelante con vos. Buen plan comenta Gustavo. Nacho se levanta y va corriendo al teléfono.  ¡Le voy a avisar a Tomy!  Gustavo levanta la mirada y se encuentra con la de su madre. Se siente avergonzado. Solo falta que ella diga: ¨así me gusta¨. Nosotras vamos a hacer un picnic en el jardín de Nati dice Martina y ante la cejas levantadas de su padre añade no te preocupes, papi, la mamá nos lleva desde el colegio y mami ya le pidió a Juana que me fuera a buscar. ¡Dice el papá de Tomás que del regreso se ocupa él! grita Nacho desde el teléfono. Todo encaminado comenta la abuela, oprimiendo la mano de Gustavo.


Gustavo se estira en la cama.  Es la única ventaja de dormir solo, piensa. Cecilia dice entre dientes. Y de repente es tanta su añoranza que se pone de lado, flexiona las piernas y se abraza a sí mismo. 

viernes, 25 de octubre de 2013

63

Mientras sube las escaleras, detrás de ella, Gustavo se pregunta qué es lo que cambiará. Como atender la puerta en piyama, piensa. Y sonríe, sonríe a solas mientras asciende el último escalón. Ana María cierra la puerta. Con levedad, evalúa Gustavo, todo en ella es delicado. Se sienta y la mira, ligeramente turbado. ¿De qué tengo que hablar? pregunta,  sonriendo. Las manos de ella describen un semicírculo. Es extraña la situación; me siento busca la palabra que se le escapa desprotegido. ¿Cómo es eso? Como estar en la escribanía a punto de firmar un poder general, ¿De qué poderes estaría invistiéndome? Recién, cuando subía me vi a mí mismo en piyama confiesa él, sonriendo. Es una imagen peculiar, ¿qué representa para usted el piyama? Lo que somos, sin corbata, sin perfume, sin ropa interior contesta Gustavo. Sería maravilloso si pudiéramos iniciar este nuevo espacio desde allí. No cantemos victoria replica él es doblemente difícil para mí; necesito que me respete como profesional y estoy a punto de darle carta blanca para que conozca mis miserias. Todavía está a tiempo, Gustavo dice ella, muy seria quizá su propuesta de la semana pasada surgió en un momento de… confusión interna del cual ha logrado sobreponerse. Él apoya los codos en las rodillas y se sostiene la cabeza. Suelo citar una frase de Proust, decía algo así como que  las decisiones importantes de la vida siempre se toman en estados de ánimo pasajeros busca las palabras agitando las manos, las palmas hacia arriba, los dedos extendidos soy un ovillo de inquietudes. Será cuestión de empezar a desovillarlo ella sonríe ¿por dónde empezamos? Cecilia se fue dice él al tiempo que se endereza y cruza los brazos ayer se fue y nos dejó. ¿Cómo lo dejó a usted? Con bronca admite Gustavo todavía no logro convencerme; dejó a los pibes, los abandonó. Que se haya ido no significa que los haya abandonado. Las palabras de Cecilia comenta él, irritado ¿las mujeres establecen un pacto secreto de defensa mutua? No la estoy defendiendo aclara Ana María solo considero que ir unos meses a trabajar no significa que haya abandonado a sus hijos. ¿Tampoco a mí? replica, sumerge la cabeza entre las dos manos y agrega evidentemente hoy no tengo paciencia, ¿y sabe qué? se descubre la cara todo el tiempo me pregunto en qué fallé. ¿Y qué se contesta? No lo sé, mi vida es mi familia, más allá de algún café con Santiago, no viví más que para laburar  por ellos; tengo treinta y cinco años, Ana María, y hace catorce que vivo para ella. Hace un hijo que vive para ella. Gustavo se endereza contra el respaldo. ¿Cómo dice? Su hijo tiene catorce años, ¿o me equivoco? Acaba de cumplirlos admite él hoy a la hora del desayuno lo miré y fue como si lo viera por primera vez; ya no es un nene; fue muy raro, yo los desperté, yo les preparé el Nesquik, yo los llevé al colegio; como descubrir una vida paralela que se vivía en mi casa sin mí. ¿Mientras usted dormía?  Gustavo se queda mirándola.  ¿Hace catorce años que Cecilia se ocupa de todo eso antes de ir a trabajar mientras usted duerme? Es que antes ella no trabajaba. ¿Hace cuánto? Gustavo se queda haciendo cuentas.  Sí, cuando Martina entró al jardín. Ocho años informa, ligeramente avergonzado, carraspea y consulta ¿le puedo contar sobre mi consultorio?  Ana María sonríe, con desdén, califica Gustavo, y dice por supuesto. Solo con usted puedo compartirlo. No necesita disculparse aclara ella.  Es sobre Daniela anticipa y luego le sintetiza  la sesión. ¿Por qué dio por hecho que Daniela defiende a Lucas de Ariel como su madre la defendió de su padre si ella no dijo nada que lo habilitara? Gustavo queda desconcertado. Se me ocurrió hacer esa construcción, ¿está mal? Lo mismo con respecto al fantasma del alcoholismo, si bien es interesante, al vincularlo tan rápido con Lucas, en lugar de desplegar el conflicto puede inducir a que lo suprima. Gustavo se desmorona. Quisiera cerrar los ojos y abrirlos hace quince años. Recuerda a Kundera. Su vida entonces era leve. Dejamos acá indica Ana María incorporándose. En el momento de despedirse Gustavo informa Camilo fue a la fiesta. Lo suponía comenta ella, sonriendo.


Ni bien sube al auto, busca su teléfono. Hola, mamá, no sabía que estabas. Sí  contesta su madre me pidió Martina que viniera; llegué a las ocho; le dije a Juana que podía irse, ¿hice mal? Hiciste bien, en media hora estoy por allí, ¿hace falta algo? Arranca. Maneja despacio, buscando una confitería abierta. A su madre le encantan los bombones de fruta.

jueves, 24 de octubre de 2013

62

Daniela comenta que cambió de opinión, y cuando Gustavo ya está pensando: de nuevo, se va, agrega no voy a dejar el trabajo. ¿Cómo es eso? inquiere, aliviado. Mi mamá me contó que se había quedado muy mal, pero que las fuerzas no le daban; dijo que teníamos que encontrar una solución porque era imprescindible que yo siguiera trabajando; mientras tanto, mi jefe me hizo llamar, dijo que lamentaba muchísimo que me fuera, que cuál era el motivo; le conté que no podía estar fuera de casa tanto tiempo porque tenía un hijo autista, así se lo dije, nadie del trabajo lo sabía; me pidió que se lo dejara pensar y al día siguiente me ofreció trabajar tres días desde casa y dos en la oficina sin modificarme el sueldo; le di pena concluye. ¿Pena? pregunta Gustavo debés ser una empleada muy eficiente, seguramente confía en que trabajarás de manera responsable, aunque nadie te esté controlando. Daniela hace un gesto despectivo y comenta en cuanto se enteró, mamá ofreció ocuparse de Lucas los otros dos días y que, de última, si la situación se le ponía muy difícil, ella se encargaría de contratar a alguien para que la ayudara; recién ahí tomé conciencia del sacrificio que había hecho durante dos años y como me resistí a su propuesta, repitió que era imprescindible que yo trabajara; finalmente acepté, tiene razón. ¿No podrían vivir solo con el sueldo de tu marido? pregunta Gustavo. contesta ella deberíamos ajustarnos en muchas cosas, por eso te había dicho de dejar la terapia, pero sí, podríamos, Ariel tiene un buen sueldo y un trabajo muy estable en una empresa importante. ¿Por qué, entonces, sería imprescindible que trabajaras? Eso lo dijo mi mamá le aclara Daniela pregúnteselo  ella. ¿Y por qué te parece que puede haberlo dicho?  Ella eleva los hombros, sin embargo, al cabo de un rato contesta creo que tiene miedo de que mi marido me deje. ¿Tu mamá te hizo algún comentario al respecto? averigua. No, pero estoy segura de que lo piensa. ¿Y por qué tu marido habría de dejarte? Por Lucas contesta ella con energía mamá sabe que Ariel no lo quiere. ¿Tu madre te lo comentó? No, pero es fácil darse cuenta. Gustavo se queda reflexionando y luego comenta es interesante, ponés en la cabeza de tu mamá tus propios pensamientos; me parece que sos vos la que teme ser abandonada. Daniela se queda en silencio un largo rato y luego comenta cuando estuve en Ramsay vi varias mujeres que habían sido abandonadas. Sí  recuerda Gustavo comentaste la de la chiquita Down. Lucas solo me tiene a mí  dice Daniela con convicción yo debo ser capaz de cuidarlo y de mantenerlo. Lucas no te tiene solo a vos la corrige él tu madre lo cuida desde que nació y, que yo sepa, Ariel sigue estando a tu lado. Pero no al lado del nene aclara ella elevando la voz. ¿No contemplás la posibilidad de que Ariel, como tu madre, pueda estar asustado, de que pueda sentirse torpe, incapaz de saber cómo actuar con Lucas? arriesga Gustavo. Daniela endereza la espalda. Nunca me lo había planteado admite.  Antes de que comenzaran las dificultades con el nene, ¿tu marido se hacía cargo de él? Ella niega con la cabeza. Yo siempre fui muy obsesiva con Luquitas confiesa recuerdo que cuando Ariel quería tenerlo en brazos me preguntaba ¨¿me lo prestás?¨  Gustavo se sirve agua. Parece que consideraras que solo es hijo tuyo dice.  Él nunca lo quiso se justifica Daniela. A lo mejor nunca le permitiste que lo quisiera dice Gustavo y experimenta una extraña opresión. Ella lo mira, las cejas muy arqueadas. ¿Dejas al nene con Ariel? pregunta Gustavo mientras se oprime con un dedo la boca del estómago.  Ella baja la vista. ¿Nunca? insiste él. Bueno, sí, cuando me baño. ¿Qué podría pasar si los dejaras a solas?  Daniela no contesta. ¿Tenés miedo de que Ariel le haga daño al nene? Ella chasquea con la lengua. Mire las cosas que dice. ¿De qué tenés miedo, entonces? No sé dice ella y cierra los ojos un instante. ¿Me querés hablar de tu padre? y ante el silencio de ella insiste ¿se ocupaba de vos?  Ella se lleva una mano a la frente. Luego de un rato cuenta mi papá era alcohólico, pero hace más de veinte años que no bebe una gota; mi mamá está muy orgullosa de que él haya podido superarlo; mis padres se aman, todavía se aman. ¿Tenés hermanos? No, tuvieron miedo de reincidir; dice mamá que papá tenía terror de que yo naciera defectuosa. ¿Desde cuándo era alcohólico?  Poco después de que se casaron a mi padre lo despidieron, se angustió mucho y empezó a beber; para colmo yo decidí nacer, pobre mi mamá, la debe haber pasado demasiado mal. Mientras ella saca un paquete de pastillas del morral Gustavo piensa que seguramente el alcoholismo era anterior, causa del despido, no consecuencia. ¿Le tenías miedo a tu papá? Ella calla. ¿Te pegaba? Mi mamá  no lo hubiera permitido. Daniela se oprime la boca del estómago, cierra los ojos. ¿Te sentís mal? pregunta Gustavo. Es el dolor de siempre, no tiene importancia contesta ella. ¿Lo consultaste con el médico? Sí, alguna vez, gastritis. ¿Y te duele más cuando te pones nerviosa? Puede ser contesta ella. ¿Querés un té? ofrece él, sintiéndose absurdamente culpable. No, gracias, ya va a pasar. Gustavo permanece en silencio, reflexionando. No puede equivocarse. Daniela  dice al fin no necesitás defender a Lucas de Ariel como suponés que tu mamá te defendió de tu papá; el autismo de tu hijo no tiene nada que ver con el alcoholismo de tu padre; mirame ella lo obedece tu historia es otra; no obstaculices la relación de Ariel con el nene; Lucas lo necesita. Los ojos de Daniela se empañan. Me da tanta vergüenza dice. ¿Qué te da vergüenza? Daniela se incorpora. No me siento bien dice prefiero irme. Gustavo también se para. Cuando están en la puerta, él la toma del brazo y le ofrece si necesitás hablar conmigo no dudes en llamarme. Gracias dice ella muchas gracias y cuando intenta sonreír le ruedan dos lágrimas.


Estoy abrumado, reconoce Gustavo. Jamás va a poder ayudar a sus pacientes si en lugar de ponerle el nudo al hilo sigue enhebrando más y más agujas. Busca las fichas e intenta volcar lo ocurrido en las distintas sesiones. Me supera, decide, no logro apartar lo accesorio de lo fundamental. Se da cuenta de que carece de objetivos. Estuvo toda la tarde sentado frente a sus pacientes como un barco sin timón. Llamará a Ana María para cancelar la sesión. La pagará con alegría. Suspira, aliviado. Recuerda, entonces, que le pidió que le adelantara el horario. Mira el reloj. Se levanta.