viernes, 22 de noviembre de 2013

83

Camilo llega, se acomoda en el diván y calla. Luego de un rato Gustavo le pregunta. ¿Hay algo que me quieras contar? El chico niega con la cabeza. ¿Lograste que te llevaran a reunirte con Sofía? Sí, pero mi mamá se quedó charlando con la madre; un bajón. ¿Vos le pediste que se fuera? ¿Delante de todos le iba a pedir?, se tendría que haber dado cuenta sola, es grande, ¿no? ¿Se tendría que haber dado cuenta de que vos sos grande? le aclara Gustavo. ¡Obvio!, me trata como si tuviera diez años; Camilito de aquí, Camilito de allá; parece tarada.  ¿Con tu mamá también estás enojado? ¡No me los banco!, ¡no los aguanto más!  Camilo aprieta los puños cerrados. ¿Solo porque no pueden ver que ya creciste?  Camilo lo mira fijo, en absoluto silencio durante un largo rato y luego saca el celular del bolsillo. ¿Estás esperando una llamada? El chico niega con la cabeza y lo guarda. ¿Pasó algo? arriesga Gustavo. La otra noche los escuché discutir informa y calla. ¿Me querés contar? Camilo se encoge de hombros pero después de unos segundos dice oía las voces pero no entendía lo que decían; en un momento mi mamá empezó a llorar, entonces agarré un vaso y lo apoyé en la pared; me pareció escuchar que ella decía: ¨en algún momento se lo vas a tener que decir a los chicos¨. ¿Te pareció?  Camilo, sin mirarlo, reconoce no, lo escuché muy bien. Como el chico permanece en silencio Gustavo inquiere ¿y después? Se ve que mi hermanito también  oyó algo porque empezó a llorar, mamá lo fue a ver y así se acabó todo.  ¿Y qué se te ocurre que tendría que contarles tu papá? ¡Ni idea! ¿Pensás preguntárselo? ¡Para qué!, todavía no conseguí que me diga por qué llegó tarde; a mí no me lo va a decir nunca. ¿Y a quién pensás que podría decírselo?  Camilo calla.  Creo que hay muchas cosas que estás necesitando hablar con tus padres y que no encontrás la manera. El chico asiente con la cabeza. ¿Llegó el momento?, se pregunta Gustavo.  ¿Te parece que los invitemos a tus papás, a ver si aquí te resulta más fácil conversar con ellos? Camilo apoya la nuca sobre sus brazos cruzados, mira por la ventana. Después de unos cuantos minutos dice puede ser.


Gustavo busca el celular. Camilo aceptó invitar a sus padres  le escribe a Natalia. Tendrá que consultar con Ana María cómo manejarlo. ¿Quién está más asustado con la posible entrevista?, ¿Camilo o yo?, evalúa.  Llama a su casa. Hola, pa atiende Nacho sí, todo bien; no, no me tomaron; sí, comí en casa, recién termino.  Gustavo ya no sabe cómo sostener la conversación y aunque no debe, pregunta ¿sabés algo de tu madre? No dice el chico mamá está borrada y luego agrega voy a sacar a pasear a Lacán. No solo Martina acusó recibo del alejamiento de Cecilia. Qué hija de puta.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

82

¿Se peleó con su personal trainer? comenta Gustavo cuando ve entrar a Laura con traje saco y zapatos de taco alto. Al sonreír, ella agita el cabello. No, vengo de la editorial; no se imagina lo bien que me trataron. ¿Usted suponía que no iba a ser así?  Laura durante un buen rato habla sobre su encuentro con el responsable de diseñar la tapa. ¿Le mostró la foto que había seleccionado? ¿Cómo hace para acordarse de todo? pregunta ella, arqueando las cejas. ¿Se la mostró? insiste él. No, me dio vergüenza reconoce ella quién soy yo para darle indicaciones a un profesional. Otra profesional, que, por algún motivo, había elegido esa foto le aclara él. Me dejó su dirección de mail, por ahí se la mando si a usted le parece. No le estoy dando indicaciones, Laura, solo sugiero que haga conocer sus deseos, deje a los otros la posibilidad de que le digan sí o no. Puede ser dice ella que luego de una pausa informa el domingo fue el cumpleaños de Luis; fuimos todos a almorzar afuera. ¿Su hijo también? Sí, hacía más de siete meses que no lo veía; hasta último momento pensé que no iba a ir. Sin embargo fue recalca él. Sí, se sentó en la otra punta y casi no me dirigió la palabra, pero fue; en un momento María sugirió que para el día de la madre nos reuniéramos en su casa; mucha gracia no me causó, siempre nos reunimos en la nuestra;  de a poco me van desplazando. Quizá su hija pensó que en terreno neutral sería más fácil para Federico. Ni se me ocurrió admite Laura sí, tal vez. ¿Y qué dijo su hijo? Ni sí, ni no; fue raro verlo, por momentos sentí que ese no era mi hijo; parecía más grande, se dejó la barba, no le conocía la ropa; me sorprendió hasta el tono de voz; como si hubiera crecido a mis espaldas. Quizá precisó tomar distancia para que usted pudiera verlo como es realmente. Sí, mi hijo ya es un hombre. ¿Cuántos años tiene? Veintiséis contesta Laura y los ojos se le llenan de lágrimas. María puso un gimnasio, Paula está planeando un jardín de infantes y su hijo pudo vivir ocho meses sin su asistencia; ¿tanto le cuesta verlos crecer? Gustavo la mira con intensidad ¿por qué no disfrutar de haber generado tres seres humanos independientes? Con las chicas lo estoy consiguiendo pero verlo a Federico me golpeó. ¿Qué tal si intenta comunicarse con él de adulto a adulto? propone Gustavo mientras recuerda lo difícil que le resulta contactarse con su propio hijo.   Le prometo que lo intentaré.


Desde el domingo que no te comunicás con tus hijos. Martina llora, duerme mal. Nacho ni quiere hablar del tema. ¿Tan poco te importan? Envía el mail sin releerlo. Está agitado. Sale al balcón. Un día precioso. Octubre es el mes más lindo del año, piensa. Recién se da cuenta de que Cecilia no va a estar para el día de la madre. Pobres pibes.

81

10 de octubre
Gustavo siente una respiración a su lado. ¿Cecilia?, se pregunta, adormilado. Enciende la luz. Martina. Otra vez se pasó a su cama. Mira el reloj. Las cinco de la mañana. La fiaca litigando con los preceptos de la sicología. Ya totalmente despierto, toma a la nena del hombro y la sacude con delicadeza. Marti, a tu cama indica con firmeza. Papi, porfi, tuve una pesadilla. Él se levanta y la incorpora. Vamos, muñequita, ya te dije que este no es tu lugar. La nena, protestando, obedece. Él la acompaña, la arropa. Cualquier cosa me avisás. Regresa a su cuarto y se acuesta. Media hora después comprende que ya no dormirá.  Va hasta el baño y luego a la cocina, a prepararse un té. Hoy pedirá turno con Grieco. Esta nena no está bien, resuelve. Mañana la irá a buscar al colegio y de allí a merendar. Le parte el alma verla triste. Hace dos días que Cecilia no se comunica, qué mierda tiene en la cabeza. Ayer la nena estuvo como una hora intentando en el Skype sin suerte. Se acostó llorando. Va a tener que contactarse con Cecilia. Hace tres semanas que la esquiva pero hoy le escribirá. No se le hace eso a una hija.

Sale de la entrega de boletines, perplejo.  No conoce a uno solo de los padres de los compañeros de Nacho. Todos le preguntaron por Cecilia. Todos y todas, se corrige, sonriendo. No sabe a cuántas reuniones fue en estos catorce años. De la secundaria seguro, ninguna. Papá tampoco iba, piensa, intentando justificarse. Finalmente encuentra un argumento irrebatible: tampoco ha ido a las de Martina. Camina hacia el curso, aliviado. Se perdió el café con Santiago, único cable a tierra.  Después lo llamará.

El profesor lo retiene. Cuando sale a la calle, Natalia ya no está. Tiene una corazonada. Camina por Pueyrredón hasta Córdoba. Allí la encuentra, en Pertutti, en la mesa contra la ventana. ¿Se puede? pregunta mientras se sienta. La sonrisa de ella es elocuente. Despeja la mesa, haciéndole lugar. Todavía no pedí; ¿querés que compartamos unas costillitas a  la riojana?; estoy antojada pero para mí sola es mucho. Amo que me elijan la comida comenta él, sonriendo. ¿Sabés que surgió del mismo Camilo, el pibito que atiendo, la posibilidad de que los padres vengan al consultorio? Contame, por favor solicita ella, entusiasmada.

martes, 19 de noviembre de 2013

80

No alcanza Gustavo a llegar al pasillo, con Lacán pisándole los talones, cuando es interceptado por el abrazo de Martina. Hola, papi, te extrañé, ¿por qué llegaste tan tarde?  Los miércoles tengo pacientes, hijita le explica. ¡Odio a tus pacientes!, ¡los querés más que a mí! Y que a mí no te cuento agrega Nacho saliendo de su habitación. Gustavo va al baño. Cuando sale, el chico ya está sentado a la mesa. Estoy muerto de hambre dice. Martina regresa de la cocina con una bandeja sostenida entre ambas manos. Camina con sumo cuidado. Gustavo recuerda la anécdota de Raúl pequeño sosteniendo el vaso. ¿Así que te fue bien en la prueba? comenta Gustavo. Nacho asiente, la boca llena de pan. ¿Qué te preguntaron? Serví, papi, que se enfría ordena Martina. Mientras Gustavo se dedica a repartir tarta y ensalada, la nena cuenta con sumo detalle un incidente entre dos compañeros. Sigue hablando mientras mastica. Gustavo, escuchándola a medias, mira a su hijo que, sosteniéndose el mentón en el codo apoyado en la mesa, bufa entre bocado y bocado. Si de mí hubiera dependido, no estaría aquí, piensa. Lo observa con atención. Se parece a la madre, es lindo el pendejo. De pronto la mirada del chico se fija en él. Sin embargo, los ojos son los míos, decide. La forma, el color. Son los míos, repite. Mis ojos transportados a otra cara. A la cara de su hijo. Papi, no me escuchás protesta Martina. Nacho revolea los ojos parecidos a los suyos mientras se muerde el labio de abajo. Gustavo le guiña un ojo. Nacho devuelve el gesto. Martina sigue hablando. Cuando por fin la nena se detiene, Nacho comenta me preguntaron sobre las causas. ¿Y qué contestaste? Nombré el surgimiento de la clase burguesa, el descontento de las clases bajas, la ilustración, la crisis económica y la guerra de independencia de Estados Unidos; todo lo que me explicaste, ¿viste? Gustavo lo escucha con tanta sorpresa como si Lacán hubiera empezado a hablar. Es mi hijo, se repite, yo no quise que naciera pero está. El domingo a las cinco Independiente juega con Rafaela anuncia Nacho. Pero la nona nos invitó a merendar. Yo de aquí no me muevo informa el chico andá vos sola con papá, que más querés. Gustavo recuerda a Ana María. Es mi hijo, se repite. Te llevo temprano y después vuelvo a mirar el partido con tu hermano. De paso evito el encuentro con mi suegra, piensa. Los ojos de Nacho son dos platos. ¿De veras, pa? ¨Cada día podrás sentarte un poco más cerca¨, dijo el zorro.

Ya en la cama, Gustavo piensa. Necesito una mina, piensa, mientras mete la mano dentro del piyama.

79

Cinco minutos antes de lo convenido se apoya en la puerta, esperando que llegue la hora. El ruido de pasos acercándose lo sobresalta. Se aparta. La puerta se abre y sale una mujer mayor. Ana María, en el vano de la puerta, le sonríe. Sube tras ella pensando que es extraño suponerle a Ana María otros pacientes. ¿Me gustaría ser el único? evalúa. Segunda semana sin Cecilia: en lo operativo bien, nos vamos arreglando, pero la casa perdió energía, no sé cómo explicárselo, todo está demasiado bien. ¿Usted está demasiado bien? reformula Ana María. Frente a ellos, sí, pero cuando apago la luz la estantería se me viene abajo. ¿La extraña? Estoy tan enojado que no me doy cuenta. ¿Los chicos también están enojados? Ellos no saben por qué se fue. Si no entendí mal, Cecilia se fue por el trabajo; que esté allí con ¿Ricardo, se llamaba?, es una consecuencia, no una causa. ¿A usted también le vendió ese buzón? reclama él, muy enojado. Solo repito sus palabras, Gustavo, aunque no tuviera ninguna relación con él, ella igual se habría ido; ¿o me equivoco? Gustavo se toca la frente. Lo peor vendrá cuando regrese admite. Ella cabecea. Satisfecha, piensa él con rabia. ¿Alguna otra vez estuvo tan enojado con ella? Está por contestar que no cuando recuerda el primer embarazo. Calla, entonces. No tengo ganas de hablar, piensa. Le sobreviene un cansancio infinito. ¿Pensó en lo que le sugerí la última sesión? lo convoca Ana María. Le da vergüenza admitir que no solo no pensó sino que ni siquiera puede recordar de qué se trataba. Ella parece darse cuenta porque le repite ¿preferiría que Nacho no existiera? Gustavo percibe en él ese rencor que no se extingue. Cecilia lo violentó. Ella me puso entre la espada y la pared se justifica. No le estoy preguntando por ella le aclara Ana María sino por su hijo; aunque para usted son dos caras de la misma moneda; ¿no se da cuenta de que lleva catorce años vengándose de ella con su negativa a amar a su hijo?  Gustavo experimenta un golpe brutal. Como quien cae por habérsele cortado el talón de Aquiles. Nacho es mi talón de Aquiles, diagnostica. Cierra los ojos un instante, está ligeramente mareado. No me siento bien dice mejor me voy. Como prefiera consiente ella incorporándose.

Gustavo sube al auto. Le duele la cabeza. No quiere volver  a su casa. Yqué si le pide a Juana que le dé de comer a los chicos antes de irse. O si la llama a su madre para que vaya. Necesita pensar. Arranca. Ante un semáforo, por Plaza Italia, busca el celular. Vaya no más, Juana, estoy llegando. Pobre mujer, tiene hora y media de viaje

jueves, 14 de noviembre de 2013

78

Estuve pensando en lo que me dijo comenta Daniela. ¿Con respecto a qué? A cuánto dificulté  la relación de Ariel con Lucas. ¿A qué conclusión llegaste? Recordé los primeros meses del nene; lo veía tan frágil que me parecía que Ariel era demasiado torpe para sostenerlo, tenía miedo de que se le cayera. ¿De que lo tirara? aventura él ¡Gustavo, no insista! eleva Daniela el tono de voz. ¿En qué te parece que estoy insistiendo? Ella frota con la palma de una mano el dorso de la otra. En que yo tenía miedo de que Ariel le hiciera algo. ¿Y era así? Daniela se abraza a sí misma.  Sí dice llorando. ¿Porque lo habías obligado a ser padre? Ella asiente con la cabeza.  ¿Seguís teniendo miedo? No dice entre hipos estaba loca. Estabas asustada Gustavo dulcifica la voz tu papá te hizo daño pero eso no implica que Ariel vaya a dañar a Lucas, tampoco que tu propio padre pueda ahora dañarlo; estaba enfermo, Daniela, y hace años que ya no lo está; quizás los  cuatro, tu mamá, tu papá, Ariel y vos, puedan sostenerse para ocuparse juntos de Lucas; un chiquito con autismo requiere mucha atención, es demasiado para una mujer sola. Aunque los sollozos de ella no se detienen, a Gustavo, ahora, no le duelen, sabe que es para mejor. Daniela debe desprenderse de su coraza de autosuficiencia para poder aceptar la ayuda. La deja llorar sin intervenir.  Cuando la ve calmada pregunta ¿el nene comenzó el tratamiento? El lunes vino a casa la fonoaudióloga, una chica joven como yo. ¿Lo dejaste solo con ella? Sí, después de un ratito me hizo salir; yo estaba segura de que Lucas iba a hacer un berrinche, pero no, se ve que está acostumbrada a tratar nenes así.  ¿Cómo te sentiste? Fue muy raro; me dieron ganas de llorar. ¿Por qué? Daniela  oculta el rostro entre las manos. Su voz apenas se escucha al decir  me sentí desplazada, yo llevaba dos años y medio intentando conectarme con mi hijo y ella, de la nada, fue aceptada; me dio rabia, dolor y rabia se descubre la cara y lo mira ya sé que es un disparate pero es lo que sentí. Es muy valioso que puedas reconocerlo Gustavo le sonríe ¿cuándo empieza con la sicóloga? Mañana. Me gustaría que le preguntaras qué opina sobre el amamantamiento. No hace falta responde ella y mirándolo fijo comenta hace dos semanas que lo desteté. Él se aclara la garganta.


Gustavo baja las cortinas, cierra la llave de gas, apaga las luces. Ahora ya no le queda ese ratito que tanto apreciaba antes de ir a su control. A mi analista, se rectifica. Ya arriba del auto intenta refrescar la última sesión. Una nebulosa. Sabe que reconoció ante ella que se identificaba con el marido de Daniela porque el embarazo de Nacho también había sido accidental. Ana María en el momento de despedirse le encargó que pensara en algo. No logra recordar en qué.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

76

María Inés se sienta en el diván, agarra un almohadón y se abraza a él. Ya está, Gerardo no tuvo más remedio que admitirlo informa. ¿Querés contarme cómo reaccionó? propone Gustavo.  A medida que le fui describiendo la escena que presencié, la cara se le descomponía; creo que jamás vi en rostro alguno, tamaña expresión de dolor; me dijo que era la primera vez que tenía relación con un hombre, que Alberto era el culpable de tanto que le había insistido; que se habían tenido que emborrachar para poder hacerlo; que estaba avergonzado, que me juraba que nunca más iba a suceder; lloraba, me abrazaba, te juro que me dio lástima lo mira, como provocándolo se ve que del susto se le paro la pija, me hizo el amor como nunca. Gustavo comprueba, aliviado, que María Inés ha perdido el poder de excitarlo. ¿Será que dejé de ser hombre?,  piensa. ¿Cómo te sentiste vos? pregunta. No sé contesta ella es como si estuviera anestesiada.  Gustavo entonces se acuerda del blíster.  Tengo algo que es tuyo le recuerda, y ante el gesto de inteligencia de ella pregunta  ¿querés que te devuelva el medicamento? No hace falta informa María Inés de todos modos, si preciso puedo conseguir más. ¿Volviste a tomar psicofármacos? Alguna noche que no podía dormir. Consultalo con tu médico recomienda Gustavo.  No te preocupes, una amiga me dio un sedante que es mucho más suave. Igual le indica él con esos medicamentos no se juega. Ella se encoge de hombros. Luego se incorpora camina hasta la ventana, mira hacia afuera y vuelve a sentarse. ¿Te puedo hacer una pregunta? consulta.  Por supuesto contesta Gustavo.  ¿Vos pensás que Gerardo se puede curar de su homosexualidad? Esta mina es idiota, piensa Gustavo, y luego se alarma de haber pensado tamaña barbaridad de un paciente.  Yo no hablaría de curar; la homosexualidad no es una enfermedad. ¿Pensás que es definitivo? insiste ella.  Gustavo se queda reflexionando, no puede obviar la respuesta. Si bien Gerardo sostiene que solo se trata de un episodio aislado afirma todo lo que has ido contado sobre su historia sexual, habla de que su dificultad es de larga data. María Inés permanece en silencio, mirándolo. Luego señala hoy, para seguir viviendo, necesito creer que solo es un episodio; mi mamá me crió diciéndome que cuando Dios nos sometía a una prueba, nos daba también las fuerzas necesarias para soportarla; no soy tonta Gustavo teme enrojecer pero en este momento solo puedo esto lo mira con intensidad no me pidas más de lo que puedo. Él sonríe, de pronto muy triste.  De acuerdo dice levantando ambas palmas.

Bien, mamá, estamos bien contesta Gustavo no, hoy termino tarde, tengo consultorio; si querés vamos mañana de pronto recuerda el rostro de Nacho, está grande el pibe lo consulto con los chicos y te confirmo.  Corta.  Mi vieja pertenece a otra categoría de madres que Cecilia, decide.