jueves, 29 de agosto de 2013

24

Coloca la oreja sobre la puerta cerrada. En cuanto pone la llave en la cerradura se escuchan ladridos. Abre. Lacán le hace fiestas.  ¿Sos vos? pregunta Cecilia desde la cocina. La encuentra, con delantal, revolviendo una salsa. Cena especial dice me dieron ganas de cocinar. Él la besa levemente en los labios. Martina llega corriendo y lo abraza.  Papi, ¡me pusieron nueve en el mapa! Él le entrega el paquetito. ¡Yo sabía que me lo ibas a traer! Está encendiendo la luz del baño cuando escucha la voz de Nacho. ¿Viste, pa, que Independiente empató? Lacán, sentado a su lado, jadeando, lo mira lavarse las manos. Marti, guarda el churro para el postre, que ya vamos a comer indica Cecilia desde la cocina. Mil momentos como este quedan en mi mente.

23

Gustavo ha comenzado por Camilo.  ¿Fue atinado  mencionar  el accidente? Ana María cruza las piernas con elegancia creo que se precipitó; yo hubiera ido preguntando sobre los distintos elementos del sueño; quizás de ese modo hubiese logrado que fuera el mismo chico el que nombrara el accidente. Es que, más allá de la permanente alusión a la renguera o a las muletas, es la primera vez en meses en que percibí que Camilo me abría una puerta replica él. Ana María despliega su sonrisa. Más tarde o más temprano Camilo va a aludir al tema que atraviesa su vida. Sí, pero los meses siguen corriendo se justifica Gustavo el otro día me llamó la madre, no supe qué decirle. Un terapeuta ha de saber esperar las manifestaciones del inconsciente, porque el inconsciente siempre insiste; quédese tranquilo, Gustavo, el tratamiento avanza. Él inspira hondo, quisiera poder transmitirle lo que experimenta frente al chico.  Es feroz cuando se irrita explica. A pesar de que Camilo aún no lo explicite, el enojo hacia su padre sigue operando en la transferencia. Lo comprendo en la teoría pero me resulta difícil acorazarme ante su rabia. Su hijo tiene esa edad, ¿no? Gustavo, alerta, asiente con la cabeza pero ella, luego de cruzar las piernas en sentido contrario, lo que hace flamear su larga pollera, abandona el tema y comenta qué sueño transparente; creo que, más allá de la obvia importancia de las pesas, la clave está en la tardanza. Él la mira, sorprendido. ¿Por qué lo supone? ¿Qué fue lo último que dijo el chico al despedirse? Que era tarde. ¿Qué le dijo el padre cuando lo llamó a comer? Que era tarde tiene que reconocer él. Ella sonríe, se encoge de hombros y agrega vamos bien.  Él, entonces, le habla de la agresión de Raúl, está orgulloso de no haberse alterado. Otra vez le toca a usted hacer de padre, dos hijos a falta de uno bromea Ana María, qué extraño. ¿Y Laura? pregunta de improviso. Gustavo comenta, de algún modo molesto por haberla obedecido, que le planteó el estancamiento de la terapia. Cuando le refiere su comentario final sobre el hijo, ella inquiere ¿está buscando un argumento para retenerla? y ante la cara de desconcierto de él insiste ¿por qué le cuesta tanto soltar a sus pacientes?  Él le  dice que no es así, que  de Raúl, por ejemplo, quisiera liberarse. Le cambio, entonces, la pregunta, ¿por qué le cuesta tanto separarse de Laura? Él recibe el impacto. Le entra por los poros. Se parece a mi mamá admite.  Lamentablemente es la hora informa ella otro tema que le queda para analizar. Gustavo se incorpora, aliviado. No hubo tiempo para hablar de María Inés.


 Camina hacia el auto a paso vivo. Hace mucho frío. Mientras calienta el motor, enciende la radio. Vicentico. Paisaje. Gustavo sube el volumen. No se piensa en el verano cuando cae la nieve, deja que pase un momento y volveremos a querernos. Tararea. Tú, no podrás faltarme… Un bocinazo le avisa que el semáforo ya está en verde. Pone primera. Qué tema. Le pedirá a Nacho que se lo grabe. Cuando termina la canción apaga la radio. Le duele la cabeza. Una batidora. Laura, Ana María, Camilo, Raúl. Cecilia.

miércoles, 28 de agosto de 2013

22

Daniela, el abrigo puesto, muy seria informa ayer tuvimos la cita. Qué velocidad, Gustavo sabía que Grieco no iba a fallarle. ¿Cómo les fue? Pregunta.  Daniela amaga con abrir los labios pero las palabras no salen de su boca. Permanece inmóvil, congelada piensa él, el aire se pone denso. Él carraspea. Ella se cubre el rostro con las manos. Daniela dulcifica la voz qué les dijo. Ella se descubre, lo mira fijo y sin manifestar emoción alguna, apagada, relata en cuanto entramos, el doctor Grieco  pidió desde el escritorio, ¨Lucas, alcanzame la pelota¨, pero el nene ni lo miró, entonces el pediatra se paró, se agachó, se acercó y se la volvió a pedir, pero nada; después Lucas se sentó en el suelo, sacó todos los autitos del canasto y los puso en fila, el hombre se arrodilló, sacó uno y le dijo ¨qué te parece si con este vamos a pasear; Lucas se lo arrancó y lo devolvió a la fila; cuando el hombre insistió, el nene pegó un grito, el médico volvió al  escritorio, nos preguntó mil cosas, dio vueltas y vueltas, nos aclaró que no era un especialista y después nos recomendó uno. Daniela se sirve un vaso de agua, lo toma con parsimonia. Recién entonces emitió la sentencia dice al fin. ¿La sentencia? Daniela, la vista perdida en los jacarandás, informa forzando la dicción  síndrome a precisar del espectro autista. La puta que te parió, piensa Gustavo y como no puede decirlo pregunta ¿a quién les recomendó? Al doctor Álvarez  Campos los ojos de Daniela de pronto vivos ¿lo conoce? Gustavo asiente, va a contarle que lo tuvo de profesor en la facultad pero cambia de idea. ¿Cómo te sentiste vos? pregunta.  Daniela lo mira hasta que, como si la hubieran golpeado en el abdomen, se dobla sobre sí misma. La cabeza sobre las rodillas. Gustavo se para y se sienta a su lado. Le pone una mano sobre el cabello. Ella, entonces, solloza.


Sentado en Sigi, Gustavo intenta distenderse. Pasa revista a sus pacientes. Todos le generan conflicto. Lo aterra equivocarse. ¿Debería sumar otra sesión de control? La rabia de Camilo y de Raúl. El tedio con Laura. Insoslayable lo que le sucedió con María Inés. Cecilia. Para obviar a su mujer pide la cuenta. Paga y se levanta. Todavía es temprano. Camina por Salguero. Entra en una panadería, sin suerte. En la cuadra siguiente intenta con otra. Solo quedó uno relleno dice la vendedora. Para justificar la exigua compra él le cuenta que es un antojo de su hija. Qué lindo tener un papá así dice la mujer sonriente mientras le tiende el mínimo paquete.

lunes, 26 de agosto de 2013

21

Hace casi media hora que Gustavo escucha hablar a Raúl sobre política. Ahora sobre la conferencia de Stiglitz en Económicas.  Es lo que yo siempre le digo a Lisa,  ninguna economía se recupera a través de la austeridad. Gustavo lo mira, interesado. Explicame pide. Lisa cree que reducir los gastos nos va a solucionar los problemas, pero es totalmente al revés. No te sigo. Hay que pensar en grande, no reducirse, invertir los gestos de Raúl son enérgicos, ampulosos es la única manera de despegar. Gustavo busca un anzuelo. Para invertir se necesita un capital. Raúl detiene sus movimientos, lo mira. ¿Qué querés decirme? ¿Qué creés que quiero decirte? Raúl aprieta las manos cruzadas. Dejemos de jugar al gran bonete; me saca que repitas todo lo que digo sonríe, despectivo a veces me pregunto si me sirve para algo gastar tanta plata viniendo acá. La teoría de Lisa acota Gustavo. Se me está acabando la paciencia. Lo que te irritó fue la mención del capital, ¿estoy en lo cierto? Raúl calla. ¿Qué representa para vos el capital? Silencio. ¿Quién lo representa?  Más silencio. ¿El rey de Textilandia? Basta, Gustavo, estoy harto de que me jodas. Raúl se incorpora, busca el dinero en el bolsillo y lo deja sobre la mesa con brusquedad. De acuerdo dice Gustavo continuaremos la semana que viene.


Gustavo está satisfecho. Raúl no consiguió alterarlo. Ha recuperado su imagen, tan debilitada por la sesión anterior. Se acerca al teléfono. Hola, papi la vocecita de Martina. ¿Con quién estás, preciosa? Nacho fue a la librería, ya  vuelve. ¿Y mamá? Vino hace un rato pero volvió a salir contesta la nena. ¿Adónde fue? ¡Ni idea, preguntale a ella! los ladridos del perro de fondo ¿cuándo venís vos? Alrededor de las nueve y media Gustavo escucha la puerta del ascensor ¿qué querés que te lleve? El timbre. Churros rellenos con dulce de leche. Él cabecea sonriendo. ¡Algo más fácil, Marti! pide. ¡¡Porfi, papi!!

domingo, 25 de agosto de 2013

20

María Inés le tiende el paraguas. Qué original  dice Gustavo e inmediatamente se arrepiente. Me lo trajo Gerardo de Europa aclara ella el mango es de asta de ciervo. Él lo coloca en el paragüero. Entran juntos al consultorio. Ella se saca el piloto, lo cuelga con cuidado en el perchero, y sin hacer ningún comentario se acuesta en el diván, jean y suéter ceñidos, botas de cuero. ¿Cansada? inquiere él. Arrasada contesta ella cruzando las manos bajo la nuca. Gustavo está molesto. María Inés se acostó sin siquiera consultarle. Él no es un analista ortodoxo. Y si así lo fuera, su propio sillón debería ubicarse a espaldas de ella, fuera de su campo visual. No sabe cómo manejar la situación. ¿Debe pedirle que se siente?, ¿debe reubicarse él? Ella, tendida frente a él, lo mira. Él traga saliva, intenta relajarse. ¿Querés contarme? sugiere. Desde el miércoles pasado duermo en el cuarto de huéspedes  explica ella. ¿El colchón es incómodo? trata él de aflojar la tensión.  Ella hace un gesto de fastidio.  Es incómodo a los treinta años vivir vacila, busca la palabra alzada y calla. ¿Alzada? pregunta él, impactado, cuando le queda claro que ella no seguirá hablando.  No aguanto estar a su lado sin que me toque toma un almohadón y lo coloca bajo su cabeza me da vergüenza, no sé cómo explicártelo. María Inés cierra los ojos soy como un hueco que late. ¿Ser mujer es solo ser un hueco? Ella hace un gesto despectivo con los hombros.  No me alcanza con tocarme, soy un agujero que precisa ser llenado. Te sentís un agujero reformula él. Qué más da; me consumo, noche tras noche me consumo. Gustavo inspira hondo, vaya con la sesión liviana. ¿Pudiste transmitirle a él esto que me estás diciendo? ¿Para qué?, ¿para que vuelva a decirme que soy una enferma?; no sé si estoy enferma pero te aseguro que si sigo así me voy a enfermar dice ella y calla. Se pone de lado y le clava la mirada. A él la situación se le torna insoportable. Carraspea. Se sirve un vaso de agua. Está por preguntarle si antes de Gerardo también se sentía así cuando ella añade anoche volví;  él lo intentó pero no pudo. ¿No pudo? Ella  recoge las piernas, se las abraza. No se le paraba precisa. ¿Entonces? Me lamió, como si fuera un perro me lamió. Gustavo siente  que el sexo  le late. Cruza las piernas. Se imagina un mar de cucarachas avanzando hacia él. El atisbo de erección cede. Por suerte ella abandona descripciones y urde planes. Gustavo verifica, aliviado, que ya casi son las cinco.


Gustavo la despide, aturdido. Avergonzado. ¿Podrá contárselo a Ana María?  Es que María Inés es como una gata en celo, intenta justificarse. La transferencia erótica de María Inés se hace oír, reformula. La idea lo tranquiliza. No es mi culpa, piensa. Abre la heladera y se sirve un vaso de coca-cola. Le agrega hielo. Tiene hambre, además. Corta un trozo de queso. Buenísimo este fontina. Corta otro pedazo. Necesita reponerse para enfrentar a Raúl. Alguno de los dos siempre termina violentándose.

jueves, 22 de agosto de 2013

19

Vine solo  informa el chico y luego agrega bah, subí solo. Lo cual es bastante lo reafirma Gustavo. Camilo se desplaza con inusual soltura y se instala en el diván. ¿Cómo anduvo esa semana? El chico lo mira. Bien, en la escuela muy bien responde al cabo de un rato y calla. ¿Y en lo demás?  Camilo se encoge de hombros, normal dice y sumerge la mirada en los estantes de la biblioteca.  ¿Algo que me quieras contar?  El chico le habla de la tablet que le prometieron para el cumpleaños. Él es el encargado del estudio de mercado. Describe con minuciosidad modelos, precios, propiedades. Es como Nacho, piensa Gustavo,  bytes en la sangre. El chico está  comentando los videos pesan mucho cuando queda como suspendido, los ojos muy abiertos. ¿Qué pasa, Camilo? El chico parpadea repetidamente y dice me vino a la cabeza el sueño de anoche.  El pulso de Gustavo se acelera. Me gustaría mucho escucharte. Camilo lo mira un instante pero después fija la vista en la ventana. Yo estoy en el piso levantando pesas, todo sudado, los brazos me tiemblan  y escucho la voz de papá que dice Camilo vení a comer que es muy tarde y yo me distraigo y las pesas se me caen encima y me aplastan y yo trato de levantarlas pero no puedo y lo quiero llamar a papá para que me ayude y la voz no me sale y me doy cuenta de que me voy a morir porque ya no puedo respirar. Gustavo intenta memorizar palabra por palabra. Luego de un largo rato pregunta ¿entonces? Entonces me despierto informa Camilo jugueteando con sus orejas, la vista baja. ¿La situación te recuerda algo? El chico abandona las orejas y sacude la cabeza. Gustavo decide jugarse el todo por el todo y pregunta ¿cómo fue el accidente? No me acuerdo. ¿Perdiste la conciencia? Camilo se endereza de golpe.  ¡¡Te dije que no sé!! Gustavo llena un vaso de agua y se lo ofrece. Camilo toma un trago, mira su reloj. Igual ya es tarde dice. Apoya una pierna y se incorpora.


Gustavo sale al balcón. Cae una llovizna helada. Puede divisar, entre medio del follaje, al padre descendiendo del auto y al chico, rechazando la ayuda, tirar las muletas sobre el asiento y subir solo. Recién cuando el auto arranca, Gustavo entra.  Lo confunde la rabia de Camilo. Lo turba. Más allá de la terapia, es difícil conectarse con los chicos de esa edad, buscando torpemente la independencia. Nacho está imposible. Va hasta la cocina. Se moja la cara con agua y se seca con el repasador. Mira el cronograma. Sí, María Inés. Se promete no forzarla. Necesita una sesión liviana. Frente al espejo del pasillo se acomoda el cabello e intenta aflojar el cuello de la polera. Tendría que haberla cambiado.  Siempre le molestó la lana.  

18

El lunes  firmé el contrato con la editorial cambia Laura de tema calculan que las pruebas estarán en un mes, todavía no me puedo convencer  se saca los anteojos y se pone una patilla en la boca  la otra noche, el mismo miércoles, hubo festejo familiar en lo de mi hija mayor  lo mira, como testeándolo, y le aclara por el libro. Me imaginaba añade Gustavo, sonriendo. Luis se apareció con un ramo de flores inmenso; mi yerno, con bombones; un lujo la comida. Gustavo se reacomoda en el sillón. Laura se explaya: ingredientes, recetas, vino, bromas. Una apretada cadena de palabras, ¿cuándo respira? Gustavo mira con disimulo el reloj. Pocos minutos por delante. Laura la interrumpe  todo parece ir muy bien, su libro encaminado, la familia de diez. Ella lo mira, de pronto seria. ¿Por qué dice parece? Él sonríe. Porque si ya superó los conflictos con la escritura, motivo de la consulta,  no sé en qué más la puedo ayudar. ¿Me está echando? De ninguna manera, le propongo que durante esta semana piense en si hay algo más en lo que podamos trabajar. Ambos se incorporan. La puerta del ascensor abierta, Gustavo le comenta hace mucho que no me habla de su hijo. Ella amaga abrir la boca pero solo se encoge de hombros. Se tropieza al subir al ascensor. Cierra sin mirarlo.


Llama desde el teléfono del consultorio al del estudio. Al escuchar la voz de Cecilia corta. No se reconoce, boludo como un adolescente. Va a la cocina. Encuentra sobre la mesada una nota de Juana: necesita dinero para comprar detergente y limpiavidrios.  Pone agua a hervir y se prepara un té.  Ana María tiene razón, él no quiere que se vaya Laura.  Primera paciente,  y primera, también,  que logró alcanzar el objetivo buscado en la terapia. Objetivos limitados.  ¿Hay un límite para los objetivos? Se instala con la taza en el escritorio. Inspira profundamente. Repasa  la ficha de Camilo. La semana pasada se fue tan enojado. ¿Vendrá?