viernes, 18 de julio de 2014

152

¿Cómo está la nena? le pregunta Natalia en cuanto se ubican en el sillón. Mejor, pero todavía no descartaron una deficiencia renal crónica. ¿Y de ánimo? Hoy me pidió que no permitiera que la conectaran a la máquina, refiriéndose a la diálisis; me parte el alma. Gustavo apoya los brazos sobre las rodillas separadas y la mira. El silencio se prolonga. Vos me querés decir algo, ¿no? lo encara ella. Él baja la vista. ¿Viniste a despedirte? Me encanta estar con vos, Natalia, pero no quiero hacerte daño. Volviste con tu mujer afirma ella mirándolo de frente. No dice él. No todavía lo corrige ella. Él se agarra la cabeza. En este momento Martina es el centro de mi universo, no me imaginé que se pudiera querer tanto a un hijo, que se pudiera querer tanto a alguien, en realidad; haría cualquier cosa por ella, le daría ya mismo mis riñones si eso pudiera solucionar sus males. ¿Si ella te lo pidiera volverías con tu mujer? Ella lo pide con cada una de sus actitudes, a veces pienso que se enfermó para juntarnos. ¿Entonces? No sé, no entiendo nada, no sé qué es lo que debería hacer. Lo que querés hacer. No se trata solo de deseos; todavía no hablé nada con Cecilia, nuestra situación quedó congelada el día en que Martina se enfermó. ¿Qué te pasa a vos con Cecilia? No sé, Natalia, y no quiero joderte a vos mientras lo descubro. No necesito que me protejas; soy grande y puedo cuidarme sola; si querés terminar con esto no me vendas que lo hacés por mí, tené la valentía de asumir que, más allá de tu hija y de mí, tu genuino deseo es volver con tu esposa. Como si solo dependiera de mí. Natalia se incorpora. Tenés razón, mejor andate. Gustavo, desconcertado, se para. No quiero que te enojes. No pienses que podés lastimarme y quedar ante vos y ante mí como bueno; andate, Gustavo, andate de una vez. Él se dirige a la puerta. Los brazos caídos.


Antes de subir al auto compra pan y fiambre. Ni bien arranca, enciende la radio.  Sube el volumen. Abre la ventanilla. El aire fresco lo revitaliza. Canta. Está logrando no pensar. Cuando llega al consultorio también pone música. Va a la cocina y se prepara un sándwich. En cuanto se le asoma la imagen de Natalia decide buscar la ficha de Mariana. Mastica leyéndola con atención. Mientras se filtra el café llama a Cecilia. Martina duerme. Comió bien. Voy cerca de las nueve informa él. Ya me lo dijiste comenta ella. Como a Gustavo no se le ocurre qué agregar, corta.

miércoles, 16 de julio de 2014

150

Miércoles 5 de diciembre

Pa, ¿Marti va a quedar bien? pregunta Nacho mientras le pone manteca a la tostada. Gustavo apoya la taza de café con leche. Claro contesta. No me mientas que no soy un nene, ya estuve mirando en Internet. Es cierto, su hijo ya no es una criatura. Cada uno de los quince días de este infierno lo sorprendió con su madurez, con su insospechable responsabilidad. Sí, es una enfermedad seria, pero pasó lo peor, ya no hay compromiso de vida. No te estoy preguntando si se va a morir sino cómo va a quedar; ¿hasta cuándo la van a conectar a esa máquina?; a ustedes no les dice nada porque no los quiere preocupar, pero cuando se queda conmigo me cuenta que es horrible y no para de llorar. Gustavo piensa que Ana María esta vez se equivocó.  Él, y cómo le cuesta contenerse,  no puede ponerse a llorar junto con el chico. Decide ser sincero. Nacho se lo merece. Los médicos de la clínica no están seguros de que Martina pueda recuperarse totalmente, pero el doctor Grieco apuesta a que sí. ¡Grieco es un grosso!, yo a él sí que le creo dice el pibe masticando la tostada. Gustavo mira el reloj. Se está haciendo tarde, hijo indica Gustavo, levantándose. Esperá, pa dice Nacho hay algo muy importante que te quiero contar. Gustavo se sienta. Te escucho. La culpa de lo de Marti es mía confiesa el chico, la vista baja. ¡¿Qué disparate decís?! Una tarde la llevé a McDonald’s sin permiso y yo sé que esto es por la carne picada cruda. Gustavo siente en la piel el dolor del chico y celebra que haya intentado sacárselo de encima. Le levanta con delicadeza el mentón. Se topa con unos ojos llenos de lágrimas. Hijo, no es por eso, quédate tranquilo, si hay algún lugar donde la carne está cocida es en Mc; ya lo hablamos con Grieco, hay mil posibles causas, entre otras, que Martina estaba con las defensas bajas; si hubiera sido por las hamburguesas vos también te habrías enfermado. ¡Pero yo soy mucho más fuerte, pa! exclama Nacho, la cara iluminada. Vení acá  pide Gustavo dame un abrazo. El chico esconde la cara en el pecho del padre, pero instantes después se separa. Pa, ¿te puedo pedir algo? Gustavo inspira profundamente, cuánto más va a resistir sin largarse a llorar. ¿Me dejás faltar a la escuela? Gustavo sonríe.

martes, 15 de julio de 2014

149

¡Papi, al fin viniste! lo recibe Martina como si hubieran transcurrido  varios años sin verse. Él la besa con delicadeza pero ella, con los bracitos de alambre, se le cuelga del cuello. Hola, pa dice Nacho recostado en el sillón y al rato agrega me fue bien. Gustavo intenta, sin éxito, recordar la materia, el tema. ¿Qué te tomaron? pregunta, tanteando. Dos ejercicios de Thales y dos de Pitágoras, creo que los hice todos bien. Gustavo se acerca y le revuelve el cabello. ¿La abuela? Mamá la llevó a tomar algo; yo me quedé cuidando a Marti. Dice Nacho que Lacán se la pasa acostado en mi cama, ¡pobrecito! ¡No sé quién te sacará las pulgas! comenta Gustavo justo cuando la puerta se abre. Hola, hijo se acerca su madre a saludarlo ya tenemos de vuelta a nuestra princesa. Cecilia le hace señas. Gustavo besa a su madre y anuncia salgo un ratito. ¡Ufa! protesta Martina. ¿Qué pasó? pregunta él.  ¿Vamos a tomar un café? propone Cecilia. Estuve charlando con Grieco dice ella espera que el mozo se retire y añade los últimos análisis de la nena dieron mal; tendrán que dializarla de nuevo; los médicos temen que derive en una insuficiencia renal crónica pero Grieco es optimista, pero ya sabemos que Grieco siempre es optimista y me parece que esta vez se está equivocando oculta la cabeza entre las manos Martina en diálisis permanente, no lo puedo soportar. Gustavo le aprieta ambas manos. No te me derrumbes, eso sí que yo no lo voy a poder soportar. Gustavo recuerda a Ana María. Tiene a los tres sobre los hombros, ¿cómo mierda quiere que él se pueda aflojar?

¿Seguro que querés que me vaya? insiste Cecilia con la cartera ya en el hombro. Andá tranquila, necesitás descansar indica él. Mañana te quedás vos propone Martina ¡y pasado, los dos! Cecilia le da un último beso a la nena y sale. Gustavo recibe los dos mensajes. Uno, y como siempre, el intento de reunirlos. Otro, y este sí que lo alarma, es la resignación. Martina descuenta que estará internada dos días más. Acostate aquí conmigo, papi la nena se corre hacia el borde y señala el lugar vacío contame un cuento. Pero no tenemos ningún libro ¡Inventalo, entonces! Gustavo baja la luz del velador, apoya la cabeza sobre la almohada y comienza: Había una vez…

jueves, 10 de julio de 2014

146

Gustavo corre hasta el auto. Quince minutos después no sabe ni cómo, está entrando a la clínica. Qué suerte que viniste lo recibe Cecilia si no le daban el alta de terapia antes de las cinco, lo dejaban para mañana; vení, te acompaño adonde tenés que firmar. Bajan solos en el ascensor. Ambos mirando hacia adelante. Él, sin darse cuenta, apoya la mano sobre el hombro de Cecilia. Ella, sin darse vuelta, toma esa mano con su propia mano. Gustavo cierra los ojos.

Papi, ¡me liberaste! lo recibe la nena, ya en su habitación. No fui yo, muñeca dice él mientras la abraza con precaución porque sigue la madeja de tubos. Sí, no podía salir porque vos no querías. ¿Quién te dijo ese disparate? Yo lo oí, no querías firmar. Gustavo se sienta en la cama. No es así, estaba trabajando; vine en cuanto mami me avisó. ¿Y Nacho? Ahora le voy a pedir a la abuela Isabel que lo traiga. ¿Por qué no lo traés vos? Me tengo que ir al consultorio. ¡No! Te prometo que vuelvo rapidito decide él mientras la besa. ¿Y con quién me quedo? Con mamá, fue a buscarse un café, ya viene. Confirmando sus palabras la puerta se abre. La carita de la nena se ilumina. ¡Mi mami querida!


En el ascensor Gustavo teclea: Te espero en el consultorio, como siempre. De acuerdo contesta Daniela cuando él está subiendo al auto. Antes de arrancar escribe: recién me  desocupo, Joaco, perdóname. Te veo el miércoles. Llamame cuando quieras. Gustavo lo lamenta tanto. Este chico no está para padecer más desamores. Pero mi hija está primero, intenta aliviar su conciencia. Pone el auto en marcha. La vio más animada a Martina. Pronto estará de diez, se promete.

martes, 8 de julio de 2014

144

Yo tenía razón, sos lo más inicia Camilo la sesión. ¿Por qué lo decís? pregunta Gustavo, sonriendo. Resultó y ante el gesto interrogativo de Gustavo agrega la vi a Sofía; fui a explicarle matemática a Leo y estaba; merendamos los tres juntos; quedé en volver mañana. ¿Cómo te sentiste? Qué sé yo, más que nada nervioso, no sabía qué decirle. Eso es raro viniendo de vos. ¿Cómo? Por lo que me contaste te eligieron delegado del curso porque sos el que mejor habla. Hablar con la cabeza es fácil. Es muy interesante lo que dijiste, tratá de explicármelo mejor. El chico se encoge de hombros. Vos sabés, es fácil hablar de lo que uno sabe o de lo que uno ve. ¿Y qué es difícil? Hablar desde adentro. Gustavo carraspea. ¿Te resulta difícil hablar desde adentro solo con Sofía? No sé, antes no lo pensé. ¿Nunca le contaste a un amigo cómo te sentías? Creo que no. ¿Y a tus padres? Menos que menos. ¿Por qué? El chico lo mira, parece desconcertado. Luego de un rato dice ellos tampoco me cuentan cómo se sienten. Aquí los tres han hablado de sus sentimientos. ¡Porque vos nos obligaste!; cuando volvemos a casa es como si nada hubiera pasado. Creo que no es tan así; a partir de todo lo que salió a luz aquí, hubo movimientos importantes en tu familia. Sí, ya sé, pero si vos no estás yo no puedo decirles lo que siento, ni siquiera me doy cuenta de que lo siento, y vos no podés estar siempre, entonces a lo mejor no sirve para nada venir acá. Gustavo piensa que no está en condiciones de soportar que Camilo se vaya, Él sí que no. ¿Qué te gustaría poder decirles a tus papás? pregunta. Camilo juega con los dedos mientras piensa. Que yo no soy tan bueno como ellos piensan. ¿Cómo es eso? inquiere Gustavo, profundamente interesado. Ellos siempre me alaban ante los demás, que si soy inteligente, que si soy bueno, que si soy maduro; y yo sé que los estoy engañando. ¿Por qué? Porque adentro no soy así. ¿Cómo sos adentro? Tengo algo que me empuja y que quiere salir. ¿Y qué te parece que es eso? A  veces, cuando me hace enojar, Luciana dice que tengo las orejas coloradas, entonces me voy y me quedo solo porque tengo miedo de explotar. ¿Qué es lo que te da tanta rabia? ¡Que yo siempre tenga que ser el bueno! ¿Y quién te dice que tenés que ser el bueno? Nadie, pero yo lo sé. ¿Porque eso es lo que esperan de vos? Camilo asiente con la cabeza, la vista baja. ¿Qué podría pasar si alguna vez te cansás de parecer bueno? No sé. ¿No te van a querer más? ¡Basta! las orejas de Camilo se encienden  ¡yo te estaba contando de Sofía y vos me hacés decir boludeces!, ¡sos un pelotudo!, ¡y encima te pagan!, ¡yo no voy a venir más! Camilo busca las muletas, se para y se dirige a la ventana. Queda de espaldas a Gustavo, la frente apoyada contra el vidrio. Gustavo pierde la noción del tiempo. Hasta que suena el portero eléctrico. El chico no parece registrarlo. Gustavo se incorpora y se acerca a él. Le toca el hombro. Camilo lo convoca. El chico da vuelta la cara, bañada en lágrimas. ¿Querés que le avise a tu papá que bajás dentro de un rato? propone Gustavo. Camilo niega con la cabeza,  se seca la cara contra el brazo y busca su mochila. Ya ante la puerta abierta el chico pregunta ¿puedo volver? Gustavo, a su vez, le pregunta ¿por qué no habrías de poder volver? Los ojos del chico, de nuevo, se empañan.


Gustavo siente el pecho oprimido. Se dirige al consultorio y apoya la frente en la ventana, ¿Cómo hacer para saber ayudar? Controla el celular, en vibrador. Mensaje de Cecilia. Llamame urgente. La opresión de Gustavo recrudece. ¿Qué pasó? pregunta agitado. Hasta que vos no firmés también la autorización no pueden pasarla a sala. Él inspira hondo. Voy en cuanto pueda informa. Manda mensajes a Joaquín y Daniela. Se me presento una emergencia, no sé si podré atenderte; te aviso en cuanto tenga la certeza. Recibe enseguida un oki y minutos después gracias por avisarme, espero que no sea nada serio. Suena el portero.

viernes, 4 de julio de 2014

142

A las doce menos cinco la sala de espera es un hervidero de gente. Cuando llega su turno, Gustavo entra. Hola, papi hace un esfuerzo por sonreír Martina ¿cuándo me vas a sacar de acá? Dijo el doctor Grieco que tratará de que sea pronto contesta él acariciándole el cabello. Sí, a mí también me dijo pero escuché que estaban esperando la autorización del padre, ¿vos no querés que yo me vaya? ¡Cómo decís eso, muñeca, es que todavía yo no había llegado! ¿Te habías ido y me habías dejado sola acá? No, cómo te iba a dejar sola, mami estaba afuera. ¡Es que yo quiero que estén los dos! Pero a veces tengo que ir al trabajo, me tengo que ocupar de Nacho. ¿Por qué no viene a verme?, ¿está enojado? No dejan entrar a los chicos. ¡Pero él ya es grande! En cuanto te pasen a una habitación va a venir a visitarte. Decile que lo traiga a Lacán; ahora ándate, que me contó mamá que están esperando la tía y las abuelas y cuando suena el timbre se acaba todo. Gustavo aparta la sonda y la abraza con cuidado. Está tan flaquita que siente cada uno de sus huesos.

Finalmente les dan el parte. Todos los parámetros están un poco mejor. La pasaran a una habitación a la nochecita. ¿Habrá que dializarla de nuevo? pregunta Cecilia. Veremos cómo evoluciona en las próximas veinticuatro horas, pero es probable. Gustavo siente que Cecilia se oprime contra él. La agarra del hombro. ¿Y a mí quién me sostiene?,  piensa. Levanta la vista. Entre el gentío descubre a Santiago.


Llega al consultorio dos menos cuarto. Apenas un rato para prepararse. Le parece increíble que solo haya transcurrido una semana desde la última vez. El celular suena. ¿Cómo está Marti? pregunta Nacho. Mejor, hijo, creo que a la noche la pasan a una habitación; me dijo que quería verte. ¿De veras?, ¡se nota que está enferma!, ¿cómo hago para ir? Arreglo con tu mamá y te aviso; ah, me pidió que le llevaras a Lacán. ¡Loca como siempre la Marti!  Gustavo cuelga con una sonrisa. 

martes, 1 de julio de 2014

139

Mientras sube en el ascensor piensa que Martina lo ha entrampado. Imagina la cena de a cuatro y se revuelve de rabia. En cuanto abre la puerta, Cecilia se acerca. Ya lo mandé a Nacho a lo de Tomás; te preparé un sándwich, anda comiendo mientras levanto a la nena. A Gustavo lo sorprende el silencio de su casa. Ni Lacán se acercó a saludarlo. Obediente, se lava las manos y, de parado en la cocina, come el sándwich. De pollo. Riquísimo, tiene que reconocer a su pesar. ¿Podés venir? lo llama Cecilia desde el dormitorio de Martina. Alzala, por favor, no la puedo despertar y para mí es muy pesada. Gustavo mira a la nena y se asusta. Está amarilla dice. Sí, ya sé. Gustavo observa que Cecilia mete ropa en un bolso. Por las dudas explica al notar su mirada. Él carga a la nena. Estoy muy mal, papi. A Gustavo no le cabe la culpa en el cuerpo.

Cecilia se sienta atrás. La cabeza de Martina sobre su falda. ¿Cuándo se puso tan mal? pregunta él mirando el espejo retrovisor.  Cuando te avisé; antes lo había llamado  a Grieco pero me dijo que estaba en una conferencia y que igual era mejor que la llevara a la clínica porque habrá que hacerle análisis; hice mal en esperarte, me tendría que haber tomado  un taxi, no sé qué me pasó. Quedate tranquila dice él actuaste como debías dice él y piensa cómo se las habría arreglado si le hubiera tocado estando solo.

Por suerte los atiende el mismo médico. Veinticuatro horas de guardia les explica. Escucha con atención el reporte de Cecilia mientras revisa a la nena. ¿Orinó? le pregunta. Cecilia se queda pensando. Ahora que me dice, desde que llegamos a casa no fue al baño, al menos que yo la haya visto; Martina, ¿hiciste pis? No sé, no me acuerdo. Le vamos a hacer una ecografía abdominal y habrá que sacarle sangre. ¡No quiero! dice la nena. Nunca le sacaron explica Cecilia. Siempre hay una primera vez dice el hombre y dirigiéndose a la nena intenta tranquilizarla ni te vas a dar cuenta. A los pocos minutos entra una enfermera. Gustavo se sienta con la nena en brazos. Recién al tercer pinchazo,  la mujer logra sacarle sangre. Martina llora mansamente. Golpean la puerta. Es Grieco. Gustavo suspira de alivio.


Una hora después la nena duerme en una camilla en un box de la sala de guardia. Cecilia y Gustavo están sentados, uno a cada lado. Grieco entra y les hace una seña. Ambos salen.  Ya están los resultados informa Grieco con una voz que Gustavo desconoce se quedará internada. ¿Qué tiene? pregunta Cecilia. Síndrome urémico hemolítico. Eso es grave, ¿no? dice ella. contesta Grieco quizás haya que dializarla. Cecilia se tambalea. Grieco la sostiene. Cuando el médico se aleja, Cecilia comienza a sollozar. Gustavo la abraza.