lunes, 7 de octubre de 2013

49

Miércoles 12
Gustavo abre los ojos. Le llega el ruido del desayuno. Miércoles. El próximo miércoles Cecilia ya no estará aquí. Cuando escucha el ruido de la puerta, se levanta. No puedo con mi vida, piensa. El mensaje de ayer terminó de demolerlo, Andrés tardaría meses en recuperarse. El número de teléfono del reemplazante sugerido, duerme en el cajón de la mesita de luz. Con qué energía comenzar una nueva terapia. Se está afeitando cuando recuerda la prueba de Martina. Suerte le escribe. Gracias papi te amo contesta la nena instantes después. Debajo de la espuma de afeitar aparece una sonrisa.

Gustavo se para en la puerta y recorre el local con la mirada. Santiago le hace una seña. Él se acerca. ¿Café con leche? le consulta su amigo y ante el asentimiento de Gustavo le indica al mozo que ya se aleja otro. Gustavo se sienta. ¿Novedades? pregunta Santiago. Cecilia se va el miércoles próximo. ¿Y me lo decís así? ¿Y cómo querés que te lo diga? ¡Puteando! Ni fuerzas tengo contesta encogiéndose de hombros. ¿Cuál es el proyecto? Dos meses allí y luego a trabajar de secretaria privada en Puerto Madero. Me importa poco el plano profesional dice Santiago. Dijo que probará la relación con el tipo y que sobre la base de eso decidirá qué sucederá al regreso. ¿Quiere ver cómo la coje? Consigna del día, hacerlo sentir peor a Gustavo, a ver cómo lo consigo. Es que me saca tu sangre fría explica Santiago. Ya está, San, ya la perdí, lo que venga es anecdótico dice y le cuenta los planteos de Cecilia, reiterados una y otra vez a lo largo de la semana.  ¿Y vos qué sentís? Envidia es la primera palabra que cruza por la mente de Gustavo parece comerse la vida. ¿Qué les dijo a los chicos? Que se va a trabajar. ¿Y cómo te vas arreglar con la casa y los pendejos? Cecilia ya le pidió a Juana que venga todos los días, mi vieja y mi suegra colaborarán, supongo. ¿Cómo se lo tomaron? Martina hizo una escena, pobrecita; Nacho no dijo nada. Con el quilombo que estaba haciendo la hermana, otra no le quedaba comenta Santiago, toma un trago de café, lo mira y pregunta ¿y vos? Ya te dije, no me jodas. Se dedican a las medialunas hasta que Santiago regresa a la carga. ¿La vas a recibir si decide volver? No va a volver. No te vayas por las ramas. Gustavo llama al mozo. Tengo curso se justifica. Ojalá te sea más útil que yo comenta su amigo.  Lo único que me falta es que te hagas el mártir dice Gustavo, sonriendo y luego se acuerda ¿qué te dijo el contador?


Esta vez logra prestar atención. Mucha atención.  Abordaje sistémico de la terapia de pareja. Qué absurdo, recién ahora piensa que deberían encarar una terapia. Como dice el profesor, tanto para seguir como para separarse. No cree que ella quiera. Además, solo sería posible vía Skype, ella en Chile; él y el terapeuta acá. No sabe por qué le causa gracia. Se pone una mano en la cara para ocultar la sonrisa. Tiene todavía una semana por delante. Está tan vencido que no sabe cómo aprovecharla. Aunque ahora la prioridad es ver cómo se arregla con los chicos. Martina le parte el corazón. Esta semana lo va a llamar a Grieco. Todos ríen y no tiene la menor idea de qué. La puta otra vez se distrajo.

viernes, 4 de octubre de 2013

48

En cuanto abre la puerta,  Martina llega corriendo con un vigilante en la mano. Me lo estaba por comer pero te lo guardé dice tendiéndoselo. Él  la toma por la cintura, la eleva y la hace girar.  Dale, papi, comételo que ya vamos a cenar. Él la baja. La nena le introduce la factura en la boca. No griten que estoy hablando por teléfono dice Nacho a pasos de ellos. No te había visto se disculpa Gustavo.  Como de costumbre dice el chico y vuelve a su conversación.  Qué cagada, chabón, bueno, nos vemos mañana. Nacho corta y se mete en su habitación. Marti, poné la mesa indica Cecilia desde la cocina. Él, masticando el vigilante gomoso, se deja caer en el sillón. Caída libre, piensa mientras mira a la nena afanándose con platos y cubiertos.

Ya está la comida servida cuando aparece Nacho. ¿Averiguó Tomás cómo les fue en el trabajo práctico? pregunta Cecilia. Seis informa él sin mirarla mientras presiona el sifón. ¿Solo seis? comenta la nena. Al menos aprobó dice Cecilia. No le enseñés a conformarse con tan poco  se irrita Gustavo. Nacho se levanta de la mesa. ¡Hijo! dice Cecilia y cuando escucha el portazo se levanta  y va hacia el cuarto del chico. Están todos locos comenta Martina con la boca llena. Él siente náuseas. El vigilante no casa con la tortilla, determina.


Gustavo se ducha y se pone el piyama. Duda antes de salir del baño. No sabe qué decir. Entra al dormitorio. Vacío. Se dirige al living igual de vacío y llega a la cocina. Cecilia está sirviendo café. Cerrá dice y dispone las tazas sobre la mesita. Él se sienta. Ella, camisón, robe y chinelas, se ubica frente a él. Acá estamos dice. Sonríe y agrega perdoname por lo de esta mañana. Él la mira, arqueando las cejas. Porque me fui. Él se encoge de hombros, como si eso fuera lo importante. Está a punto de preguntarle qué piensa hacer cuando repara en que eso sería habilitarla a que considere que puede hacer lo que se le ocurra. ¿Cuáles son los límites de él? Su madre no presentó opciones, adúlteros al paredón. ¿Qué estás pensando? pregunta ella. Porque las mujeres siempre quieren saber en qué están pensando los hombres. Psicólogas sin licencia. Él no contesta y apura el café. Está rico. Caliente, dulce y fuerte. Ella sabe cómo le gusta el café. Ella sabe todo lo que a él le gusta. Hoy tuvimos reunión con la plana mayor informa, lo mira y ante su falta de reacción continúa arrancamos el veinte de este mes.  Gustavo hace cuentas, sí, hoy es cinco,  exactos quince días por delante.  ¿Te vas, entonces? Ya te dije que sí, son solo dos meses, después iré a la oficina nueva de aquí, en Puerto Madero. ¿Y los chicos?  Ella lo mira, parece sorprendida.  Si vos no querés hacerte cargo, los dejaré con mamá; ya la consulté, está dispuesta a recibirlos.  La indignación de Gustavo se desborda como la espuma de un vaso de cerveza.  Veo que ya tenés todo cuidadosamente planeado, al margen de mí, soy solo un detalle. ¡Qué tonterías decís! lo desestima ella. Hablaste con tu madre antes que conmigo, ¡¿pero qué te creés?!, ¿que somos figuritas que acomodás a tu antojo? La cara de ella se va desarmando, piensa él, caen las comisuras, la nariz se dilata, las cejas descienden.  Hago lo que puedo dice.  Lo que querés la corrige él. No sé si es lo que quiero, es lo que no puedo dejar de hacer y el temblor de su voz delata la angustia. Él siente que la espuma baja. Me mueve una fuerza que no domino; ¿sabés lo que es por una vez en la vida no tener miedo?; estoy dispuesta a tirarme de cabeza desde el trampolín. ¿A costa de nosotros tres? Ya no podía quererlos bien, Gustavo, quizá salvarme sea la única manera en que puedo preservar el amor que les tengo. Que nos tuviste. Que les tengo, son parte de mí. ¿A quién incluye tu plural? A los chicos y a vos. ¿Así que me querés? él proyecta el labio inferior hacia adelante extraña manera de demostrármelo.  Ella agita la cabeza, los cabellos le cruzan la cara.  Necesito irme primero por el trabajo, al que no estoy dispuesta a renunciar dice y luego calla.  ¿Y segundo?  A partir de este momento de mi vida no estoy dispuesta a renunciar a ninguna pasión; pocas veces el destino nos ofrece la oportunidad de sentirnos demencialmente vivos y es un delito dejarlos pasar; siempre midiendo los pasos, los actos, la plata, los tiempos, las cuotas; el maldito fantasma de la seguridad, si me porto bien, si hago todos los deberes, nada malo podrá sucederme; nada más que enmohecerme en el intento; quién tiene comprada la vida, en qué momento pasamos al otro lado mientras los sueños siguen postergados hasta que baje la inflación, hasta que suban las propiedades, hasta que los chicos crezcan. Él ya no resiste y la interrumpe veo que estás decidida a resignarlos. Yo nunca los voy a abandonar, pero tampoco me voy a inmolar por ellos. ¿Cuáles son tus planes? Me voy a Chile, me sumerjo por dos meses en mi trabajo y pruebo qué ocurre con mi relación con Jorge; si funciona, adelante con los faroles, sino, al menos lo intenté.  Gustavo no puede creer lo que está escuchando, la que está escuchando. ¿Dónde estaba metida esta mujer? Puede percibir la tensión en cada músculo de ella. Vibra. Se siente viejo de repente. Gastado, seco. Casi mineral. Aunque un agónico dolor surge de sus entrañas y lo redime, devolviéndolo al reino de los humanos.  ¿Y si la relación no resulta pensás que aquí estaremos ansiosos por darte la bienvenida? Sé que los chicos estarán, pase lo que pase siempre seguiré siendo su madre; no necesito contártelo a vos, mirá la relación que tenés con tu papá. ¿Y yo?  pregunta él, agitado  veo que ni figuro en el reparto. Ya no éramos una pareja, Gustavo, dos buenos amigos, dos excelentes hermanos. Él siente una patada directa a los testículos. Necesita ser brutal. ¿Dos hermanos que cojen un par de veces por semana? Eso es fisiológico, Gus; de nuestro sexo rutinario a la pasión que teníamos los primeros tiempos hay más distancia que de aquí a la Luna; no voy a resignarme a los treinta  y cuatro años; voy a jugarme y si  sale mal, será cuestión de volver a empezar. No te reconozco. Pues deberías hacerlo, ya una vez me viste así. Él la mira con sorpresa,  ¿Cuándo?  balbucea.  Cuando quedé embarazada de Nacho. El techo termina de aplastarlo. Las deudas no perimen. Daniela. Ana María.

miércoles, 2 de octubre de 2013

46

Le hice caso dice Daniela. Gustavo sonríe ¿desde cuándo doy órdenes? El jueves pasado fui a Ramsay; el trámite ya está iniciado. ¿Fuiste con Ariel? No quiso acompañarme contesta bajando la cabeza. O no pudo aclara él. Ella se encoge de hombros. ¿Cómo te sentiste? Aliviada. ¿Aliviada? Basta  ya de tapar las cosas, de cerrar los ojos lo mira, casi sin pestañear mi hijo es autista y usted tiene razón, si no puedo decirlo no lo voy a poder ayudar; es mi hijo, lo amo, no lo cambiaría por otro y voy a luchar con todas mis fuerzas para sacarlo adelante. Gustavo quisiera levantarse y abrazarla.  Te felicito dice sos la mamá que tu hijo necesita. Me sirvió ver a tantas mujeres que están en la misma que yo, porque había algunos padres pero casi todas eran mujeres, mujeres con sus chicos, pobres, algunas ricas, cómo nivela el dolor; charlé con varias mientras esperaba por horas;  no será el grupo de apoyo que nos sugirió Álvarez Campos, pero le aseguro que la espera me fue útil, no soy la única, ni siquiera soy la que está peor; una mujer me contó que el marido la dejó cuando supo que la nena era Down,  y ella estaba ahí, sola, pero estaba ahí. A Gustavo le duele recordarle vos también estabas sola. Ella se queda mirándolo. ¿Le transmitiste a Ariel todo esto que me estás contando?  Daniela sacude la cabeza y dice no lo necesito. ¿Tan segura estás? Soy capaz de ocuparme sola de mi hijo. Del hijo de ambos. Él no lo quiere afirma ella.  ¿No lo quiere porque es autista? Él no quería que naciera confiesa. Gustavo experimenta una extraña conmoción.  ¿Por qué? pregunta, sobreponiéndose. Recién nos habíamos casado; además a él nunca le gustaron los chicos, menos todavía los varones. ¿Por qué te embarazaste, entonces? Ella lo mira, sorprendida. La culpa fue de él. ¿Cómo ocurrió?  Daniela se toma unos minutos antes de contestar  yo le había avisado que iba a suspender las pastillas; si era él quien no quería tener hijos no me parecía justo tener que seguir intoxicándome yo. ¿Y él qué opinó? Se enojó, claro, odia los preservativos; optó por acabar afuera. ¿Entonces? Un día no pudo. Siempre podía y un día no pudo comenta él mirándola de pleno. No quiero seguir hablando del tema dice ella ya para qué. Gustavo se sirve un vaso de agua, le ofrece pero ella niega con la cabeza.  O sea que él tuvo la culpa porque no logró controlarse, hombre de poco control  retoma Gustavo. No, Ariel es demasiado controlado, en todo. Daniela ella lo mira ¿qué fue lo que pasó? Ahora sí ella se sirve agua y bebe con lentitud.  Luego deposita el vaso sobre la mesita y dice yo lo trabé con las piernas. ¿Porque querías que te hiciera un hijo? Creo que nunca me perdonará dice ella, agarrándose la cabeza. En consecuencia, la responsabilidad  del embarazo no fue de él, sí la del sexo, si no recuerdo mal las leyes de la genética;  Daniela ella lo mira  la culpa del autismo no es de ninguno de los dos, son cuadros que ocurren. ¡Pero él no lo quiere! Daniela llora. Se abraza a sí misma y llora. Él puede escuchar su congoja. Daniela, vamos a tener que dejar decide. Ella toma un pañuelo de la caja,  se limpia los ojos y se levanta. Antes de cerrar la puerta él le oprime el brazo. Ella sonríe, con infinita tristeza, piensa él, y gira hacia el ascensor.

Gustavo, sentado en Sigi,  pide un café y saca las fichas. Apunta con precisión todo lo ocurrido. Interrumpe su tarea y busca el celular.  ¿Me guardaste una factura? le escribe a Martina.  Estaban demasiado ricas contesta la nena perdón papi. Él sonríe, su hija siempre lo hace reír. Está en la ficha de Daniela cuando piensa que a Nacho no le escribe. No le escribo ni lo llamo, descubre.

martes, 1 de octubre de 2013

45

Raúl habla sobre su trabajo con entusiasmo.  Cuando está promediando la sesión, Gustavo comenta pensé que quizás no vendrías. Raúl lo mira con sorpresa si te dije que otro día te contaba. ¿Qué? inquiere Gustavo. Raúl se tira sobre el respaldo del diván, levanta los brazos, los cruza tras la nuca. ¿Cómo fue tu primera vez? pregunta.  A lo mejor tenés ganas de hablar sobre la tuya. La vista de Raúl se pierde en el ventanal.  El día en que cumplí quince años mi viejo, para mi sorpresa, me invitó al cine y después a cenar; cuando estábamos comiendo el postre, un panqueque, me acuerdo bien, me preguntó si ya había debutado, así me lo dijo; yo me puse colorado y negué con la cabeza; él  me preguntó si al menos le había dado un beso a la que era entonces mi noviecita; cuando le dije que sí, me preguntó ¨¿le tocaste las tetas?¨ ,  ¨no se deja¨, le contesté yo, él se rió y dijo ¨esto hay que solucionarlo¨, mientras llamaba al mozo. Raúl se interrumpe y pregunta  ¿te aburre?  Continuá,  por favor Gustavo hace un gesto, alentándolo. Raúl entrecierra los ojos y sigue  salimos, subimos a un taxi y cuando le pregunté a dónde íbamos me contestó que era una sorpresa; bajamos en un edificio de departamentos; tocó el portero eléctrico y subimos en silencio; nos abrió una mujer joven, muy pintada, con ropa apretada ; ¨ aquí te traigo a mi pichón, te lo recomiendo¨,  le encargo papá; ella se rió y le dijo ¨quedate tranquilo, te lo dejo como nuevo; volvé en una hora¨; papá se fue y yo me quedé con la mina,  temblando; ella se desnudó, rajaba la tierra, y me puso en bolas; me sobó por todos lados pero no se me paraba; a mí, que la tenía siempre al palo y que me pasaba el día haciéndome pajas, no se me paró: lo peor era saber que se lo iba a contar a mi papá Raúl se cubre los ojos con las manos cuando me vino a buscar yo bajé solo; me preguntó cómo me había ido y yo le contesté que no quería hablar; él se rió se tironea de la barba, tanto que la boca se le deforma creo que ahí empecé a odiarlo. Lamento mucho que se nos haya acabado el tiempo informa  Gustavo es valiosísimo lo que acabás de contar. ¿Me querés creer que siempre  tengo miedo de que no se me pare? Raúl se incorpora  se me para pero siempre tengo miedo de que no. Camina, con la cabeza gacha, hasta la puerta.  ¿Estás bien? lo despide Gustavo.  A veces preguntás cada boludez  dice Raúl antes de darle la espalda.


Mientras disca, Gustavo se dice que solo quiere hablar con la nena. Hola, papi atiende Martina sí, estoy rebien.  ¿Cómo te fue en la escuela? Aburrida, como siempre.  Gustavo deja de sonreír cuando la nena dice corto porque estoy tomando la leche con mamá, trajo facturas y Nacho no está así que puedo elegir las mejores.  Él se da cuenta de que le jode. Su hija está disfrutando al merendar con su mamá y a él le jode.  Lo asombra ser tan mezquino.

lunes, 30 de septiembre de 2013

44

Lo que nunca María Inés llega quince minutos tarde. Se sienta, se desabrocha un par de botones de la blusa y sin dar ningún tipo de explicaciones sobre su tardanza,  comienza a hablar de su trabajo. Gustavo solo la escucha. Atención flotante. Después de un largo rato le cuesta concentrarse. La imagen de Cecilia aparece. Se clava las uñas en la palma de la mano y  logra espantarla. Ante una pausa de ella él pregunta ¿por qué te decidiste a diseñar ropa?  Ella lo mira, sorprendida.  Siempre supe que la ropa era lo mío; me hubiera gustado tanto ser modelo. ¿Qué te lo impidió? María Inés cabecea  creo que mis padres se hubieran suicidado, ya bastante tuvieron con que  no fuera abogada como toda la familia. ¿Te casaste con un abogado para compensar?  Ella sonríe.  Papá lo ama a Gerardo, fue profesor suyo. ¿Qué te gustaba de ser modelo?Qué sé yo, llevar ropa linda, supongo.  ¿Qué te miraran? No te entiendo dice ella, reacomodándose. El otro día comentaste que en la fiesta sentiste la mirada de todos los hombres y no parecía molestarte, todo lo contrario. A qué nena no le gusta que la miren. Gustavo percibe que se agudizan sus sentidos. Pero vos ya no sos una nena. A qué mujer, perdón se corrige ella mientras se abotona de nuevo la blusa me olvidé el reloj, ¿es la hora? pregunta.  María Inés está por subir al ascensor  cuando comenta qué raro, hoy no me hacés la pregunta del estribo. ¿Del estribo? Te creía más criollo ella sonríe, encantadora la pregunta final, Gustavo, la de la despedida.

Gustavo busca la ficha de María Inés y transcribe la sesión con sumo cuidado. ¿Una nena mirada? apunta. Siente que encontró algo importante, podría jurarlo. Revisa, ahora, la ficha de Raúl. Acuerda con él, la intervención  con respecto a su sexualidad fue burda y precipitada, qué raro que Ana María no se lo haya marcado. Le di lástima, decide.

viernes, 27 de septiembre de 2013

43

Hace rato que Camilo está hablando del colegio cuando  intempestivamente dice anoche tuve un sueño raro. ¿Me lo contás? propone Gustavo.  Es que mucho no me acuerdo. Sin embargo considerás que fue raro, ¿por qué? Yo estaba adentro de un envase y me caía arena en la cabeza; cada tanto alguien daba vuelta el envase pero yo quedaba de nuevo con la cabeza para arriba y me seguía cayendo la arena. La sangre de Gustavo cobra otro ritmo, sus neuronas en frenética sinapsis. ¿Te gustaba estar allí? pregunta. No, era horrible; me quería escapar pero no podía porque el envase me sujetaba. Contame más del envase pide. Era transparente  y alto como yo; ancho en la cabeza y en los pies pero apretado en la panza. Cuánta razón tenía Ana María  ¿El envase se parecía a algún objeto que vos conozcas? El chico niega con la cabeza. Pensemos juntos: transparente, como dos embudos invertidos, con arena que va cayendo de a poquito.  Camilo se queda unos segundo pensando y luego arriesga ¿un reloj de arena? Gustavo solo levanta las cejas. Yo tengo uno para jugar al Scrabel  informa Camilo. ¿Con quién jugás al Scrabel? Con mi papá, casi siempre me gana. ¿Qué te parece que podría representar el reloj de arena? ¿El tiempo? contesta el chico. Cerrá los ojos pide Gustavo  trata de ver quién está dando vueltas el reloj. No hace falta dice Camilo con los ojos muy abiertos ya sé quién lo daba vueltas. ¿Quién? Un hombre sin cara. Gustavo toma un vaso de agua con parsimonia. ¿Te acordás de lo que charlamos la sesión pasada? pregunta luego. Claro  contesta el chico. Me parece que te preocupa mucho saber por qué llegó tarde tu papá, tal vez sería bueno que se lo preguntaras. Camilo lo mira en silencio. Silencio que varios minutos después es roto por el portero eléctrico. El chico, instintivamente mira la hora. Está esperando el ascensor cuando dice a lo mejor cuando sea grande voy a ser sicólogo. 

Estoy contento, se dice Gustavo y después se dice que está loco. Su vida está astillándose y, por unos minutos, se sintió contento. La aguda necesidad de creer que sirve para algo. Porque Camilo no forma parte de su vida. Recuerda, entonces, que ya hace rato que Nacho debería haber llegado. Va a llamar a su casa cuando repara en que Cecilia ya regresó. Problema de ella. Pensarla le arrebata la satisfacción alcanzada. A ella, evidentemente, ya no le sirve.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

42

Laura se ubica, abre la cartera. ¿Me va a pagar ahora? , piensa Gustavo, extrañado. Hice los deberes dice ella y le tiende un papel. Él contempla un cuadro a doble entrada. Una columna para cada uno de sus tres hijos, diez filas evaluando distintas áreas, comenzando por ¨salud¨. En cada intersección, signos más o signos menos. Nunca se pierde la formación científica  comenta  él, sonriendo. Observa con atención la multitud de casilleros, ¿quién dijo que los afectos no pueden mensurarse? Es interesante  dice el orden de sus apreciaciones.  Así fueron apareciendo en mi cabeza  parece disculparse ella.  Claro acota él porque si hubiera menos en la  fila de salud, todos los problemas de los que estamos hablando carecerían de sentido. Ni imaginarlo dice ella con énfasis.  ¿De cuáles de los ítems se considera responsable?  pregunta él devolviéndole el papel. Ella lo toma y lo observa con atención. De su salud  ya no me ocupo. ¿Habrá influido en la buena salud de sus hijos  el embarazo, la lactancia, las vacunas, el pediatra? Los tres tienen excelente dentadura, además agrega ella y luego sonríe  topicaciones de fluor, sellado de las muelas, ortodoncia.  ¿Seguimos? propone él. Belleza lee ella y acota supongamos que eso sí viene de los genes, mi marido es particularmente buenmozo. ¿Nada de usted? Las chicas tienen buen cuerpo parece disculparse ella, mirando el piso. Ahora viene la pareja, ¿no? recuerda él. dice ella los tres tienen buenas parejas. ¿Alguna relación con sus treinta años de casados? Ella hace una mueca descalificativa y deja el papel sobre la mesita diciendo esto no tiene ningún sentido. Él lo recoge y reobserva la lista. Concentrémonos en las apreciaciones negativas, ¿no está satisfecha de los estudios de sus hijas? Sí responde ella ¿les puse menos? Un más y un menos contesta él. Porque no son universitarias.  Él sonríe ¿los estudios solo califican si son universitarios? Siempre supuse que mis tres hijos iban a ser profesionales. Gustavo luego de una pausa pregunta ¿qué estudiaron sus hijas? La mayor Educación Física, la otra es maestra jardinera. Él aclara, sonriendo o sea que hicieron el Profesorado de Educación Física y el Profesorado de Educación Inicial. Sí, claro. Cuatro años de carrera, ambos. Veo que está bien informado. ¿Y eso merece un más o menos? Ella se encoge de hombros.  Hay otro punto que me llama la atención dice Gustavo luego de una pausa. Ella lo mira. Más allá de los dos menos que le adjudica a su relación con su hijo, de la cual ya hemos hablado, la que tiene con María merece solo un más o menos. Es que ella a veces me trata mal, se impacienta conmigo. ¿Será porque usted no es muy deportista? Gustavo, no se ría de mí pide Laura.  ¿Con la menor se lleva mejor porque a ella, como a usted,  le encantan los niños? Será una buena madre vaticina ella. ¿Mejor que usted? A lo mejor consigue que los hijos le salgan médicos dice ella y ríe. A lo mejor no le interesa que sus hijos sean médicos  la corrige él y al instante los ojos de Laura se llenan de lágrimas.  ¿Seguimos la próxima? propone él. Ella se seca las mejillas con el dorso de la mano y se incorpora.


Cuando cierra la puerta tras Laura, el recuerdo del desayuno aterriza, brutal, en su abdomen.  La odio dice Gustavo en voz alta aunque sabe que no es cierto. Deja que pase un momento y volveremos a querernos. Tú.