domingo, 8 de junio de 2014

130

Gustavo echa una rápida mirada al interior del bar. Todavía es temprano. Se acomoda en una mesa del fondo y llama al mozo. Sin esperarla, se dice, estúpidamente orgulloso. Cecilia llega antes que el café. Estaba contra la ventana, ¿no me viste? Él se sobresalta, precisaba unos minutos para prepararse. Ella se los robó. Se incorpora y la besa en la mejilla, intentando obviar su perfume. Recién vuelvo de trabajar informa ella quizá para justificar la pollera corta, los tacos altos, la cara maquillada. Él  deduce que no hubiera llegado a tiempo para la cena. ¿Cómo estás? pregunta Cecilia. Ahí contesta él la voy llevando. Con los chicos la vas llevando más que bien, estoy muy sorprendida; nunca me hubiera imaginado, sobre todo con Nacho. Aun así te fuiste. Eran solo dos meses. Vos sabías que la relación entre Nacho y yo era difícil y lo dejaste en mis manos. Quizá tuve la suficiente intuición para suponer que funcionaría. La felicidad de tu hijo sobre la base de suposiciones. ¡Basta, Gustavo!; ¡si Nacho pudo sobrevivir catorce años a tu indiferencia no sé por qué no podía tolerar un par de meses mi ausencia! La voz de Cecilia se eleva sobre el murmullo general.  Gustavo percibe un par de cabezas que giran hacia ellos. Cecilia inspira hondo, toma un vaso de agua, se arregla el cabello. Perdón pide mientras le resbalan las lágrimas. Gustavo reprime las ganas de tomarle las manos. Las mira con atención: todavía tiene la alianza; él, también. Tenés razón admite soy yo el que tiene que pedirte perdón. Ella lo mira, los ojos muy abiertos. ¿Por qué? Si de algo me sirvió tu alejamiento fue para comprender que volqué sobre Nacho mi resentimiento contra vos por haberme obligado a que naciera cabecea ya sé que no me obligaste, lo hablé mucho en terapia, yo podría haberme ido; pero me quedé y el chico terminó pagando los platos rotos; nunca terminaré de arrepentirme. ¿De que naciera? No entendiste nada él hace un gesto despectivo me arrepiento de haberme privado durante catorce años de disfrutar a mi hijo; no tiene remedio pero trataré de hablarlo en cuanto perciba que él está preparado. Gustavo sonríe, ahora sí le toma las manos hiciste un excelente trabajo, es un gran pibe. Ella se las aprieta. Es el hijo de los dos dice. Él libera sus manos: se equivocó, movimiento fallido. No está bien conmigo admite ella ¿vos le contaste algo? Te aseguro que no contesta él pero es un chico sensible e inteligente; yo no quise mandarte al frente pero me parece que lo más aconsejable es que le cuentes la verdad; estoy seguro de que sabe más de lo que confiesa. Gustavo termina de un trago su café ya frío. ¿Cómo estás vos? Mal dice ella es una tortura ver a mis hijos de prestado él amaga hablar sí, ya sé, yo me lo busqué, no pretendo que me compadezcas; no veo el momento de alquilar un departamento y poder sostener una vida más normal con los chicos. Gustavo se alarma. Veo que ya estás decidida a separarte. Ella lo mira levantando los hombros. ¿Qué me decís?, sos vos el que no me permite vivir en casa; ¿tenés otra?, ¿no? Él la mira anonadado, ya no sabe quién es la víctima y quién el verdugo. Suena su celular. Nacho. Pa, Marti está vomitando. Voy para allá informa mientras llama al mozo. ¿Qué pasó? La nena está vomitando repite él. Minutos después caminan rápido las dos cuadras. Juntos. Suben. Encuentran a la nena vomitando en el inodoro. Nacho le sostiene la cabeza. Suerte que viniste, ma dice Nacho Marti no paraba de llamarte. Cecilia se arrodilla. Tranquila, chiquita, estoy aquí dice. Logra incorporarla y le toca la frente. Fiebre no tiene informa y luego busca en el botiquín sí, por suerte hay Reliverán. Gustavo parado en el pasillo la observa. Vamos a la cama, chiquita indica ella. Gustavo se dirige al dormitorio y saca las sábanas vomitadas. Cecilia llega con sábanas limpias y hace la cama. Upa, papi pide Martina. Gustavo la alza. La nena se abraza de su cuello. Minutos después, acostada entre sábanas planchadas, pide quédate, mami, dormí conmigo. Cecilia lo mira. Él asiente con la cabeza.

Gustavo, en su cama, intenta dormir. Sin suerte. Mocosa manijera, piensa, manipuladora como todas las mujeres. Unos golpes en la puerta lo sobresaltan. Se asusta: es ella. dice. La puerta se abre. ¿Puedo dormir con vos? pide Nacho Marti se levanta a cada rato. Gustavo abre las cobijas y lo invita. Del lado de la madre.

125

Camilo lo había alertado: ¡nos pasamos de la hora!, ¡qué raro que no llegó la de siempre! Valeria se había apresurado a incorporarse y la sesión concluyó abruptamente. Sin ninguna necesidad, pensó  Gustavo, porque María Inés tampoco hoy daba señales de vida. Ahora, sentado en el diván, cavila. Diez minutos después se dirige hacia el escritorio. Se sienta. Apoya la mano sobre el tubo del teléfono y vuelve a dudar. Se decide y marca. No atienden. Cuando ya está por cortar le llega la voz agitada de María Inés. Hola. Él quisiera apretar la horquilla pero, a su vez, dice hola. ¡Gustavo! exclama ella al instante. Quería saber cómo estabas. Después de un silencio interminable ella responde mal, muy mal.  Te estoy esperando. Ya es muy tarde, ¿puedo ir el miércoles próximo? Por supuesto. Creí que estabas enojado dice ella y corta. Gustavo decide que su desconcierto es como una planta que no para de crecer. Va la cocina. Se prepara un café. Mientras lo toma, batallan en su cabeza María Inés, Nacho, Camilo, Natalia, Cecilia. Pobre Ana Maria, qué sesión le espera, piensa. Está por recostarse un rato cuando recuerda a su nuevo paciente. ¿Vendrá? El pulso se le acelera. Cinco menos cinco. Faltan cinco para los cinco repite en voz alta y luego añade si seré imbécil.

viernes, 6 de junio de 2014

122

Miércoles 14
Suena el despertador. Antes de que junte fuerzas Lacán le está lamiendo la mano que cae de la cama. Lo acaricia, lo aparta y apaga el reloj. Va al baño, se afeita. Al ir a despertar a los chicos descubre vacía la cama de Martina. Recién recuerda que se quedó a dormir en casa de los abuelos. Espero que Cecilia no la haga faltar, piensa. Diez minutos después desayuna con su hijo. Me preguntó mamá si quería que esta tarde fuéramos a comprarme ropa cuenta Nacho. ¿Qué le dijiste? Que no preciso nada. Sin embargo las zapatillas ya te quedan chicas recuerda Gustavo. Es increíble lo rápido que está creciendo. Cuando puedas voy con vos. Gustavo lo mira sorprendido. ¿No querés salir con ella? Nacho entierra la vista en el vaso de Nesquik. Mirame, hijo. El chico levanta la vista. ¿Estás enojado con tu mamá? Nacho frunce el ceño. Con ese gesto ya parece un hombre, piensa Gustavo. Ante el silencio insiste ¿me escuchaste? Su hijo chasquea la boca. Ahora se hace la buenita dice. En Gustavo se enciende el botón de alarma. ¿Por qué decís eso? Nacho se levanta. Vamos, pa, que ya es tarde.

Al fin diste señales de vida lo recibe Santiago, sentado contra la ventana. ¿Cuándo regresa Cecilia? pregunta en cuanto Gustavo se acomoda. Volvió hace una semana. ¡Qué!, ¿por qué no me contaste? No tenía ganas de hablar con nadie Gustavo gira  y levanta la mano hacia el mozo un café, por favor, doble. Te escucho, pero que te quede claro que estoy muy ofendido. Gustavo arranca desde la llegada a Ezeiza. Esa misma noche se fue a dormir a los de sus viejos; desde entonces está allá, o al menos eso dice; pasa por casa casi todas las tardes, por suerte no la veo; Martina no se le despega, anoche durmió en lo de sus abuelos. ¿Los chicos te preguntaron algo más? No, hacen como si ella no hubiera vuelto, no me cuentan de sus visitas; nosotros seguimos funcionando como siempre. ¿Cómo siempre? Bah, como en estos últimos meses, es notable, ya no me pesa hacerme cargo de mis hijos; me acostumbré. Santiago se echa sobre el respaldo, mete las manos en los bolsillos. Festejemos: te curaste de Cecilia dice, con sorna. No digas boludeces, te estoy hablando de mis hijos no de ella. Santiago se pone repentinamente serio. Su tronco se adelanta. La viste y sucumbiste dice y después añade me salió en versito. Si te seguís haciendo el pelotudo me voy. Uf, qué carácter, hermano. El celular de Gustavo suena. Lee el mensaje y lo contesta. Me voy informa. Che, no te enojes. Gustavo cabecea, sonríe de lado. Era Natalia, hace dos semanas que pateo el encuentro, me dijo que si no aparezco  ya, todo se terminó. ¿Y vos le creíste?, esa mina está muerta por vos. Gustavo se incorpora. Pagame el café, te corresponde por salame.


Natalia baja a abrirle. Ya en el ascensor Gustavo se enciende. Suben besándose. En cuanto se escucha el ruido de la puerta, él empieza a desvestirla. Luego yacen juntos. Ella apoyada en su pecho, él abrazándola. ¿Me vas a contar por qué desapareciste? exige Natalia. Volvió mi mujer. Ella se incorpora con brusquedad. Me lo podrías haber dicho antes, dejarme a mí la posibilidad de decidir. ¿De decidir qué? pregunta Gustavo, también sentado. Si quería volver a acostarme con vos. Natalia, yo nunca te engañé, sabías perfectamente cuál era mi situación. Sabía cuál era tu situación cuando tu mujer estaba en Chile, pero ahora ella está acá, ella está durmiendo con vos. Estás equivocada replica Gustavo. La mirada de Natalia se aviva. Él le cuenta con detalle todo lo sucedido. Ella lo escucha en silencio. ¿Ya no la querés? pregunta Natalia luego de un rato. Él no sabe qué responder. Entonces mira el reloj. ¡La una y media! dice alarmado y salta de la cama.

jueves, 5 de junio de 2014

121

Sale del ascensor. Tiene las manos húmedas. Lo reciben Lacán y, desde la cocina, la voz de Martina. ¡Vení, papi!  Cecilia pica perejil mientras la nena guarda la crema en la heladera. ¿A que no sabés que cocinamos? Y él sabe y no le alegra. Golpe bajo, eso  no se hace. Papi, ¡te olvidaste de saludarme! reclama Martina. El intento de obviar la mejilla de Cecilia se desbarata.  Besa a ambas. En diez minutos está listo informa ella aprovechá el viaje y llevate el pan. De camino al dormitorio lo intercepta Nacho. Hola, pa dice y eleva la palma de la mano para que él la choque suerte que llegaste, las mujeres no paran de hablar, me ponen de la nuca. Tras los diez minutos anunciados se sientan a comer. Martina charlando hasta por los codos; Nacho, reticente. Gustavo lo observa. Este chico está raro, piensa. Quizá Cecilia también lo nota porque permanentemente trata de involucrarlo en la conversación. ¿Cómo está el pollito, papi? pregunta la nena. Riquísimo tiene que admitir él a su pesar. Instintivamente observa el plato de Nacho: aún casi lleno.


Me voy a acostar informa Nacho levantándose de la mesa. Gustavo siente que se le para el corazón: llegó el momento de actuar. Esperá un ratito, por favor, tenemos que charlar los cuatro indica. ¿No puede ser mañana?, estoy recansado. Pobrecito, te despertaste temprano intercede Cecilia. Nacho hace una mueca. ¿De qué querés que hablemos? pregunta la nena. Mejor nos sentamos en el living propone Gustavo. Los chicos obedecen. ¿Tiene que ser hoy?, yo también estoy fundida le pregunta Cecilia en voz baja. Sí, cuanto antes mejor insiste él. Instantes después los cuatro, acomodados en los sillones, se miran en silencio. Hacela corta, pa pide Nacho con cara de fastidio. En realidad es tu madre la que tiene que hablar. Mira entonces a Cecilia. Está desencajada, los brazos cruzados sobre sí misma. Hoy no estoy en condiciones dice en voz muy baja contales vos. Gustavo pesca un rápido intercambio visual entre sus hijos, las cejas arqueadas. Luego, percibe la intensidad de los tres pares de ojos sobre él. Se queda en blanco. ¿Qué debe decirles?, ¿qué la mamá tiene un amante?, ¿qué su papá permitió por semanas que siguiera viviendo en esa casa?, ¿qué los dejó para irse a Chile con ese hombre?, ¿qué ahora él es muy macho por eso no le permite quedarse? Recuerda las palabras de Ana María. Ahora lo importante son los chicos. Mamá y papá no están pasando por un buen momento de su relación; necesitamos tomarnos un tiempo para decidir si queremos seguir estando juntos. Recién cuando percibe el dolor en las caritas de los chicos se da cuenta de que pudo hablar. Se da cuenta, también, de que obvió el verbo abandonar. ¡Por favor no se separen! pide Martina llorando. Cecilia, a su lado, la abraza. ¿Por eso te fuiste a Chile? pregunta Nacho a su madre, agresivo. No, mi amor, me mandaron del trabajo. ¿No van a estar más juntos? solloza la nena No, muñequita, no al menos por ahora aclara Gustavo. ¿Por eso dormías en el living? Nacho sigue atando cabos. admite él. ¿Y quién se va a ir? Gustavo y Cecilia cruzan las miradas. Tenemos que decidir muchas cosas, pero esta noche me voy yo dice ella. ¿Y adónde te vas a ir? Martina le ahorra a Gustavo la pregunta. A lo de los abuelos. La nena hunde la cabeza en el pecho de la madre. A Gustavo se le rompe el corazón. Pase lo que pase, siempre seguirán teniendo mamá y papá, trataremos de que sea para ustedes dos lo más fácil posible. Me voy a dormir determina Nacho levantándose. ¿Me acostás, mami? pide la nena. Cecilia la acompaña a su cuarto y Nacho se dirige al suyo. Gustavo termina de levantar la mesa. Está lavando la vajilla cuando Cecilia entra a la cocina. Gracias dice ella. ¿Por lavar los platos?, no me gusta dejarle a Juana tanto quilombo. No, gracias por no mandarme al frente con los chicos. Él cierra la canilla y se seca las manos en el repasador. No lo hice por vos explica. Gracias en nombre de los chicos, entonces dice y amaga terminar de lavar. Dejá la detiene él después sigo. ¿Después de qué? Después de que te vayas. ¿Ya me estás echando?, ¿no querés que tomemos un café?  Gustavo recuerda las palabras de Ana María; ¿la está echando? Entonces mira a Cecilia de pleno. Jean, remera ajustada, el pelo recogido. Siente una leve excitación. Su única salvación consiste en que ella se vaya.  Preferiría que te fueras. Cecilia baja levemente los hombros. Él muere por abrazarla. Se clava las uñas en la palma de la mano. A la tarde vendré a ver a los chicos informa ella avísame cuándo querés que nos encontremos. Él asiente con la cabeza. Ella se dirige al living. Él se queda parado, los ojos cerrados, los brazos caídos. Minutos después Cecilia regresa con la cartera y un bolso. Me voy informa. Se acerca y lo besa en la mejilla. Su perfume lo trastoca. Que desaparezca. Ya. Él inspira profundamente y retiene el aire. Recién cuando escucha el ruido de la puerta, exhala. Se sienta ante la mesa de la cocina y esconde la cabeza entre las manos.

miércoles, 4 de junio de 2014

120

Volvió Cecilia informa Gustavo y no hace falta que me aclare que me encontró sin ninguna posición tomada añade enojado porque ella, como siempre, había tenido razón el miércoles pasado me mandó un mail avisándome; me pasé la semana postergando las decisiones y su llegada, por supuesto, me encontró sin respuestas. Ofrece las manos, las palmas hacia arriba y añade sonriendo como verá hice todo mal. Ella le devuelve la sonrisa y aclara en realidad, parece que no hizo. Gustavo ladea la cabeza y continúa me llamó desde Ezeiza a la madrugada y me preguntó si podía venir para casa; me tomó de sorpresa y le dije que sí; charlamos primero en casa y después en un bar; me contó que les ofrecieron quedarse en Chile, que él aceptó pero que ella no, porque no puede plantearse vivir sin los chicos; la relación con el tipo en ¨standby¨ definió; me planteó quedarse en casa hasta que definiéramos qué hacer pero le dije que no; propuso irse al living pero le aclaré que ni una noche iba a tolerar ese disparate; le dije que hoy mismo teníamos que decirle a los chicos la verdad de una vez por todas. Ana María se queda en silencio, mirándolo con su famosa sonrisa. A él le da bronca. ¿Le causan gracia mis miserias?  pregunta, muy serio. Ella, sin abandonar su sonrisa, le aclara nos equivocamos ambos porque hacer, sí que hizo. Gustavo arquea las cejas. Le dejó claro a su mujer que no podía regresar a su casa como si nada hubiera pasado; y pudo sostener su posición a pesar de la insistencia de ella; no es fácil echar a alguien. Yo no la eché. Ahora es Ana María quien eleva las cejas al mirarlo. ¿Está seguro? Él repara en que sí, fue capaz de negarse. Tal vez sí la eché. La echó le confirma Ana María y el siente un alivio indescriptible. Como si en la masa fofa en que se había transformado empezaran a brotar los huesos. Creo que la eché porque sabía que si se quedaba una sola noche, yo iba a sucumbir a mi enorme deseo de abrazarla. Doblemente valiosa su actitud; si usted la hubiera recibido, imagínese cómo se sentiría ahora consigo mismo. Se instala el silencio. Gustavo quisiera quedarse así, eternamente. ¿Qué pasó con Natalia? le pregunta Ana María. No le comenté nada, cancelé el encuentro de hoy. ¿Ya no tiene ganas de verla? No es eso, en realidad me encantaría poder hablarle de Cecilia, que ella como mujer me aconsejara. ¿Y qué lo detiene? No quiero hacerle daño; de todos modos, lo que más me preocupa ahora son los chicos. ¿Cómo le explicaron a usted sus padres la separación? Él la mira, como suspendido. Mamá siempre me contó que papá nos había abandonado por otra contesta luego de unos segundos.. ¿Usted considera que su padre lo abandonó? Gustavo se queda pensando. No concluye al cabo de un rato no lo tuve tanto como lo necesité pero a mí no me abandonó. ¿Sí a su madre? ¿A qué viene este revolver mi pasado? A que me parece importante que no repita el error; sus hijos no debieran sentir que su madre los abandona ni que su padre es un hombre abandonado. Gustavo mira el reloj. Repentinamente recuerda sus propósitos. Necesito consultarle sobre mis pacientes informa. Ana María lo invita con un gesto de sus manos. 

lunes, 2 de junio de 2014

118

A las cinco y diez, cuando Gustavo ya está desahuciado,  llega Raúl. No da ninguna explicación sobre su demora. Se sienta en el diván y, como siempre, cruza la rodilla derecha sobre la izquierda, las piernas bien abiertas, y descansa ambos brazos sobre el respaldo. Sonríe. Se te ve bien comenta Gustavo luego de un rato. Estoy bien dice Raúl y calla. ¿Tu emprendimiento? intenta Gustavo. Viento en popa. El silencio se instala, espeso. Gustavo fija su mirada en la de Raúl, que vaga, errante. No sé si te acordás de que el miércoles pasado te dije que quería terminar con la terapia al fin se decide Raúl. Lo recuerdo perfectamente. Y qué, ¿no me vas a dejar ir? Yo no soy el dueño de tus decisiones contesta Gustavo. Va a continuar cuando recuerda las palabras de Ana María. Por qué hacerle pasar un mal momento. Me parece importante que te animes a sostener tu deseo agrega sé bien lo difícil que es abandonar a un analista y cuando termina de decirlo descubre su error. Ojo que yo no te estoy abandonando, no es contra vos, es a favor mío; te agradezco un montón; no sé cómo explicártelo pero esta terapia rompió una soga que me ligaba a mi viejo: me siento libre, el alivio es gigantesco. Y no querés ahora, quedar ligado a mí recoge Gustavo la tesis de Ana María. Raúl hace un gesto de sorpresa.  Se reacomoda. Es cierto reconoce recién me doy cuenta, necesito sentirme autónomo, por primera vez en mis cincuenta años. Y yo te reconozco tu derecho; sabés que, por supuesto, podés recurrir a mí en el momento en que vos sientas que lo precises. Raúl suspira. Qué bueno, no quería discutir con vos confiesa. Ya nos peleamos bastante le recuerda Gustavo. Ambos ríen. ¿Ya me tengo que levantar? Tenés tiempo hasta las seis menos diez le recuerda. Te quiero hablar de mi sobrino, Joaquín se llama anuncia Raúl. Sí, algo me comentaste. Ayer estuve charlando con él, no está bien ese chico; le sugerí que hiciera una terapia, le conté cuánto me había servido a mí; hoy me llamó y me preguntó si le podía recomendar a alguien. Gustavo se adelanta a la pregunta que se aproxima; Natalia no, sería más apropiado un varón; quizás Javier o Enrique. ¿Vos atendés adolescentes? lo sorprende Raúl. Por qué no, él dejará de ser su paciente. Gustavo asiente con la cabeza. ¿Te gustaría atenderlo? Tendríamos que tener primero una entrevista. ¿Le puedo dar tu teléfono? Instantes después Raúl se incorpora. Me voy anuncia. Ya frente a la puerta abierta Gustavo le tiende la mano. Suerte dice. Raúl, obviando la mano extendida, lo abraza.


Gustavo está desconcertado. El reloj de su vida tomó un ritmo vertiginoso. Regresó su mujer, una paciente anuncia su inminente abandono, otra ni se presenta, un tercero se despide pero le regala otro paciente. ¿Qué será de su próximo miércoles? Si no capta al sobrino de Raúl, tres horas quedarán en blanco. Sus sueños se desarman como castillos. Fue un milagro conseguir poblar desde el inicio el consultorio. ¿Tiene sentido que intente hablar con sus colegas buscando derivaciones o es mejor que acepte la derrota y le entregue a su viejo también los miércoles? La llegada de Daniela lo encuentra sin respuestas.

domingo, 1 de junio de 2014

119

Lucas tuvo un accidente informa Daniela en cuanto se sienta. ¿Qué pasó? pregunta, alarmado, Gustavo. Mordió una copa y la rompió. ¿Se lastimó mucho? Bastante, le tuvieron que suturar la lengua contesta y calla. Luego de un rato Gustavo propone. ¿Me querés contar más? Ella se cubre la cara con ambas manos. Fue espantoso; por primera vez en años fuimos a almorzar afuera con el nene, un restaurante chiquito, muy tranquilo, cerca de casa; todo marchaba bastante bien, Ariel estuvo en la vereda con el nene hasta que trajeron la comida, le pedimos papas fritas que le encantan y las puede comer con las manitos; yo le había llevado su vasito de plástico, por supuesto, pero en un segundo me sacó mi copa y la mordió; escuché el ruido y cerré los ojos; cuando los abrí la sangre le salía a borbotones; Ariel atinó a sacarle los vidrios de la boca; los del restaurante llamaron al SAME que llegó rapidísimo; Ariel le sostenía una servilleta contra la boca y las tenía que cambiar enseguida porque se empapaban; finalmente lo llevaron al Hospital de Niños, lo cosieron y ya está mejor; un par de puntos nada más, no sé cómo podía salir tanta sangre de un corte tan chico. ¿Cómo actuó Lucas? No me quiero acordar; aullaba; cuando lo bajaron de la ambulancia no lo podían controlar entre dos y ni siquiera tiene tres años; tuvieron que operarlo con anestesia general. Gustavo le sirve agua y espera que se tranquilice un poco antes de preguntarle ¿y cómo te sentiste vos? Horrible; no supe cómo enfrentar la situación, no sé qué hubiera hecho sin Ariel; si por mí hubiera sido, mi hijo habría muerto, me paralicé. Dejaste de ser un adulto comenta Gustavo. Sí, era una nena aterrorizada. Pero estaba Ariel. Sí, él lo salvó. Y te contuvo a vos. Sí, creo que nunca lo quise tanto; lo admiré, además; fuerte pero dulce; y yo no serví para nada. ¿Te escapaste corriendo? Ella lo mira con intensidad. ¡¿Qué está diciendo?!, en cuanto salió de la anestesia la única que logro tranquilizarlo fui yo; hasta se dejó abrazar. Daniela ella lo mira no gastes energía retándote porque necesitás toda la posible para seguir adelante, seguramente no es fácil el posoperatorio. ¡No!, me tomé licencia, hay que darle de comer cosas frías a cada rato para aliviarle el dolor; hace días que casi no duermo. ¿Y todavía te sentís culpable? Ella  amaga con replicar pero luego se encoge de hombros y sonríe.


Gustavo busca papel y lápiz. Tiene que consultar tantas cosas con Ana María que teme olvidarse. Anota: ¿hice bien en no retener a Laura?; ¿es conveniente que Camilo venga la semana próxima solo con la madre?; ¿tengo que llamar a María Inés?; ¿corresponde que atienda al sobrino de Raúl?; ¿supe manejar la recaída de Daniela?. Cuando concluye la lista se da cuenta de que nada de todo eso es lo importante: volvió Cecilia.