viernes, 15 de agosto de 2014

173

Pensé mucho en lo que dijiste admite Mariana. ¿A qué te referís? A la causa por la que mi mamá me abandonó. ¿A qué conclusiones llegaste? Nada me cierra, se me confunden las fechas, las situaciones; ya no sé cuándo nos vinimos a Buenos Aires, ni cuándo regresó mamá. ¿Intentaste hablar con ella?  Mariana lo observa. Parece perpleja. Yo no hablo con mi mamá. Sin embargo le confías tu hijo. Solo cuando vengo acá; se lo dejo a las corridas y cuando lo retiro, Benicio llora tanto, que imposibilita cualquier intercambio. Gustavo sonríe. Tu hijo colabora con vos.  Ella amaga empezar a hablar pero termina riendo. Tenés razón, es un niño utilísimo cuando se quiere evitar el diálogo. El miércoles pasado comentaste que el nene había dormido toda la noche, ¿se repitió? Sí responde ella a condición de que me acueste con él. ¿Tu marido protesta? ¡Qué va!, a esta altura lo único que le preocupa es poder dormir tranquilo; no te olvides de que yo todavía no trabajo pero que él, cada mañana a las seis y media, se tiene que levantar. Todos contentos, entonces. Tengo que reconocer que también de día Benicio se está portando mejor. ¿Qué significa portarse bien?, ¿no reclamar? Ya hemos hablado de este tema pero yo no soy la madre Teresa de Calcuta; más allá del bienestar del nene pretendo, mínimamente, tener vida propia. Claro, te debe resultar muy difícil entregarle a tu hijo lo que suponés que tu madre no te dio. Lo que mi madre no me dio. No sabés qué paso cuando eras bebé. Si me hubiera querido de bebé no hubiera podido dejarme nunca. ¿Eso es lo que te preocupa?  Mariana lo mira. ¿Temés que si te permitís amarlo nunca más puedas alejarte de él? Ella se queda pensando un largo rato. Tenés razón admite me da terror depender de alguien. Los soldados no pueden permitirse debilidades. Ella lo mira fijo y luego pregunta si puede ir al baño. Te quería comunicar que en enero no voy a atender comenta Gustavo en cuanto ella regresa. ¿¡Cómo!?, ¿así me lo decís? A Gustavo lo sorprende la crispación de su rostro. Quizá debería habértelo advertido antes, pero con el tema de mi hija los días se me fueron pasando se justifica e inmediatamente se arrepiente de las explicaciones.  Deberías haberlo pensado antes de levantar el avispero; me hacés zambullir en la mierda de mi infancia y dentro de una sesión te mandás a mudar. Gustavo reconoce que el razonamiento es válido. No tuvo en cuenta los tiempos en la organización de sus estrategias terapéuticas. No tuve en cuenta nada, piensa, me largué a la pileta sin medir los riesgos. Si me necesitás podríamos, eventualmente,  seguir trabajando; en realidad no me voy de vacaciones. Yo no necesito a nadie declara ella, terminante solo que me fastidia tu falta de profesionalidad. Él podría explicarle que es la primera vez que tiene que contemplar las vacaciones desde que tiene consultorio pero solo calla.  Perdoname dice Mariana luego de una largo rato es que odio sentirme vulnerable sonríe y agrega y no me vengas con lo del soldado. Te pido que durante esta semana pienses en si precisás que, de alguna manera, continuemos con estos encuentros; quizás enero te venga bien para intentar acercarte a tu madre o a tu padre; clarificar tu infancia es el punto fundamental. ¡No trates de convencerme, encima, de que me abandonás por mi propio bien! exclama ella, sonriendo mientras busca su cartera y se incorpora.


Gustavo, mientras toma un té, se plantea si las vacaciones deben extenderse al consultorio. Yo disfruto atendiendo, piensa, por qué privarme de ello.  Sería maravilloso ocuparse de sus pacientes a tiempo completo;  poder dedicar todas las horas necesarias a evaluar el desarrollo de los distintos tratamientos, a diseñar estrategias. Desde la enfermedad de la nena que no dedica a su profesión más que las estrictas horas de las sesiones. Ya no llena las fichas, no controla las sesiones con Ana María. Mariana tiene razón : falta de profesionalismo puro. Sin embargo, siente que algo muy vivo y profundo surgió en su consultorio. Suspira y se levanta para atender a Camilo. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

171

Gustavo, ya en la calle, se pregunta qué va a hacer. Llama a Santiago. Media hora después lo ve entrar en Van Gogh. Ya ni me acuerdo la cara que tenías lo saluda su amigo ayer te dejé varios mensajes, pero nada. Tuve un día infernal en la fábrica. ¿Cómo está la mocosa? Mucho mejor; los análisis del lunes dieron bien, esta semana zafó de la diálisis, esperemos que se estabilice; ya anda corriendo por toda la casa pero todavía está muy flaquita, da lástima verla. ¿Con quién se queda? Hasta ahora con Cecilia pero mañana empieza a trabajar así que nos arreglaremos entre Juana y las abuelas. Chiflá cuando necesites, después de las seis estoy disponible, ¿te parece que vaya a cenar hoy? Gustavo niega con la cabeza. Es la última noche que pasa Cecilia en casa; mejor venite mañana así estamos más tranquilos. ¿Cómo es eso de que tu mujer se queda a dormir? Ya no es mi mujer contesta de mala manera. Me corrijo, ¿cómo es eso de que la mujer de otro se queda a dormir en tu casa? No tiene ninguna gracia lo que decís. No pretendo ser gracioso, es curiosidad pura, ¿duerme en tu cama? Parala, San. Santiago ladea la cabeza hacia atrás y tuerce la boca.  ¿Qué pasó con Natalia? pregunta luego de un trago de café. Ya no nos vemos. ¿Quién tomó la decisión? Yo, con la enfermedad de la nena no me quedaba resto para nada. Pero Martina ya está fuera de peligro le recuerda su amigo. Gustavo calla. Me parece que el que está a punto de ser comido por la fiera sos vos. ¿A qué te referís? No te hagas el pelotudo, hermano, te conozco demasiado, el problema es Cecilia no Martina. Gustavo  se restriega los ojos. Te juro que no sé dónde estoy parado. Mientras no te acuestes…  Dejate de boludear  Gustavo mira el ticket y deja el dinero quiero pasar por la fábrica antes del consultorio; tengo que arreglar las vacaciones, el fin de año se me vino encima. Ambos se paran. Santiago le pasa un brazo por el hombro. No te enojes conmigo pide. Gustavo cabecea  sos un pelotudo pero me conocés del derecho y del revés. Años, hermanito.

martes, 12 de agosto de 2014

170

Miércoles 19 de diciembre
Gustavo mira el reloj. Lo sorprende descubrir un 19. No puede creerlo. Menos de una semana para navidad, el fin de año cabalgando. Descubre, también, que todavía no habló con sus pacientes  ni con Ana María sobre las cercanas vacaciones.  Históricamente, en la fábrica, se tomó el mes de febrero. Pero todavía no habló con su viejo al respecto. Hoy es el día D, piensa, y se sorprende por pensarlo. Se despereza y se levanta. Va al baño. Se ducha, se afeita y regresa al dormitorio para vestirse. Ya ni puede deambular en robe.  Cuando pasa por el living descubre las sábanas revueltas. Revueltas y vacías. Abre la puerta de la cocina. Lo envuelve el aroma de las tostadas y el café. Escuché que te habías levantado lo recibe Cecilia. Él se sienta y ella le alcanza la taza. Ya le puse azúcar informa.  Gustavo unta la tostada con minuciosidad. Anoche hablé con Martina dice Cecilia. Gustavo deja el pan sobre el plato y la mira. Le expliqué que ella ya está mucho mejor y que ya no hace falta que me siga quedando; protestó un poco pero lo entendió.  A él le café se le revuelve en el estómago.  ¿Llegó Ricardo? pregunta. Ella lo mira desde una altura infinita, califica él. ¿Qué tiene que ver Ricardo en todo esto?, ¿te parece que influyó en alguna de mis actitudes desde que se enfermó la nena? agita la cabeza no entendés nada de nada. Él se siente tan avergonzado. Perdoname pide. No me quedo en esta casa porque cada minuto me resulta insoportable, te aseguro que solo por Martina pude sobrellevar la semana; mañana empiezo a trabajar, me iré temprano; ya arreglé con Juana, vendrá a las siete y media; después combinará con vos; mamá prometió pasar un rato todas las mañanas y la tuya, por las tardes; Nacho se comprometió a no dejarla nunca sola; es increíble cómo maduró. ¿Adónde vas a vivir? Por ahora en lo de mis viejos pero en cuanto pueda ocuparme me alquilaré un departamento con lugar para que se queden los chicos. Y para que se quede él dice Gustavo y se arrepiente antes de terminar de decirlo perdoname la intromisión intenta reparar el error pero no me cae muy bien que confraternice con mis hijos. Si esa es tu preocupación, quedate tranquilo dice ella con la voz crispada ya no tengo nada que ver con él luego se levanta diciendo me parece que escuché a la nena. Gustavo se queda sentado, incapaz de reaccionar. Instantes después ella regresa. Era Lacán informa no la deja ni a sol ni a sombra; quería decirte que sigue en pie mi ofrecimiento de aportar para los chicos. Se te va a complicar con el alquiler comenta él. Tengo unos ahorros, además en un año a mi viejo se le vacía un departamento, ya me lo ofreció. Gracias. Es lo menos que puedo hacer  dice ella y sale. 

lunes, 11 de agosto de 2014

169




Gustavo se sorprende de que el perro no acuda a recibirlo. Cecilia lo saluda desde la cocina. Él responde hola mientras se dirige al living. La mesa puesta para cuatro. Por suerte se fue mi suegra, piensa. Mi exsuegra, se corrige. ¡Vení, papi! lo convoca Martina desde el pasillo de los dormitorios. En un extremo Nacho, en el otro Lacán, Martina camina desde uno hasta el otro. Estoy practicando explica me dijo Grieco que tengo que ejercitar los músculos; por las dudas que me caiga, ellos me cuidan. Gustavo experimenta un cúmulo de emociones imposibles de decodificar. Besa a sus hijos y acaricia al perro. Martina se abraza a su cintura. ¡Qué bueno que viniste, ya estamos todos juntos! Regresa su sensación de que todo es un manejo de la nena pero se arrepiente al instante. Inconmensurable el costo para ella. Voy a lavarme las manos informa. Mientras se seca las manos escucha la voz de Cecilia. ¡A comer!, ¡rápido que se enfría! Gustavo no necesita que lleguen las fuentes para adivinar el menú. ¡Me hiciste el pollito, mami! ¡Hoy es un gran festejo!, ¡te tenemos en casa! Gustavo recuerda a Ana María y experimenta un ligero mareo. La abuela Susana me dijo que muchos pensaban que se iba acabar el mundo porque es el doce del doce del doce ¡pero por suerte no pasó nada! comenta la nena. Solo que los pelotudos de los bosteros decretaron que es el día internacional del hincha de Boca, ¡qué mierda se creen! ¡Nacho! lo reta Cecilia ¿qué es esa manera de hablar? Por qué no dejarse estar, disfrutar del instante. Ni el mañana tan incierto nos ha preocupado. Papi, ¿en dónde estás? interrumpe la nena sus pensamientos. Cuando levanta la vista del plato se topa con los ojos de Cecilia. Haciendo un esfuerzo se involucra en la conversación. Observa a Cecilia. Como pez en el agua, piensa y le molesta. Porque necesita reafirmarse en su rol ordena ¡a la cama, Martina!, ya tuviste demasiado baile por hoy. La nena se levanta de la mesa refunfuñando. Llevo los platos a la cocina y voy a ayudarte le dice Cecilia. Dejá, me ocupo yo la frena él, sin poder determinar qué lo pone más incómodo, si verla adueñarse de la cocina o de sus propios hijos. ¿Incómodo o celoso? Está terminando de lavar los platos cuando Cecilia entra a la cocina. Martina me pidió que me quedara dice. Ana María se lo advirtió, los hechos lo están asaltando sin que él tenga posición tomada. Gustavo cierra la canilla y se seca las manos. Pone el agua para hacer el café. ¿Me escuchaste? insiste ella. Gustavo siente una llamarada de rabia. Las dos lo ponen entre la espada y la pared. ¿Qué puede decir?, ¿tiene alguna opción? Resopla. También es incómodo para mí admite Cecilia. Él se encoge de hombros y levanta ambas palmas. Aunque sea por esta noche; yo tampoco me iba a ir tranquila. ¿Pensás que no puedo ocuparme de ella?, hace unos meses no consideraste lo mismo necesita él herirla. Cecilia cierra los ojos un instante y a Gustavo le da tanta pena. Entiendo tu rabia, tenés todo el derecho del mundo; valoro enormemente lo que hiciste por ellos, pero, ¿sabés una cosa?, yo tampoco me animaría a quedarme sola con Martina esta noche se abraza con ambas manos y añade tengo miedo. ¿Por la profecía maya? dice él con una sonrisa, intentando aflojar la situación. Desde que se enfermó que casi no duermo; en cuanto apago la luz empiezo a tener un miedo que poco a poco se va convirtiendo en terror; cuando me quedaba en la clínica, mil veces me levantaba para ver si respiraba; solo me aliviaba cuando entraban las enfermeras que me confirmaban que todo estaba bien; tantas veces creí que se nos moría, Gustavo. Nunca me dijiste nada. Lo único que te faltaba era hacerte cargo de mi pánico. Él gira porque no resiste mirarla. ¿Te sirvo un café? propone. Dale acepta ella mientras busca las tazas. ¿Me puedo quedar, entonces? Él asiente con la cabeza. Le voy a avisar a la nena y vuelvo. 


Gustavo se levanta para ir al baño. Hizo mal en tomar tanto café. Orina y, cuando sale, recorre el pasillo. La puerta de Nacho, cerrada. Martina, el velador encendido, duerme. Está por retroceder cuando avanza hacia el living. Cecilia tampoco apagó la lámpara. Gustavo se recuesta en el marco de la puerta y la observa. Las dos manos bajo la almohada, la mejilla izquierda apoyada, la boca entreabierta. Gustavo cierra los ojos. Le duelen las manos de ganas de tocarla.

domingo, 10 de agosto de 2014

168

Hoy le dieron el alta a Martina inicia Gustavo la sesión. ¿A dónde la llevaron? A Gustavo le extraña la pregunta. A casa, por supuesto contesta. ¿Quién va a cuidarla? Entre todos. ¿Quiénes son todos? Yo, en primer lugar; Juana viene todos los días y además está mi vieja y Cecilia, claro. O sea que Cecilia se va a instalar en su casa. Yo no estoy diciendo eso. ¿Cuidará a la nena a control remoto? Gustavo hace un gesto de fastidio. No estoy de humor para bromas. Es una característica suya obviar las situaciones hasta que se le imponen. Gustavo recuerda las advertencias de Ana María y su confusión ante el intempestivo regreso de Cecilia. ¿Cecilia está en su casa ahora? Sí. ¿Qué sucederá cuando usted llegue? Gustavo se queda desconcertado. Todavía no lo pensé admite. Es una buena oportunidad comenta ella. Supongo que Cecilia se irá en cuanto yo llegue. Ajá comenta ella. ¿Qué cree usted que debería hacer yo? pregunta él sumamente irritado. La sonrisa de Ana María aumenta su fastidio. No importa lo que yo crea sino lo que usted sienta. Soy un imbécil, piensa Gustavo, llevé más agua para su molino. Como si yo supiera lo que siento admite. Solo intento conectarlo con sus auténticos sentimientos para que, cuando llegue el momento de actuar, no sea solo producto de sus impulsos. Tiene razón acepta a su pesar cuando estoy con ella trato de congelarme; habría sido imposible atravesar  la enfermedad de la nena si, además de la angustia por ella, hubiera estado pendiente de lo que Cecilia me generaba. Sin embargo la crisis ya pasó insiste Ana María y por lo que usted relata pudieron atravesarla codo a codo. Los ojos de Gustavo se llenan de lágrimas. Ana María agrega ¿qué sintió por ella durante todos estos días? Admiración es la primera palabra que acude a su mente noches y noches sin dormir, llorando entre mis brazos en un instante y en el siguiente sonriendo frente a la nena; siempre pendiente de Nacho  hace una pausa, le duele decirlo siempre pendiente de mí; hoy, por ejemplo, mientras desayunábamos en la clínica me preguntó por mi consultorio; yo le comenté que tenía ganas de dedicarme a tiempo completo y ella me dijo que ahora ganaba muy bien y que podía hacerse cargo de los gastos de los chicos mientras yo iba consiguiendo más pacientes. Quizá Cecilia considera que llegó el momento de que ella asuma sus responsabilidades. Él se yergue en el sillón. ¿Qué quiere decir? Tal vez ella reconoce que al imponerle una familia lo obligó a relegar su profesión y quiere, ahora, ayudarlo a recuperar el tiempo perdido. Gustavo esconde la cabeza entre las manos esta de ahora es la Cecilia de siempre, no sé qué mierda le pasó todos estos meses. Ana María le ofrece agua. Beben. ¿Evaluó aceptar su ofrecimiento? Ocurrió esta mañana, todavía no tuve oportunidad para pensar. La tiene ahora. Él la mira, confuso. ¿Usted considera que tengo que aceptar? Ana María agita la cabeza. No insista. Gustavo, no es una decisión que me competa, no soy yo la involucrada. Él experimenta una suerte de vértigo. Como si el cuerpo se le hubiera llenado de aire y comenzara a ascender. No me puedo ver de otra manera que yendo a la fábrica todas las mañanas.  Protestando  dice ella y ante las cejas levantadas de él añade usted bien sabe que todo mal tiene sus beneficios secundarios sonríe ampliamente y dictamina dejamos aquí por hoy. Él trastabilla al levantarse.

Gustavo, la mano sobre la llave, no se decide  a girarla. Abrumador descubrir que tiene el poder de modificar su vida. Tanto más fácil atribuir a otros la responsabilidad. Cómo puede ser que sus pacientes, por momentos, le resulten transparentes y que sea incapaz de mirarse a sí mismo con sinceridad. Pone el auto en contacto. Busca entre los CD y elige uno. Arranca. Cuadras después decide encender el reproductor. No debemos de pensar que ahora es diferente. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

166

Estuve hablando con mi tío Raúl dice Joaco luego de charlar durante un buen rato de las cuatro materias que se lleva a examen. ¿Sobre qué? averigua Gustavo. Le pregunté de cuando eran chicos; me contó que el abuelo era muy severo, superexigente y que su favorito era mi viejo; el tío era como yo, el de repuesto, será por eso que siempre nos entendimos. ¿El de repuesto?, ¿Raúl lo dijo? No, yo. ¿Qué significa?  El chico baja la vista. Me da vergüenza contarte. Gustavo en silencio, espera. Cuando era chico pensaba que si mi hermano se moría me iban a prestar atención a mí; que lo habían tenido a él cuando se dieron cuenta de que yo venía fallado; mirá lo que te digo, soy un pelotudo. ¿Intentaste hablar con tu padre? Él no puede entenderme; él forma parte de los de arriba, de los que en todo son de diez. No creo que para tu padre haya sido fácil cumplir con las exigencias paternas; no es sencillo hacer siempre todo bien. El chico lo mira con atención. ¿De veras creés eso? Sí, preguntáselo a él; Raúl nunca sabrá lo que es estar en ese sitio; sería interesante que también intentaras conversar con tu hermano; ningún lugar es fácil en una familia. Se van a reír de mí. Quizá se sientan aliviados de poder compartir con otro sus propios padecimientos. Joaquín se queda un largo rato en silencio. Lo voy a pensar dice.


En casa de herrero, cuchillo de palo. Nunca más cierto un dicho.  Jamás charló con su padre. Comparte con él nueve horas diarias desde hace quince años y sin embargo no tiene la más remota idea de qué pasa por la cabeza de su viejo. Pobre Joaco, le está exigiendo a los diecisiete lo que él a sus treinta y cinco es incapaz de encarar. Recuerda a Ana María. Ella lo está cercando. Quizá no vaya hoy. Quiere regresar más temprano para ver cómo se organiza con Martina. No seas pelotudo, Gustavo, se dice, lo que tenés es miedo. 

viernes, 1 de agosto de 2014

163

Benicio durmió toda la noche informa Mariana en cuanto se sienta. ¿Qué hiciste de distinto para que esto sucediera? pregunta Gustavo. Me acosté en la cuna con él, pensé que era por un ratito pero cuando abrí un ojo eran las seis de la mañana; él todavía dormía; lo estuve observando un largo rato; es tanto más lindo cuando no llora; por primera vez desde que nació lamenté no haberlo amamantado; ni bien se despertó me sonrió; se me cayeron las lágrimas, pobre hijo mío, por qué no podía quererlo como él se merece. Gustavo se queda reflexionando unos segundos. Luego comenta es alentador como utilizaste los verbos. No comprendo. Dijiste ¨no podía quererlo¨, usando el pretérito, sin embargo, con respecto al nene, empleaste el presente ¨merece¨; eso me hace pensar que quizá sentís que tu imposibilidad desapareció mientras que reconocés que los derechos de él siguen  vigentes. Ahora es ella la que se queda pensando. Desde el embarazo temí no poder quererlo. Gustavo busca su mirada. Recién al conseguirla, dice cuando era chiquita, ¿creías que tu mamá no te quería? No sé qué suponía en ese momento pero mirándolo retrospectivamente, es obvio que si me hubiera querido no se habría alejado de mí durante años. ¿Alguna vez le preguntaste los motivos? Ya te conté, los padres estaban enfermos. Ahora no sos una nena, sino una mujer inteligente con una profesión en tu haber, ¿seguís considerando que ese es un motivo plausible? Ella lo mira, parece sorprendida. Parecería  que no contesta en voz muy baja. Sin embargo, no te interesa conocer los reales motivos. Yo no dije eso lo corrige ella y luego de una larga pausa agrega asumo que la causa debe ser lo suficientemente dolorosa como para que hayan decidido ahorrármela. Pero a Benicio no logran engañarlo. Me parece que te estás desbarrancando. Tal vez el nene percibe la endeblez de tus cimientos  e intenta obligarte a abrir los ojos. Mariana se incorpora. Demasiadas hipótesis por el día de hoy; ¿estás seguro de que estás habilitado a decir cuanto pasa por tu imaginación?, ¿evaluás los costos de tus enunciaciones o solo pretendés lucirte ante vos mismo? Mariana busca la cartera. Nos vemos el miércoles anuncia y  se dirige a la salida. Gustavo, desconcertado,  la sigue, pero la puerta se abre y se cierra antes de que él logre reaccionar.


Gustavo se apoya en la pared del pasillo y cierra los ojos. No, no sabe si está habilitado. Mariana tiene razón: está actuando movido por impulsos sin evaluar previamente las consecuencias de sus intervenciones. Por suerte Ana María no puede verme, piensa y resuelve que, por el momento, no le contará lo que está modificando en su consultorio. Suspira hondo y va hasta la cocina. Precisa un buen café.