viernes, 29 de agosto de 2014

183

Camilo llega con bermudas. Mientras avanza hacia el consultorio, Gustavo, desde atrás observa las cicatrices. Hoy es la última vez, anuncia el chico no más sentarse. Sí, hasta febrero lo corrige él. ¿Cuándo tiempo tengo que seguir viniendo? Gustavo reflexiona. Está decidido a que sus pacientes conserven la libertad. ¿No querés venir más? pregunta. No, no es eso, solo por saber. Seguiremos trabajando en tanto vos desees y yo considere que hay algo que yo pueda seguir aportándote. Tenemos para rato, entonces. ¿Por qué lo suponés? Conocí a mi hermanita cuenta el chico. Cierto recuerda Gustavo el fin de semana; ¿y cómo resultó? Un lío; en cuanto vio a la nena, Luciana se encaprichó en alzarla, Azul se puso a llorar a los gritos, papá la retó a Lu y, para rematarla, Toby se pilló; la única que conservó la calma fue mamá, primero lo cambió a Toby y después agarró a la nena se la llevó a un lugar tranquilo y media hora después la devolvió recontenta, con una galletita en la mano y un oso en la otra; Lu estaba enojada con papá y ya no le prestó atención a la nena; Toby se fue a dormir la siesta y así terminó todo; tendrías que haber estado vos agrega Camilo, sonriendo. Todavía no me contaste lo más importante comenta Gustavo, complacido. ¿Qué? pregunta el chico, los ojos muy abiertos. ¿Cómo te sentiste vos en medio de ese caos? Camilo se queda reflexionando un largo rato. Me causó gracia contesta. ¿Gracia? inquiere Gustavo, sorprendido. Sí, en las familias con muchos chicos siempre hay lío; eso, parecíamos una familia explica con una sonrisa. Eran una familia lo corrige Gustavo. Me dio lástima cuando papá se la llevó, no sé cuándo la veremos de nuevo; ¿sabés que es lo que me dejó más tranquilo? Gustavo hace un gesto alentándolo a continuar. Me di cuenta de que mi mamá la quiere a la beba, porque si no la quisiera estaríamos todos en el horno, empezando por papá; pero mi mamá, vos ya la conociste, es lo más. ¿Tuviste a Azul en brazos? ¡No!, ¿para que se pusiera a llorar?, hay que darle tiempo, como dice mamá, yo me fui al cuarto de Toby y le leí un cuentito, él sí que me dio lástima. ¿Por qué? pregunta Gustavo. Se tiene que bancar que ya no es el más chiquito. Vos sí que tenés experiencia al respecto acota Gustavo. Y, sí, ¡tres monos después que yo! exclama el chico, busca un chiclet en su bolsillo y masca. ¿Cómo pasaron Navidad? pregunta Gustavo eludiendo abordar temas nuevos. Bien, en lo de mis abuelos. ¿Maternos o paternos? De mi mamá, mi otra abuela se murió poco antes del accidente y mi abuelo hace mucho; lo único que me alegra de que se haya muerto mi abuela, es de que no llegó a verme así hace un gesto señalando las piernas ella me quería mucho; ¿te imaginás haber sufrido por mi accidente para morirse enseguida?, una boludez; me acuerdo bien el último día que estuve con ella, jugamos a la canasta; ninguno de mis amigos sabe jugar, es juego de viejas, parece, pero a mí me encantaba; no tuve tiempo de llorar a la abuela porque después me tocó a mí; recién ahora lo pienso, pobre papá, y encima con mamá en Estados Unidos cuidando a mi tía; mal año para los Castillo. Por suerte ya pasó le recuerda Gustavo, conmovido por la madurez del chico. Sí, porque rengo y todo, estoy vivo y tan, tan mal no me va; ¿querés que te cuente de Sofía? pregunta, pícaro. Desde las vísceras, Gustavo sonríe.



Mientras se prepara un té, vibra su celular. Cecilia. Abre, alarmado. ¿Cómo te fue con tu padre? lee. En solo seis palabras, la confirmación de la cotidianeidad reinstalada. Me propuso que trabaje solo por las mañanas. A la noche te cuento escribe. Y en la certeza de que podrá compartirlo con ella le provoca una tibieza en el alma ajena al té que bebe a sorbos. Al menos por ahora, trata de protegerse. Solo falta que los análisis de Martina de mañana, la libren de otra diálisis, para poder terminar bien el 2012. Qué año imposible de olvidar. En lo bueno y en lo malo. Como todos los años, en realidad. Mes a mes, semana a semana, tejiendo la trama de la vida. De eso se trata, piensa, mientras se apresta a recibir a María Inés.

jueves, 28 de agosto de 2014

182

Lo impacta el aspecto de Mariana. Está sumamente arreglada. Pollera corta, tacos altos. Se ubican. ¿Empezaste a trabajar? averigua. ¿Por qué me lo preguntás? Por tu atuendo. No, solo necesité comprobar que seguía siendo la de antes. ¿Y qué te pasó cuando te viste? Ella cabecea. Más allá de que tuve que luchar para subirme el cierre de la pollera, no luzco igual. ¿Qué percibís como diferente? Perdí presencia. Es muy interesante lo que decís, tratá de explicarme. Ella se queda reflexionando. Antes de salir a la calle siempre me miraba en el espejo; y comprobaba, una y otra vez, que era capaz de conseguir lo que quisiera, desde un trabajo hasta un amante; salía dispuesta a ganar. ¿Y qué te devolvió el espejo hoy? Nada, no soy nada, ya no tengo la llama en los ojos; varias veces me dijeron que era muy difícil sostenerme la mirada. Es decir que no saliste en plan de combate comenta Gustavo y ella lo mira elevando levemente el mentón. Te pusiste el uniforme pero solo el uniforme. No te entiendo. Ya no sos un soldado. Cómo te gusta alardear con eso. ¿Alardear? ¡Tu gran descubrimiento! Tu gran descubrimiento. Ella se endereza y adelanta el torso hacia adelante. ¿No será que en tu mirada se filtra la blandura que te exige Benicio? Ella hace una mueca despectiva. Luego de un rato comenta hice lo deberes. Gustavo la mira, sorprendido. No te entiendo dice. El miércoles pasado, cuando fui a buscar al nene, por primera vez me lo encontré plácidamente dormido; mamá me ofreció un café; cuando estábamos las dos frente a la mesa de la cocina le pregunté por mi nacimiento; me dijo que yo había nacido de parto normal, con tres kilos y medio, que me había amamantado hasta el año y medio, que por eso se había puesto mal cuando yo decidí no darle el pecho a Benicio, pero que ella no tenía derecho a exigirme nada; noté que las manos le temblaban; le pregunté por qué pensaba eso; ella me miró, estaba desencajada; ¨yo no pude ser una buena madre¨, me dijo; y cuando yo me disponía a insistir se despertó Benicio, le tuve que dar la mamadera y después llegó mi papá; decidí concederle una tregua por Navidad pero ayer la llamé y le pedí que viniera a casa a quedarse un rato con el nene; en cuanto llegó le dije a mi empleada que lo sacara a pasear en cochecito; mamá no entendía nada; entonces le expliqué que necesitaba que charláramos tranquilas; le pregunté por qué no me había querido cuando era chiquita y se puso como loca, me dijo que me adoraba entonces le empecé a gritar y le reclamé que no entendía como una madre podía abandonar a una nena de pocos años; se levantó y buscó la cartera pero la agarré de un brazo y la empujé sobre el sillón; ¿sabe por qué mi mamá no venía a verme? Mariana esboza una extraña sonrisa  porque estaba en la cárcel; después de que la torturé otro buen rato terminó contándome que el día del aniversario de casamiento le quiso dar una sorpresa a mi papá, me dejó con mi abuela y se le apareció cerca de las ocho en el consultorio para invitarlo a cenar; cuando llegó abrió con su llave; escuchó ruidos raros; la puerta del consultorio estaba entreabierta; se asomó y descubrió a mi padre en el piso teniendo relaciones con una mujer; salió dando un portazo y se subió al auto; escapó manejando como loca, sin encender las luces, ya estaba oscuro; atropelló a una mujer y la mató; lo peor es que, como no se dio cuenta, ni se detuvo; le dieron un año de prisión; cuando salió estaba desquiciada y la internaron otro año en un psiquiátrico, entraba y salía con depresiones severas; recién cuando yo tenía diez años estuvo en condiciones de venir a Buenos Aires; en cuanto ocurrió todo, papá se vino conmigo para acá porque, como se imaginará; en Trenque Lauquen fue un escándalo; entonces llegó la chica con Benicio, tuve que darle de comer y mamá aprovechó la volada para desaparecer lo mira con intensidad ¿a vos te parece que es un buen momento para que te tomes vacaciones? No contesta Gustavo obligándose a ser sincero, conmocionado por el relato el miércoles te espero a la hora de siempre. Ella se endereza en el asiento me parece bien pero ahora me voy, estoy un poco mareada, me debe de haber bajado la presión. ¿Querés que te prepare un té?, ¿algo dulce? ofrece él. Gracias, prefiero irme. ¿Seguro que estás bien? Sí, no te preocupes. En el momento de despedirla Gustavo pide mándame un mensajito cuando llegues a tu casa. Ella lo mira y le da otro beso en la mejilla.


Gustavo  está desconcertado. Le sorprende que en tan poco tiempo de tratamiento haya podido ocasionar tamaño movimiento del tablero. ¿Para bien? Porque Mariana la está pasando mal, muy mal.  Seguir atendiéndola es lo menos que puede hacer por ella ahora que la hizo descender hasta el abismo. ¿Qué si reconsiderara las vacaciones con el resto de los pacientes? Recuerda la propuesta de su padre. ¿Será posible que el próximo año pueda atender todos los días? ¿Será capaz de conseguir más pacientes?, ¿de sostener los que tiene?  De pronto siente hambre, claro, no desayunó. Abre la heladera y come un trozo de queso.

miércoles, 27 de agosto de 2014

181

Buenos días lo saluda su padre te pedí que vinieras porque quiero arreglar con vos unas cuantas cosas y, con los feriados, solo nos quedan un par de días. Se enfrascan en clientes, pagos y facturas. Al final no me diste tu opinión con respecto a mi proyecto de sumar otro día al consultorio se atreve a plantear, de pronto, Gustavo. Creí que te habías olvidado sonríe el padre pero luego, serio comenta estuve pensando en el tema porque yo te preciso acá todos los días; ya se me complican demasiado los miércoles; se me ocurrió que es mejor opción que vengas todos los días por las mañanas, que son más complicadas, hasta que termina el turno de las 13; por supuesto que ajustando el sueldo proporcionalmente, porque voy a tener que tomar a alguien, claro, que ejecute lo que vos le dejes indicado; ya no tengo fuerzas para hacerme cargo de todo. Gustavo, azorado, descubre dos cosas: que es imprescindible en la fábrica y que su padre se está poniendo viejo. Me parece una excelente idea, porque, además, el grueso de los pacientes se concentran por la tarde; en febrero me encargaré de organizar todo de modo de poder arrancar en marzo. Se te ve entusiasmado comenta el padre cómo me gustaría verte así con la fábrica; porque siempre trabajaste con mucha eficiencia pero nunca con pasión saca un pañuelo del bolsillo del saco y se seca la frente aunque en realidad, a mí me pasó lo mismo Gustavo lo observa, conteniendo la respiración recién la fábrica se me metió en la sangre cuando murió tu abuelo. A Gustavo le sale del alma no te vayas a morir, viejo, porque esta fábrica desaparecería con vos. El padre, cabecea, y dice estoy seguro de que no, esta fábrica le dio de comer a mi abuelo, a mi padre, a mí y a vos; ¿por qué privarlos a mis nietos y a los hijos de mis nietos? Gustavo repara en que es demasiado fuerte el mandato. No puedo prometértelo, papá, espero que mis hijos puedan, desde un principio, trabajar en lo que les guste. El padre sonríe. Tendré que captarlo a Nacho dice ese pibe es una luz para los negocios, me di cuenta, desde que era chiquito, por las cosas que me pregunta cada vez que viene a la fábrica,. Gustavo descubre que hay muchas cosas que ignora de su padre y de su hijo. ¿Me conozco a mí mismo?, se plantea.

martes, 26 de agosto de 2014

180

Miércoles 26 de diciembre
Gustavo, adormilado, palpa la cama. Se incorpora bruscamente. Nueve y cuarenta y cinco en su reloj. Se levanta de un salto. Quedó a las diez con Santiago. No se siente bien. Recuerda el vithel toné, la sidra y el pan dulce y se incrementan sus naúseas. Va hasta el baño y toma un digestivo. En la cocina lo recibe Juana. ¿cómo pasó la nochebuena? pregunta él. Tranquila, en casa con mi marido y los chicos, no es noche para trasladarse; ayer almorzamos en lo de mi madre; ¿le preparo un café? No, ya salgo, cualquier cosa me llaman  indica él.


¡Feliz navidad! lo recibe Santiago, en la mesa contra la ventana. Van Gogh está extrañamente vacío, dada la hora. Gustavo se sienta, bostezando. ¿Resaca? Le pregunta su amigo. Indigestión, solo un par de copas de sidra. Yo me tomé todo; pasé la nochebuena en la casa de Marisa. ¿Cómo te fue? De diez; son cuatro hermanos y quichicientos sobrinos. Te veo mal comenta Gustavo. ¿Por qué? Hasta que Marisa no te encaje media docena de críos no parará. Ambos ríen. La vieja se puso furiosa continúa Santiago primera Nochebuena sin su hijito; compensé dedicándoles todo el 25, sin Marisa, obvio, para calmar las aguas ríe ¿y vos? Nochebuena pasamos en lo de mi madre; el 25 almorzamos en lo de mi viejo y  cenamos con la familia de Cecilia. ¿Cómo es eso? inquiere Santiago con el ceño fruncido. Estás muy atrasado de noticias dice Gustavo girando para llamar al mozo esperá que me pido algo. Dale, largá, no te hagas el interesante reclama Santiago cuando llega el té. Sabés que Cecilia se estaba quedando en casa por pedido de la nena. Sí, pero el miércoles pasado me dijiste que era la última noche. Gustavo baja la vista. No me digas nada, soy capaz de adivinarlo, para festejar que era la última noche terminaron durmiendo en la misma cama. Gustavo calla. ¿Acerté? y como Gustavo no reacciona Santiago agrega estaba cantado, en esas circunstancias solo era cuestión de tiempo; ¿sigo adivinando o me contás? Vos todo lo trivializás dice Gustavo, irritado. ¿Querés que traiga unos violines así todo suena más romántico? Gustavo amaga con levantarse. Santiago lo retiene con una mano sobre el brazo. ¡Qué poco sentido del humor!, tu problema es que te tomás la vida demasiado en serio. Y el tuyo que seguís boludeando a los treinta y cinco años. Quedate tranquilo, Marisa ya me echó el lazo, pero ¡quién me quita lo bailado!  Gustavo, a su pesar, termina sonriendo. Lo vamos a intentar, Santiago, los chicos se lo merecen; todo es muy raro, ¿me querés creer que ninguno de los dos preguntó por qué Cecilia no seguía durmiendo en el living?; todavía no hablamos con ellos, ni siquiera hablamos demasiado entre nosotros, nos estamos dejando llevar; veremos cómo resulta. Santiago levanta el vasito con agua y lo choca con el de Gustavo. Brindo por los cuatro, pero sobre todo brindo por vos; Cecilia no es mujer para perderla; además, qué otra va a bancar que yo sea tu amigo del alma. Gustavo le empuja el hombro hacia atrás. Mirá que sos pelotudo dice.  Ambos ríen.

lunes, 25 de agosto de 2014

179

Gustavo, la llave en la mano, se detiene. Apoya la oreja en la puerta. Ningún ruido. Abre con delicadeza. Solo está encendida la luz del pasillo. El sillón del living está con las sábanas puestas, prolijamente estiradas. Le queda claro que Cecilia todavía no se acostó. ¿Habrá pasado algo con la nena? Intentando no hacer ruido se dirige hacia los dormitorios. La puerta del de Nacho, como siempre, cerrada. La de la nena, entornada. Se asoma. Martina duerme profundamente. El baño está cerrado. Seguro que está ella, decide. Más tranquilo va hasta su cuarto, abre y entra. Dejaron la luz encendida, es su primer pensamiento. Hasta que descubre a Cecilia, envuelta en una toalla, frente al placar abierto de par en par. No encuentro el camisón, Juana lo debe haber guardado se justifica ella. Gira bruscamente y la toalla se le engancha y cae al suelo. Queda, desnuda, frente a él. Ella se agacha para recogerla. Él solo alcanza a pensar que debe evitarlo. Avanza y pisa la toalla. Ella, entonces, la suelta, se incorpora y, los brazos bajos, la boca entreabierta, lo mira. Él la abraza.

viernes, 22 de agosto de 2014

178

¿Por qué estás acá? le pregunta su madre mientras sirve el arroz con leche. Gustavo inspira hondo. Era obvio que la cena no le saldría gratis. Me imagino que no es porque tenías ganas de verme. No empieces, mamá. ¿Cómo están las cosas con Cecilia? Ya te dije, estamos distanciados. Pero Cecilia se está quedando en tu casa. Parece que no conocieras el estado de Martina. A Martina la conozco, sí, pero a vos te conozco mejor. Basta, mamá, siempre te la arreglás para arruinar todo. Claro, porque fui yo la que alejó a Cecilia. Dejá de decir disparates. Es que vos no comprendés a las mujeres. Gustavo se incorpora y deja la servilleta sobre la mesa. Mejor me voy. Qué raro yéndote, vos, parece que no supieras hablar, no entiendo cómo te la arreglas con tus pacientes. Él agarra sus cosas y se dirige hacia la puerta. Esperá dice ella mientras va hacia la cocina te preparo un poco de arroz para los chicos; les encanta.

jueves, 21 de agosto de 2014

177

No sé qué me pasa le cuenta Gustavo a Ana María espero que no sea una crisis de ansiedad. Cuénteme qué siente. De libro: taquicardia, dificultad para respirar, dolor en el pecho. ¿En qué momento comenzó? Esta tarde, en el consultorio. ¿Cuándo estaba atendiendo? Gustavo se queda pensando. No, en los intervalos. No parece tener relación, entonces, con los pacientes. No, a pesar de que estaba un poco inquieto por tener que plantear el tema de las vacaciones, me sentí muy bien atendiendo. ¿Está preocupado por su hija? Eso, siempre, pero ya está mucho mejor. ¿La fábrica? Hoy tuve una conversación con mi padre a raíz de las vacaciones, pero terminé comentándole que estaba pensando añadir otro día de consultorio el año próximo. Un paso importante, lo felicito comenta ella, un pulgar apenas levantado y luego, ya seria, añade ¿eso lo puso ansioso? No responde él, y lo tiene muy claro no es eso. ¿Qué pasó hoy? Ya le dije, la charla con mi padre. ¿Hay algo que esté por pasar?  A Gustavo se le cae el mundo encima. Si seré pelotudo, piensa. Chasquéa. Es la última noche que Cecilia duerme en casa informa. ¿Desde cuándo? Una semana; hubo mucha presión de la nena, pero hoy al desayuno Cecilia me avisó que mañana empieza a trabajar y que se va, por ahora a lo de los viejos, más adelante alquilará un departamento. ¿Tiene ganas de que eso suceda? Él se toma su tiempo para contestar. Sí y no; por breves momentos, los cuatro alrededor de la mesa, puedo fantasear que todo es como antes pero cuando se apagan las luces y mi cama está vacía y sé que ella, sin embargo, respira bajo mi mismo techo, me atrapa una mezcla de bronca y de angustia que me tiene dando interminables vueltas hasta que logro dormirme al amanecer para tener que despertarme pocas horas después para ir a la fábrica y encontrarlo a mi papá; no la estoy pasando bien, Ana María, se lo aseguro. ¿Qué siente por ella? Gustavo busca el respaldo y se apoya. No puedo precisarlo pero indiferencia, obviamente, no. Ana María lo mira como si pudiera atravesarlo. ¿Le ha dicho Cecilia si se va ir a vivir acompañada? No, parece ser que cortó la relación con el tipo. Qué raro que usted no me lo haya comentado antes. Me lo dijo esta mañana, todavía no tuve tiempo de procesar el asunto. Sin embargo, estuvo ansioso toda la tarde. Es cierto admite él. Ella mira el reloj. Ahora tiene tiempo indica. Él se echa el cabello hacia atrás y  permanece con los codos en alto. Este dato no cambia la historia: si no es con él, será con otro; ella ya no me ama. ¿Y usted? Ya sé que es un absurdo pero recurrente, siento que la enfermedad es un manejo de Martina, y me da rabia contra ella; yo había podido reparar mi vida, estaba bien con los chicos, con Natalia; ahora todo voló por el aire. Gustavo, no está contestando la pregunta, ¿qué siente por Cecilia? Él se restriega los ojos, luego, mirándola de frente admite no fui yo quien se bajó del barco. ¿Estaría dispuesto a subirse nuevamente? Él se fastidia. No insista, Ana María, me hace daño; ya nada depende de mí si es que alguna vez dependió. Veo que ha vuelto a uno de sus argumentos favoritos: las cosas le suceden sin su injerencia, por lo tanto, no es responsable de las mismas; tuvo un hijo por culpa de Cecilia, postergó su profesión por culpa de Nacho, trabaja con su padre por culpa de su familia, se separó por culpa de Cecilia, se alejó de Natalia por culpa de la enfermedad de su hija, Cecilia está en su casa por culpa de Martina y así interminablemente. Él recibe el impacto. Cascadas de ladrillos cayendo sobre su cabeza. ¿Dónde estaba usted mientras le pasaban esas cosas? Tarda mucho en reponerse. Puede ser admite, avergonzado. Creo que llegó la hora de que se asuma como protagonista; piénselo y lo charlamos la próxima. Gustavo está por incorporarse cuando recuerda el tema. ¿Cuándo se toma vacaciones? pregunta. Unos días a fines de febrero contesta ella. Qué bueno, entonces podremos seguir trabajando comenta él, aliviado.

Subirse al auto es recuperar  la opresión en el pecho. No me esperen a comer le escribe a Cecilia. En cuanto envía el mensaje, llega el alivio. No está en condiciones de parodiar la última cena. Las manos en el volante no sabe adónde ir. Con Santiago se encontró a la mañana; Natalia, imposible. Descubre, entonces, que no tiene muchas otras opciones. Estoy solo, piensa. Momento en el que suena su celular. El portero acaba de traerme los impuestos del terreno, vencen mañana le informa su madre. Él se toma unos segundos.  para reflexionar. No te preocupes, yo me encargo, paso a buscarlos ahora, ¿ya cenaste?