miércoles, 9 de octubre de 2013

52

María Inés, hoy de vestido ceñido violeta,  se acomoda en el sillón. Sus movimientos son lentos, elásticos. Suntuosos, determina Gustavo. Estoy muy cansada informa y se desliza en el diván. Sostiene con ambas manos la pierna flexionada.  También las botas son violetas.  La pollera trepa pero ella la acomoda. Por suerte, piensa él.  ¿Por qué estás tan cansada? le pregunta. Duermo mal informa siempre duermo mal. Hoy vamos a empezar por el final anuncia Gustavo.  Ella baja la pierna, se acomoda de lado y lo mira. No te entiendo. Por el estribo dice Gustavo y ella sonríe. Ella también sabe sonreír, tan  distinta de Ana María y sin embargo la sonrisa de alguna manera las conecta.  Gustavo decide permanecer en silencio. La sesión entera si hace falta, se promete.  Estuve pensando en tu pregunta dice ella después de un buen rato y calla.  ¿En cuál? ¿No te acordás? ella parece extrañada.  Sí, las recuerdo perfectamente, ¿a cuál de ellas te referís? inquiere él.  ¿Vos no te crees lo de la historia con la clienta, no? ¿La creés vos? repregunta él que siente que el pulso se le acelera.  Estuve releyendo la carta informa ella. ¿La trajiste? No hace falta, me la sé de memoria; tenés razón; qué es lo que él debería aceptar, cuando la leí por primera vez no reparé en eso y después no quise volver a mirarla, no pude. ¿Y cuándo pudiste? Recién hace unos días y desde entonces dejo de pensar en esa frase. ¿Qué pensaste? Mil pavadas. ¿Me contás alguna? propone Gustavo. ¿Qué es aceptarse para vos? pregunta ella. No importa lo que sea para mí, ¿qué es aceptarse, María Inés? Admitirse como uno realmente es. Gustavo asiente con la cabeza, vamos bien, piensa. Me pregunto qué es lo que le cuesta admitir a Gerardo dice María Inés. ¿Y qué te contestás? No sé dice ella. ¿No sabés o no querés saber? Ella de nuevo se incorpora. Él calla. Luego de un rato María Inés dice Gerardo es un ganador, qué es lo que podría no gustarle de sí mismo reflexiona ella, acostada de veras, no sé qué pensar. Me parece que te estás haciendo trampa dice al fin Gustavo. ¿Trampa? ¿Qué es lo que menos te gusta de Gerardo? Todo me gusta de él. Dios mío, cómo puede ser tan resistente piensa Gustavo e intenta te cambio la pregunta, ¿qué expectativas tuyas no cumple Gerardo? Solo la cama contesta ella luego de buen rato. Me llama la atención que digas solo cuando dedicamos varias sesiones al tema. Ella se sienta en el diván como impulsada por un resorte. ¿Qué es lo que debe aceptar?, ¿qué ya no le gusto? Hace un par de sesiones comentaste que desde el noviazgo sentiste que eras vos la que lo forzabas. Bueno, no exageremos, forzarlo no es la palabra. Es la que utilizaste vos. ¿Qué querés decirme?, ¿qué nunca le gusté? Tal vez sí le gustaste, sí le gustás, pero eso no implica que lo excites. ¿Y por qué me habría elegido entonces? Él calla. ¿Soy una mujer incapaz de calentar a un hombre? Sabés perfectamente que sos muy atractiva, comentaste que siempre supiste seducir a los hombres. ¿Entonces qué pasa con Gerardo? inquiere ella. Gustavo la mira con intensidad y reformula su pregunta ¿qué pasa con la sexualidad de Gerardo? ¿Estás sugiriendo que es gay? Él opta por el silencio. Ella  se tapa la cara. Es imposible, lo tendrías que ver, se parece a Banderas, todas mueren por él. María Inés se incorpora. Esto es absurdo  toma la cartera me voy. Como prefieras dice Gustavo y la acompaña hasta la puerta. Te veo el miércoles la despide.


Me salí con la mía, piensa apoyado en la puerta cerrada y en un instante su satisfacción profesional cae al piso como un vaso desde una repisa. Se hace añicos. Le faltó decirle que él se había dado cuenta desde el principio. Porque es muy inteligente. Reverendo pelotudo, piensa. Se había dado cuenta de que el tipo era gay pero no se había dado cuenta de que la mujer que compartía su propia cama se revolcaba con otro. Apoya la mano en su corazón. Percibe su taquicardia. Inspira profundamente hasta que logra apaciguarse. Mira el reloj. Ahora sí. Hola, papi le contesta Martina estoy tomando la leche con Nacho, Juanita preparó un budín de naranja que está riquísimo; sí, me fue muy bien en el colegio; ¿te paso con Nacho? ¿no?, se me enfría el Nesquik; volvé temprano que te cuento; un besito, papi, no, mejor dos. Gustavo corta sonriente. Esta nena me puede, piensa.

martes, 8 de octubre de 2013

51

El sábado es el cumple de Leo dice el chico luego de hablar un buen rato sobre su nueva tablet.  ¿Cómo lo festeja? Hace un baile. A Gustavo le duele por anticipado lo que sabe que vendrá.  Pero no voy a ir. Gustavo está obligado a hacer la inútil pregunta ¿por qué?  Camilo lo mira.  Ya sabés por qué, no preguntes boludeces. ¿Qué es lo que supones que sé? y vaya si Gustavo se siente boludo. Torpe, al menos. No puedo bailar contesta el chico por si no te diste cuenta. Pero sí podés escuchar música, sí podés conversar. Claro, a las chicas les va a encantar quedarse sentadas dándome charla. ¿Por qué no? dice Gustavo no creo que haya demasiados chicos que hablen tan bien como vos, por algo te eligieron como delegado le recuerda. Gustavo tiene un impulso. Se levanta y descuelga el espejo del pasillo. Regresa. Acerca su sillón al diván y coloca el espejo de modo que se refleje en él el rostro del chico.  ¿Qué ves? le pregunta. A mí, obvio. Olvidate que sos vos, contame qué ves. ¿Es un juego? pregunta Camilo. Supongamos que sí. El chico se observa largamente.  Es raro verse  comenta  uno nunca se mira. ¿Qué ves? insiste Gustavo.  Un chico. ¿Cómo es? Rubio, con el pelo bastante largo. ¿Los ojos? Comunes, marrones. Miralos bien. Bueno, no son marrones, marrones; son más claritos, casi amarillos, con puntitos verdes. ¿La nariz? Qué se yo, común. ¿Grande?, ¿torcida? El chico cabecea frente al espejo.  Siempre me dicen que la tengo respingada como mi mamá, es que yo me parezco mucho a mi mamá. ¿Y cómo es tu mamá? Relinda. Gustavo baja el espejo, lo apoya en el suelo.  Camilo, mirame. El chico obedece. Bailar no es la  única manera de conquistar a una chica. Sí, pero… se interrumpe.  ¿Pero qué? Ellas quieren otras cosas.  ¿Qué? Camilo calla.  ¿Qué las besen?, ¿qué las acaricien?  Camilo mira el piso, la cara roja.  ¿Pensás que vos no lo vas a podés hacer?; el problema de tu pierna ¿te impide tener una erección?, ¿te impide masturbarte? Ante la visible turbación del chico Gustavo agrega no hace falta que me contestes. Momento en que el chico levanta la vista. Camilo, vos no sos tus muletas ahora sí le dice. Quedan un rato en silencio hasta que el chico luego de mirar el reloj dice mi papá pidió que bajara cinco minutos antes busca las muletas y se incorpora. En el momento de despedirse Camilo dice me parece que voy a ir a la fiesta. La puerta ya cerrada, Gustavo sigue sonriendo.


No tengo que pensar en Cecilia, determina Gustavo, no ahora que debo seguir trabajando. Busca la ficha de María Inés. La lee con atención. Muchas puntadas sin nudo. Las preguntas del estribo, como ella misma las calificó, aun sin responderlas. Gustavo lee ¿fue una niña mirada? Guarda la ficha en el cajón del escritorio y sale al balcón. Hace frío. Un frío que lo revivifica. Acodado en la baranda ve a María Inés bajar del auto, caminar apurada la media cuadra. Hoy no se me va a escapar, determina.

50

Lo sorprende el atuendo de Laura. Jeans, zapatillas.  Veo que hoy se vino deportiva comenta, risueño ¿quiere empatizar con su hija? Cómo le gusta burlarse de mí Laura ladea la cabeza pero sabe que sí, a la salida paso por su casa y vamos a  Palermo; el médico me dijo que mi osteoporosis está avanzando, no me queda otra que caminar. Claro, María le ahorrará un personal trainer. ¿Qué quiere que le diga?, ¿qué la sesión del otro día me dejó patas para arriba?, pues no le voy a dar el gusto hace una pausa y agrega no recuerdo cuándo fue la última vez que compartimos una actividad; de chiquita le encantaba que fuéramos a andar en bicicleta pero se quejaba si llevaba a alguno de sus hermanos en el canasto; lo mismo en la pileta, no entendía que no podía nadar con ella, siempre tenía algún bebé en brazos. Quizá cuando tenga hijos pueda entenderlo comenta Gustavo. Dice que no va a tenerlos aclara ella pero no le creo. ¿Por qué desestima sus decisiones? Lo hace para mortificarme dice ella con repentina rabia en la voz sabe que es lo que más deseo en la vida, siempre hace cosas para fastidiarme. ¿Estudiar Educación Física, por ejemplo? Era buenísima en el colegio, de las primeras; no sé por qué decidió seguir justo lo que anulaba su cerebro. ¿Por qué le gustaba, quizás? Ella hace un gesto despectivo.  Laura, ¿usted cree sinceramente que María pudo dedicarse a algo que no le interesa solo para perjudicarla ?, ¿que se prive de tener un hijo para mortificarla?  Las mejillas de Laura se enrojecen. Se sirve un vaso de agua. ¿Usted cumplió con las expectativas de sus padres? arriesga Gustavo. Creo que nunca esperaron demasiado de mí, yo era el menor de sus problemas. Él duda, ¿es el momento de encarar los vínculos filiales? ¿Usted cumplió con sus propias expectativas? reformula la pregunta. Yo esperaba tanto de mí misma que es imposible que pudiera colmarlas. ¿En qué considera que falló? Todos decían que yo iba a hacer grandes cosas. ¿No era que sus padres no tenían expectativas puestas en usted?, ¿o ese todos no los incluye?  Ella cabecea. Él insiste ¿cuáles son las grandes cosas que no hizo? Laura se queda reflexionando unos segundos y luego comenta en cuanto terminé la tesis decidí que era un basta para mí; estaba por nacer Paulita, sufría cada día de mi vida en que tenía que dejarlos para ir al hospital; me planteé una pausa que terminó siendo un stop; no me arrepiento, volvería a hacerlo; tuve que dejar la ciencia para poder disfrutar a mis hijos con brutal intensidad. Qué adjetivo particular acota él. No hay nada en la vida que me haya provocado tanta plenitud como la primera infancia de mis hijos; desde el instante en que tuve a María experimenté  una profunda seguridad en mi aptitud  para ser madre; fue maravilloso comprobar que era capaz de satisfacer todos sus deseos, todas sus necesidades; fue mágico; mis bebés dormían bien, comían bien, no se enfermaban, eran precoces; si hubiera sido por mí habría tenido varios hijos más; mis hijos eran perfectos. Y ya no lo son  dice Gustavo. El gesto de Laura se endurece. Toma de nuevo agua.  Él intenta ¿y si usted no estuviera siendo demasiado ecuánime con ellos? No lo entiendo dice Laura. Considera que usted estaba habilitada para relegar su carrera en aras de hacer lo que deseaba pero que sus hijos no tienen el mismo derecho. Yo al menos estudié  se defiende ella.  Claro acota él al menos colgó un cuadrito con el título, al menos sus padres pueden decir que tienen una hija profesional la mira pero como ella calla él continúa es notable su doble discurso, por un lado crucifica a sus hijos por no haber ido a la universidad y por el otro, los crió demostrándoles que lo importante en la vida es hacer lo que uno anhela; a lo mejor sus hijos se parecen a usted más de lo que supone; ¿sabe qué?, me parece que sus hijos son muy valientes. Ella ahora lo mira, los ojos húmedos. Como su mamá concluye él. Necesito una tregua pide ella sonándose la nariz. Él sonríe.  ¿Cuándo sale el libro? pregunta luego de un rato.


En cuanto despide a Laura, Gustavo se aproxima al teléfono. Está por llamar a su casa cuando recuerda que Martina todavía está en la escuela, solo Nacho regresa temprano. Debe internalizar los horarios. Tendré que hacerme cargo de mis hijos, se dice. Lo único que no sabe es quién se va a hacer cargo de él. En los minutos que le quedan repasa la ficha de Camilo.  Es notable este pibe, piensa. 

lunes, 7 de octubre de 2013

49

Miércoles 12
Gustavo abre los ojos. Le llega el ruido del desayuno. Miércoles. El próximo miércoles Cecilia ya no estará aquí. Cuando escucha el ruido de la puerta, se levanta. No puedo con mi vida, piensa. El mensaje de ayer terminó de demolerlo, Andrés tardaría meses en recuperarse. El número de teléfono del reemplazante sugerido, duerme en el cajón de la mesita de luz. Con qué energía comenzar una nueva terapia. Se está afeitando cuando recuerda la prueba de Martina. Suerte le escribe. Gracias papi te amo contesta la nena instantes después. Debajo de la espuma de afeitar aparece una sonrisa.

Gustavo se para en la puerta y recorre el local con la mirada. Santiago le hace una seña. Él se acerca. ¿Café con leche? le consulta su amigo y ante el asentimiento de Gustavo le indica al mozo que ya se aleja otro. Gustavo se sienta. ¿Novedades? pregunta Santiago. Cecilia se va el miércoles próximo. ¿Y me lo decís así? ¿Y cómo querés que te lo diga? ¡Puteando! Ni fuerzas tengo contesta encogiéndose de hombros. ¿Cuál es el proyecto? Dos meses allí y luego a trabajar de secretaria privada en Puerto Madero. Me importa poco el plano profesional dice Santiago. Dijo que probará la relación con el tipo y que sobre la base de eso decidirá qué sucederá al regreso. ¿Quiere ver cómo la coje? Consigna del día, hacerlo sentir peor a Gustavo, a ver cómo lo consigo. Es que me saca tu sangre fría explica Santiago. Ya está, San, ya la perdí, lo que venga es anecdótico dice y le cuenta los planteos de Cecilia, reiterados una y otra vez a lo largo de la semana.  ¿Y vos qué sentís? Envidia es la primera palabra que cruza por la mente de Gustavo parece comerse la vida. ¿Qué les dijo a los chicos? Que se va a trabajar. ¿Y cómo te vas arreglar con la casa y los pendejos? Cecilia ya le pidió a Juana que venga todos los días, mi vieja y mi suegra colaborarán, supongo. ¿Cómo se lo tomaron? Martina hizo una escena, pobrecita; Nacho no dijo nada. Con el quilombo que estaba haciendo la hermana, otra no le quedaba comenta Santiago, toma un trago de café, lo mira y pregunta ¿y vos? Ya te dije, no me jodas. Se dedican a las medialunas hasta que Santiago regresa a la carga. ¿La vas a recibir si decide volver? No va a volver. No te vayas por las ramas. Gustavo llama al mozo. Tengo curso se justifica. Ojalá te sea más útil que yo comenta su amigo.  Lo único que me falta es que te hagas el mártir dice Gustavo, sonriendo y luego se acuerda ¿qué te dijo el contador?


Esta vez logra prestar atención. Mucha atención.  Abordaje sistémico de la terapia de pareja. Qué absurdo, recién ahora piensa que deberían encarar una terapia. Como dice el profesor, tanto para seguir como para separarse. No cree que ella quiera. Además, solo sería posible vía Skype, ella en Chile; él y el terapeuta acá. No sabe por qué le causa gracia. Se pone una mano en la cara para ocultar la sonrisa. Tiene todavía una semana por delante. Está tan vencido que no sabe cómo aprovecharla. Aunque ahora la prioridad es ver cómo se arregla con los chicos. Martina le parte el corazón. Esta semana lo va a llamar a Grieco. Todos ríen y no tiene la menor idea de qué. La puta otra vez se distrajo.

viernes, 4 de octubre de 2013

48

En cuanto abre la puerta,  Martina llega corriendo con un vigilante en la mano. Me lo estaba por comer pero te lo guardé dice tendiéndoselo. Él  la toma por la cintura, la eleva y la hace girar.  Dale, papi, comételo que ya vamos a cenar. Él la baja. La nena le introduce la factura en la boca. No griten que estoy hablando por teléfono dice Nacho a pasos de ellos. No te había visto se disculpa Gustavo.  Como de costumbre dice el chico y vuelve a su conversación.  Qué cagada, chabón, bueno, nos vemos mañana. Nacho corta y se mete en su habitación. Marti, poné la mesa indica Cecilia desde la cocina. Él, masticando el vigilante gomoso, se deja caer en el sillón. Caída libre, piensa mientras mira a la nena afanándose con platos y cubiertos.

Ya está la comida servida cuando aparece Nacho. ¿Averiguó Tomás cómo les fue en el trabajo práctico? pregunta Cecilia. Seis informa él sin mirarla mientras presiona el sifón. ¿Solo seis? comenta la nena. Al menos aprobó dice Cecilia. No le enseñés a conformarse con tan poco  se irrita Gustavo. Nacho se levanta de la mesa. ¡Hijo! dice Cecilia y cuando escucha el portazo se levanta  y va hacia el cuarto del chico. Están todos locos comenta Martina con la boca llena. Él siente náuseas. El vigilante no casa con la tortilla, determina.


Gustavo se ducha y se pone el piyama. Duda antes de salir del baño. No sabe qué decir. Entra al dormitorio. Vacío. Se dirige al living igual de vacío y llega a la cocina. Cecilia está sirviendo café. Cerrá dice y dispone las tazas sobre la mesita. Él se sienta. Ella, camisón, robe y chinelas, se ubica frente a él. Acá estamos dice. Sonríe y agrega perdoname por lo de esta mañana. Él la mira, arqueando las cejas. Porque me fui. Él se encoge de hombros, como si eso fuera lo importante. Está a punto de preguntarle qué piensa hacer cuando repara en que eso sería habilitarla a que considere que puede hacer lo que se le ocurra. ¿Cuáles son los límites de él? Su madre no presentó opciones, adúlteros al paredón. ¿Qué estás pensando? pregunta ella. Porque las mujeres siempre quieren saber en qué están pensando los hombres. Psicólogas sin licencia. Él no contesta y apura el café. Está rico. Caliente, dulce y fuerte. Ella sabe cómo le gusta el café. Ella sabe todo lo que a él le gusta. Hoy tuvimos reunión con la plana mayor informa, lo mira y ante su falta de reacción continúa arrancamos el veinte de este mes.  Gustavo hace cuentas, sí, hoy es cinco,  exactos quince días por delante.  ¿Te vas, entonces? Ya te dije que sí, son solo dos meses, después iré a la oficina nueva de aquí, en Puerto Madero. ¿Y los chicos?  Ella lo mira, parece sorprendida.  Si vos no querés hacerte cargo, los dejaré con mamá; ya la consulté, está dispuesta a recibirlos.  La indignación de Gustavo se desborda como la espuma de un vaso de cerveza.  Veo que ya tenés todo cuidadosamente planeado, al margen de mí, soy solo un detalle. ¡Qué tonterías decís! lo desestima ella. Hablaste con tu madre antes que conmigo, ¡¿pero qué te creés?!, ¿que somos figuritas que acomodás a tu antojo? La cara de ella se va desarmando, piensa él, caen las comisuras, la nariz se dilata, las cejas descienden.  Hago lo que puedo dice.  Lo que querés la corrige él. No sé si es lo que quiero, es lo que no puedo dejar de hacer y el temblor de su voz delata la angustia. Él siente que la espuma baja. Me mueve una fuerza que no domino; ¿sabés lo que es por una vez en la vida no tener miedo?; estoy dispuesta a tirarme de cabeza desde el trampolín. ¿A costa de nosotros tres? Ya no podía quererlos bien, Gustavo, quizá salvarme sea la única manera en que puedo preservar el amor que les tengo. Que nos tuviste. Que les tengo, son parte de mí. ¿A quién incluye tu plural? A los chicos y a vos. ¿Así que me querés? él proyecta el labio inferior hacia adelante extraña manera de demostrármelo.  Ella agita la cabeza, los cabellos le cruzan la cara.  Necesito irme primero por el trabajo, al que no estoy dispuesta a renunciar dice y luego calla.  ¿Y segundo?  A partir de este momento de mi vida no estoy dispuesta a renunciar a ninguna pasión; pocas veces el destino nos ofrece la oportunidad de sentirnos demencialmente vivos y es un delito dejarlos pasar; siempre midiendo los pasos, los actos, la plata, los tiempos, las cuotas; el maldito fantasma de la seguridad, si me porto bien, si hago todos los deberes, nada malo podrá sucederme; nada más que enmohecerme en el intento; quién tiene comprada la vida, en qué momento pasamos al otro lado mientras los sueños siguen postergados hasta que baje la inflación, hasta que suban las propiedades, hasta que los chicos crezcan. Él ya no resiste y la interrumpe veo que estás decidida a resignarlos. Yo nunca los voy a abandonar, pero tampoco me voy a inmolar por ellos. ¿Cuáles son tus planes? Me voy a Chile, me sumerjo por dos meses en mi trabajo y pruebo qué ocurre con mi relación con Jorge; si funciona, adelante con los faroles, sino, al menos lo intenté.  Gustavo no puede creer lo que está escuchando, la que está escuchando. ¿Dónde estaba metida esta mujer? Puede percibir la tensión en cada músculo de ella. Vibra. Se siente viejo de repente. Gastado, seco. Casi mineral. Aunque un agónico dolor surge de sus entrañas y lo redime, devolviéndolo al reino de los humanos.  ¿Y si la relación no resulta pensás que aquí estaremos ansiosos por darte la bienvenida? Sé que los chicos estarán, pase lo que pase siempre seguiré siendo su madre; no necesito contártelo a vos, mirá la relación que tenés con tu papá. ¿Y yo?  pregunta él, agitado  veo que ni figuro en el reparto. Ya no éramos una pareja, Gustavo, dos buenos amigos, dos excelentes hermanos. Él siente una patada directa a los testículos. Necesita ser brutal. ¿Dos hermanos que cojen un par de veces por semana? Eso es fisiológico, Gus; de nuestro sexo rutinario a la pasión que teníamos los primeros tiempos hay más distancia que de aquí a la Luna; no voy a resignarme a los treinta  y cuatro años; voy a jugarme y si  sale mal, será cuestión de volver a empezar. No te reconozco. Pues deberías hacerlo, ya una vez me viste así. Él la mira con sorpresa,  ¿Cuándo?  balbucea.  Cuando quedé embarazada de Nacho. El techo termina de aplastarlo. Las deudas no perimen. Daniela. Ana María.

miércoles, 2 de octubre de 2013

46

Le hice caso dice Daniela. Gustavo sonríe ¿desde cuándo doy órdenes? El jueves pasado fui a Ramsay; el trámite ya está iniciado. ¿Fuiste con Ariel? No quiso acompañarme contesta bajando la cabeza. O no pudo aclara él. Ella se encoge de hombros. ¿Cómo te sentiste? Aliviada. ¿Aliviada? Basta  ya de tapar las cosas, de cerrar los ojos lo mira, casi sin pestañear mi hijo es autista y usted tiene razón, si no puedo decirlo no lo voy a poder ayudar; es mi hijo, lo amo, no lo cambiaría por otro y voy a luchar con todas mis fuerzas para sacarlo adelante. Gustavo quisiera levantarse y abrazarla.  Te felicito dice sos la mamá que tu hijo necesita. Me sirvió ver a tantas mujeres que están en la misma que yo, porque había algunos padres pero casi todas eran mujeres, mujeres con sus chicos, pobres, algunas ricas, cómo nivela el dolor; charlé con varias mientras esperaba por horas;  no será el grupo de apoyo que nos sugirió Álvarez Campos, pero le aseguro que la espera me fue útil, no soy la única, ni siquiera soy la que está peor; una mujer me contó que el marido la dejó cuando supo que la nena era Down,  y ella estaba ahí, sola, pero estaba ahí. A Gustavo le duele recordarle vos también estabas sola. Ella se queda mirándolo. ¿Le transmitiste a Ariel todo esto que me estás contando?  Daniela sacude la cabeza y dice no lo necesito. ¿Tan segura estás? Soy capaz de ocuparme sola de mi hijo. Del hijo de ambos. Él no lo quiere afirma ella.  ¿No lo quiere porque es autista? Él no quería que naciera confiesa. Gustavo experimenta una extraña conmoción.  ¿Por qué? pregunta, sobreponiéndose. Recién nos habíamos casado; además a él nunca le gustaron los chicos, menos todavía los varones. ¿Por qué te embarazaste, entonces? Ella lo mira, sorprendida. La culpa fue de él. ¿Cómo ocurrió?  Daniela se toma unos minutos antes de contestar  yo le había avisado que iba a suspender las pastillas; si era él quien no quería tener hijos no me parecía justo tener que seguir intoxicándome yo. ¿Y él qué opinó? Se enojó, claro, odia los preservativos; optó por acabar afuera. ¿Entonces? Un día no pudo. Siempre podía y un día no pudo comenta él mirándola de pleno. No quiero seguir hablando del tema dice ella ya para qué. Gustavo se sirve un vaso de agua, le ofrece pero ella niega con la cabeza.  O sea que él tuvo la culpa porque no logró controlarse, hombre de poco control  retoma Gustavo. No, Ariel es demasiado controlado, en todo. Daniela ella lo mira ¿qué fue lo que pasó? Ahora sí ella se sirve agua y bebe con lentitud.  Luego deposita el vaso sobre la mesita y dice yo lo trabé con las piernas. ¿Porque querías que te hiciera un hijo? Creo que nunca me perdonará dice ella, agarrándose la cabeza. En consecuencia, la responsabilidad  del embarazo no fue de él, sí la del sexo, si no recuerdo mal las leyes de la genética;  Daniela ella lo mira  la culpa del autismo no es de ninguno de los dos, son cuadros que ocurren. ¡Pero él no lo quiere! Daniela llora. Se abraza a sí misma y llora. Él puede escuchar su congoja. Daniela, vamos a tener que dejar decide. Ella toma un pañuelo de la caja,  se limpia los ojos y se levanta. Antes de cerrar la puerta él le oprime el brazo. Ella sonríe, con infinita tristeza, piensa él, y gira hacia el ascensor.

Gustavo, sentado en Sigi,  pide un café y saca las fichas. Apunta con precisión todo lo ocurrido. Interrumpe su tarea y busca el celular.  ¿Me guardaste una factura? le escribe a Martina.  Estaban demasiado ricas contesta la nena perdón papi. Él sonríe, su hija siempre lo hace reír. Está en la ficha de Daniela cuando piensa que a Nacho no le escribe. No le escribo ni lo llamo, descubre.

martes, 1 de octubre de 2013

45

Raúl habla sobre su trabajo con entusiasmo.  Cuando está promediando la sesión, Gustavo comenta pensé que quizás no vendrías. Raúl lo mira con sorpresa si te dije que otro día te contaba. ¿Qué? inquiere Gustavo. Raúl se tira sobre el respaldo del diván, levanta los brazos, los cruza tras la nuca. ¿Cómo fue tu primera vez? pregunta.  A lo mejor tenés ganas de hablar sobre la tuya. La vista de Raúl se pierde en el ventanal.  El día en que cumplí quince años mi viejo, para mi sorpresa, me invitó al cine y después a cenar; cuando estábamos comiendo el postre, un panqueque, me acuerdo bien, me preguntó si ya había debutado, así me lo dijo; yo me puse colorado y negué con la cabeza; él  me preguntó si al menos le había dado un beso a la que era entonces mi noviecita; cuando le dije que sí, me preguntó ¨¿le tocaste las tetas?¨ ,  ¨no se deja¨, le contesté yo, él se rió y dijo ¨esto hay que solucionarlo¨, mientras llamaba al mozo. Raúl se interrumpe y pregunta  ¿te aburre?  Continuá,  por favor Gustavo hace un gesto, alentándolo. Raúl entrecierra los ojos y sigue  salimos, subimos a un taxi y cuando le pregunté a dónde íbamos me contestó que era una sorpresa; bajamos en un edificio de departamentos; tocó el portero eléctrico y subimos en silencio; nos abrió una mujer joven, muy pintada, con ropa apretada ; ¨ aquí te traigo a mi pichón, te lo recomiendo¨,  le encargo papá; ella se rió y le dijo ¨quedate tranquilo, te lo dejo como nuevo; volvé en una hora¨; papá se fue y yo me quedé con la mina,  temblando; ella se desnudó, rajaba la tierra, y me puso en bolas; me sobó por todos lados pero no se me paraba; a mí, que la tenía siempre al palo y que me pasaba el día haciéndome pajas, no se me paró: lo peor era saber que se lo iba a contar a mi papá Raúl se cubre los ojos con las manos cuando me vino a buscar yo bajé solo; me preguntó cómo me había ido y yo le contesté que no quería hablar; él se rió se tironea de la barba, tanto que la boca se le deforma creo que ahí empecé a odiarlo. Lamento mucho que se nos haya acabado el tiempo informa  Gustavo es valiosísimo lo que acabás de contar. ¿Me querés creer que siempre  tengo miedo de que no se me pare? Raúl se incorpora  se me para pero siempre tengo miedo de que no. Camina, con la cabeza gacha, hasta la puerta.  ¿Estás bien? lo despide Gustavo.  A veces preguntás cada boludez  dice Raúl antes de darle la espalda.


Mientras disca, Gustavo se dice que solo quiere hablar con la nena. Hola, papi atiende Martina sí, estoy rebien.  ¿Cómo te fue en la escuela? Aburrida, como siempre.  Gustavo deja de sonreír cuando la nena dice corto porque estoy tomando la leche con mamá, trajo facturas y Nacho no está así que puedo elegir las mejores.  Él se da cuenta de que le jode. Su hija está disfrutando al merendar con su mamá y a él le jode.  Lo asombra ser tan mezquino.