Coloca la oreja
sobre la puerta cerrada. En cuanto pone la llave en la cerradura se escuchan
ladridos. Abre. Lacán le hace fiestas. ¿Sos vos? pregunta Cecilia desde la
cocina. La encuentra, con delantal, revolviendo una salsa. Cena especial dice me dieron
ganas de cocinar. Él la besa levemente en los labios. Martina llega
corriendo y lo abraza. Papi, ¡me pusieron nueve en el mapa! Él le
entrega el paquetito. ¡Yo sabía que me lo
ibas a traer! Está encendiendo la luz del baño cuando escucha la voz de
Nacho. ¿Viste, pa, que Independiente
empató? Lacán, sentado a su lado, jadeando, lo mira lavarse las manos. Marti, guarda el churro para el postre, que
ya vamos a comer indica Cecilia desde la cocina. Mil momentos como este quedan en mi mente.
Novela por entregas. Gustavo está iniciando su carrera de terapeuta. Miércoles a miércoles, su propia vida y la de sus cinco pacientes se va modificando. ¿Los acompañamos?
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- Entregas acumuladas. Segunda parte.
Datos personales
jueves, 29 de agosto de 2013
23
Gustavo ha comenzado
por Camilo. ¿Fue atinado mencionar el accidente? Ana María cruza las piernas con
elegancia creo que se precipitó; yo
hubiera ido preguntando sobre los distintos elementos del sueño; quizás de ese
modo hubiese logrado que fuera el mismo chico el que nombrara el accidente. Es
que, más allá de la permanente alusión a la renguera o a las muletas, es la
primera vez en meses en que percibí que Camilo me abría una puerta replica él. Ana María despliega su sonrisa. Más tarde o más temprano Camilo va a aludir
al tema que atraviesa su vida. Sí, pero los meses siguen corriendo se
justifica Gustavo el otro día me llamó la
madre, no supe qué decirle. Un terapeuta ha de saber esperar las manifestaciones del inconsciente, porque el inconsciente
siempre insiste; quédese tranquilo, Gustavo, el tratamiento avanza. Él
inspira hondo, quisiera poder transmitirle lo que experimenta frente al chico. Es
feroz cuando se irrita explica. A
pesar de que Camilo aún no lo explicite, el enojo hacia su padre sigue operando en la transferencia. Lo
comprendo en la teoría pero me resulta difícil acorazarme ante su rabia. Su
hijo tiene esa edad, ¿no? Gustavo, alerta, asiente con la cabeza pero ella,
luego de cruzar las piernas en sentido contrario, lo que hace flamear su larga
pollera, abandona el tema y comenta qué
sueño transparente; creo que, más allá de la obvia importancia de las pesas, la
clave está en la tardanza. Él la mira, sorprendido. ¿Por qué lo supone? ¿Qué fue lo último que dijo el chico al despedirse?
Que era tarde. ¿Qué le dijo el padre cuando lo llamó a comer? Que era tarde tiene
que reconocer él. Ella sonríe, se
encoge de hombros y agrega vamos bien.
Él,
entonces, le habla de la agresión de Raúl, está orgulloso de no haberse
alterado. Otra vez le toca a usted hacer
de padre, dos hijos a falta de uno bromea Ana María, qué extraño. ¿Y Laura? pregunta de improviso. Gustavo
comenta, de algún modo molesto por haberla obedecido, que le planteó el
estancamiento de la terapia. Cuando le refiere su comentario final sobre el
hijo, ella inquiere ¿está buscando un
argumento para retenerla? y ante la cara de desconcierto de él insiste ¿por qué le cuesta tanto soltar a sus
pacientes? Él le dice que no es así, que de Raúl, por ejemplo, quisiera liberarse. Le cambio, entonces, la pregunta, ¿por qué
le cuesta tanto separarse de Laura? Él recibe el impacto. Le entra por los
poros. Se parece a mi mamá admite.
Lamentablemente es la hora
informa ella otro tema que le queda para
analizar. Gustavo se incorpora, aliviado. No hubo tiempo para hablar de
María Inés.
Camina hacia el auto a paso vivo. Hace mucho
frío. Mientras calienta el motor, enciende la radio. Vicentico. Paisaje. Gustavo sube el volumen. No se piensa en el verano cuando cae la
nieve, deja que pase un momento y volveremos a querernos. Tararea. Tú, no podrás faltarme… Un bocinazo le
avisa que el semáforo ya está en verde. Pone primera. Qué tema. Le pedirá a
Nacho que se lo grabe. Cuando termina la canción apaga la radio. Le duele la
cabeza. Una batidora. Laura, Ana María, Camilo, Raúl. Cecilia.
miércoles, 28 de agosto de 2013
22
Daniela, el
abrigo puesto, muy seria informa ayer tuvimos la cita. Qué velocidad,
Gustavo sabía que Grieco no iba a fallarle. ¿Cómo
les fue? Pregunta. Daniela amaga con
abrir los labios pero las palabras no salen de su boca. Permanece inmóvil, congelada
piensa él, el aire se pone denso. Él carraspea. Ella se cubre el rostro con las
manos. Daniela dulcifica la voz qué les dijo. Ella se descubre, lo mira
fijo y sin manifestar emoción alguna, apagada, relata en cuanto entramos, el doctor Grieco pidió desde el escritorio, ¨Lucas, alcanzame
la pelota¨, pero el nene ni lo miró, entonces el pediatra se paró, se agachó,
se acercó y se la volvió a pedir, pero nada; después Lucas se sentó en el
suelo, sacó todos los autitos del canasto y los puso en fila, el hombre se
arrodilló, sacó uno y le dijo ¨qué te parece si con este vamos a pasear; Lucas
se lo arrancó y lo devolvió a la fila; cuando el hombre insistió, el nene pegó
un grito, el médico volvió al escritorio,
nos preguntó mil cosas, dio vueltas y vueltas, nos aclaró que no era un
especialista y después nos recomendó uno. Daniela se sirve un vaso de agua,
lo toma con parsimonia. Recién entonces
emitió la sentencia dice al fin. ¿La
sentencia? Daniela, la vista perdida en los jacarandás, informa forzando la
dicción síndrome a precisar del espectro autista. La puta que te parió, piensa Gustavo y como no puede decirlo
pregunta ¿a quién les recomendó? Al
doctor Álvarez Campos los ojos de Daniela de pronto vivos ¿lo conoce? Gustavo asiente, va a
contarle que lo tuvo de profesor en la facultad pero cambia de idea. ¿Cómo te sentiste vos? pregunta. Daniela lo mira hasta que, como si la hubieran
golpeado en el abdomen, se dobla sobre sí misma. La cabeza sobre las rodillas.
Gustavo se para y se sienta a su lado. Le pone una mano sobre el cabello. Ella,
entonces, solloza.
Sentado en Sigi, Gustavo intenta distenderse. Pasa revista a sus pacientes. Todos le
generan conflicto. Lo aterra equivocarse. ¿Debería sumar otra sesión de
control? La rabia de Camilo y de Raúl. El tedio con Laura. Insoslayable lo que
le sucedió con María Inés. Cecilia. Para obviar a su mujer pide la cuenta. Paga
y se levanta. Todavía es temprano. Camina por Salguero. Entra en una panadería,
sin suerte. En la cuadra siguiente intenta con otra. Solo quedó uno relleno dice la vendedora. Para justificar la exigua
compra él le cuenta que es un antojo de su hija. Qué lindo tener un papá así dice la mujer sonriente mientras le
tiende el mínimo paquete.
lunes, 26 de agosto de 2013
21
Hace casi media
hora que Gustavo escucha hablar a Raúl sobre política. Ahora sobre la
conferencia de Stiglitz en Económicas.
Es
lo que yo siempre le digo a Lisa, ninguna
economía se recupera a través de la austeridad. Gustavo lo mira,
interesado. Explicame pide. Lisa cree que reducir los gastos nos va a
solucionar los problemas, pero es totalmente al revés. No te sigo. Hay que pensar en grande, no reducirse, invertir
los gestos de Raúl son enérgicos, ampulosos es la única manera de despegar. Gustavo busca un anzuelo. Para invertir se necesita un capital. Raúl
detiene sus movimientos, lo mira. ¿Qué querés
decirme? ¿Qué creés que quiero decirte? Raúl aprieta las manos cruzadas. Dejemos de jugar al gran bonete; me saca que
repitas todo lo que digo sonríe, despectivo a veces me pregunto si me sirve para algo gastar tanta plata viniendo
acá. La teoría de Lisa acota
Gustavo. Se me está acabando la
paciencia. Lo que te irritó fue la
mención del capital, ¿estoy en lo cierto? Raúl calla. ¿Qué representa para vos el capital? Silencio. ¿Quién lo representa? Más
silencio. ¿El rey de Textilandia? Basta,
Gustavo, estoy harto de que me jodas. Raúl se incorpora, busca el dinero en
el bolsillo y lo deja sobre la mesa con brusquedad. De acuerdo dice Gustavo continuaremos
la semana que viene.
Gustavo está
satisfecho. Raúl no consiguió alterarlo. Ha recuperado su imagen, tan
debilitada por la sesión anterior. Se acerca al teléfono. Hola, papi la vocecita de Martina. ¿Con quién estás, preciosa? Nacho
fue a la librería, ya vuelve. ¿Y mamá?
Vino hace un rato pero volvió a salir contesta
la nena. ¿Adónde fue? ¡Ni idea, preguntale a ella! los ladridos del perro de
fondo ¿cuándo venís vos? Alrededor de las
nueve y media Gustavo escucha la puerta del ascensor ¿qué querés que te lleve? El timbre. Churros rellenos con dulce de leche. Él cabecea sonriendo. ¡Algo más fácil, Marti! pide. ¡¡Porfi, papi!!
domingo, 25 de agosto de 2013
20
María Inés le
tiende el paraguas. Qué original dice Gustavo e inmediatamente se arrepiente. Me lo trajo Gerardo de Europa aclara
ella el mango es de asta de ciervo.
Él lo coloca en el paragüero. Entran juntos al consultorio. Ella se saca el
piloto, lo cuelga con cuidado en el perchero, y sin hacer ningún comentario se
acuesta en el diván, jean y suéter ceñidos, botas de cuero. ¿Cansada? inquiere él. Arrasada
contesta ella cruzando las manos bajo la nuca. Gustavo está molesto. María Inés
se acostó sin siquiera consultarle. Él no es un analista ortodoxo. Y si así lo
fuera, su propio sillón debería ubicarse a espaldas de ella, fuera de su campo
visual. No sabe cómo manejar la situación. ¿Debe pedirle que se siente?, ¿debe
reubicarse él? Ella, tendida frente a él, lo mira. Él traga saliva, intenta
relajarse. ¿Querés contarme? sugiere.
Desde el miércoles pasado duermo en el
cuarto de huéspedes explica ella. ¿El colchón es incómodo? trata él de
aflojar la tensión. Ella hace un gesto
de fastidio. Es incómodo a los treinta años vivir vacila, busca la palabra alzada y calla. ¿Alzada? pregunta él, impactado, cuando le queda claro que ella
no seguirá hablando. No aguanto estar a su lado sin que me toque toma
un almohadón y lo coloca bajo su cabeza me
da vergüenza, no sé cómo explicártelo. María Inés cierra los ojos soy como un hueco que late. ¿Ser mujer es
solo ser un hueco? Ella hace un gesto despectivo con los hombros. No me
alcanza con tocarme, soy un agujero que precisa ser llenado. Te sentís un
agujero reformula él. Qué más da; me consumo,
noche tras noche me consumo. Gustavo inspira hondo, vaya con la sesión
liviana. ¿Pudiste transmitirle a él esto
que me estás diciendo? ¿Para qué?, ¿para que vuelva a decirme que soy una
enferma?; no sé si estoy enferma pero te aseguro que si sigo así me voy a
enfermar dice ella y calla. Se pone de lado y le clava la mirada. A él la
situación se le torna insoportable. Carraspea. Se sirve un vaso de agua. Está por
preguntarle si antes de Gerardo también se sentía así cuando ella añade anoche volví; él lo
intentó pero no pudo. ¿No pudo? Ella recoge las piernas, se las abraza. No se le paraba precisa. ¿Entonces? Me lamió, como si fuera un perro
me lamió. Gustavo siente que el
sexo le late. Cruza las piernas. Se
imagina un mar de cucarachas avanzando hacia él. El atisbo de erección cede.
Por suerte ella abandona descripciones y urde planes. Gustavo verifica,
aliviado, que ya casi son las cinco.
Gustavo la
despide, aturdido. Avergonzado. ¿Podrá contárselo a Ana María? Es que María Inés
es como una gata en celo, intenta justificarse. La transferencia erótica de María
Inés se hace oír, reformula. La idea lo tranquiliza. No es mi culpa, piensa. Abre
la heladera y se sirve un vaso de coca-cola. Le agrega hielo. Tiene hambre,
además. Corta un trozo de queso. Buenísimo este fontina. Corta otro pedazo. Necesita
reponerse para enfrentar a Raúl. Alguno de los dos siempre termina violentándose.
jueves, 22 de agosto de 2013
19
Vine solo informa el chico y luego agrega bah, subí solo. Lo cual es bastante lo
reafirma Gustavo. Camilo se desplaza
con inusual soltura y se instala en
el diván. ¿Cómo anduvo esa semana? El
chico lo mira. Bien, en la escuela muy
bien responde al cabo de un rato y calla. ¿Y en lo demás? Camilo se
encoge de hombros, normal dice y
sumerge la mirada en los estantes de la biblioteca. ¿Algo
que me quieras contar? El chico le
habla de la tablet que le prometieron
para el cumpleaños. Él es el encargado del estudio de mercado. Describe con
minuciosidad modelos, precios, propiedades. Es como Nacho, piensa Gustavo, bytes en la sangre. El chico está comentando los
videos pesan mucho cuando queda como suspendido, los ojos muy abiertos. ¿Qué pasa, Camilo? El chico parpadea
repetidamente y dice me vino a la cabeza
el sueño de anoche. El pulso de Gustavo
se acelera. Me gustaría mucho escucharte.
Camilo lo mira un instante pero después fija la vista en la ventana. Yo estoy en el piso levantando pesas, todo
sudado, los brazos me tiemblan y escucho
la voz de papá que dice Camilo vení a comer que es muy tarde y yo me distraigo
y las pesas se me caen encima y me aplastan y yo trato de levantarlas pero no
puedo y lo quiero llamar a papá para que me ayude y la voz no me sale y me doy
cuenta de que me voy a morir porque ya no puedo respirar. Gustavo intenta
memorizar palabra por palabra. Luego de un largo rato pregunta ¿entonces? Entonces me despierto informa
Camilo jugueteando con sus orejas, la vista baja. ¿La situación te recuerda algo? El chico abandona las orejas y
sacude la cabeza. Gustavo decide jugarse el todo por el todo y pregunta ¿cómo fue el accidente? No me acuerdo. ¿Perdiste la conciencia? Camilo
se endereza de golpe. ¡¡Te dije que no sé!! Gustavo llena un
vaso de agua y se lo ofrece. Camilo toma un trago, mira su reloj. Igual ya es tarde dice. Apoya una pierna
y se incorpora.
Gustavo sale al
balcón. Cae una llovizna helada. Puede divisar, entre medio del follaje, al
padre descendiendo del auto y al chico, rechazando la ayuda, tirar las muletas
sobre el asiento y subir solo. Recién cuando el auto arranca, Gustavo entra. Lo confunde la rabia de Camilo. Lo turba. Más
allá de la terapia, es difícil conectarse con los chicos de esa edad, buscando
torpemente la independencia. Nacho está imposible. Va hasta la cocina. Se moja
la cara con agua y se seca con el repasador. Mira el cronograma. Sí, María
Inés. Se promete no forzarla. Necesita una sesión liviana. Frente al espejo del
pasillo se acomoda el cabello e intenta aflojar el cuello de la polera. Tendría
que haberla cambiado. Siempre le molestó
la lana.
18
El lunes firmé el contrato con la editorial cambia
Laura de tema calculan que las pruebas estarán en un mes, todavía no me puedo
convencer se saca los anteojos y se
pone una patilla en la boca la otra noche, el mismo miércoles, hubo
festejo familiar en lo de mi hija mayor lo mira, como testeándolo, y le aclara por el libro. Me imaginaba añade Gustavo, sonriendo. Luis se apareció con un ramo de flores inmenso; mi yerno, con bombones;
un lujo la comida. Gustavo se reacomoda en el sillón. Laura se explaya:
ingredientes, recetas, vino, bromas. Una apretada cadena de palabras, ¿cuándo
respira? Gustavo mira con disimulo el reloj. Pocos minutos por delante. Laura la interrumpe todo parece ir muy bien, su libro
encaminado, la familia de diez. Ella lo mira, de pronto seria. ¿Por qué dice parece? Él sonríe. Porque si ya superó los conflictos con la
escritura, motivo de la consulta, no sé en
qué más la puedo ayudar. ¿Me está echando? De ninguna manera, le propongo que
durante esta semana piense en si hay algo más en lo que podamos trabajar. Ambos se
incorporan. La puerta del ascensor abierta, Gustavo le comenta hace mucho que no me habla de su hijo. Ella
amaga abrir la boca pero solo se encoge de hombros. Se tropieza al subir al
ascensor. Cierra sin mirarlo.
Llama desde el
teléfono del consultorio al del estudio. Al escuchar la voz de Cecilia corta. No
se reconoce, boludo como un adolescente. Va
a la cocina. Encuentra sobre la mesada una nota de Juana: necesita dinero para
comprar detergente y limpiavidrios. Pone
agua a hervir y se prepara un té. Ana
María tiene razón, él no quiere que se vaya Laura. Primera paciente, y primera, también, que logró alcanzar el objetivo buscado en la
terapia. Objetivos limitados. ¿Hay un límite
para los objetivos? Se instala con la taza en el escritorio. Inspira
profundamente. Repasa la ficha de Camilo.
La semana pasada se fue tan enojado. ¿Vendrá?
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