lunes, 21 de octubre de 2013

59

¿Viste que lindo día? pregunta el chico es que el viernes empieza la primavera. Es cierto dice Gustavo y descubre que lo había olvidado ¿lo vas a festejar? Claro, como todos las años, ¿por qué este año no habría de festejarlo? Gustavo lo mira fijo, en silencio, un largo rato. El chico le sostiene la mirada.  Vamos a la quinta de un compañero, la misma de siempre dice de pronto y baja la mirada al agregar el año pasado no pude ir.  ¿Por qué? pregunta Gustavo preparándose para un exabrupto. Estaba internado contesta Camilo casi en un susurro. ¿Estuviste mucho tiempo internado? No me acuerdo. Si no te acordás seguramente fueron unos pocos días intenta Gustavo. Camilo  agita el puño, la palma hacia arriba, los dedos juntos. Sí, seguro, la primera vez estuve como dos meses; la segunda, en Estados Unidos, casi quince días. ¿Te operaron dos veces? Sí, pero no me quiero acordar. ¿Por qué?  Camilo lo mira con rabia ¿qué te pensás?, ¿qué la pasé de diez? Me imagino que no dice Gustavo lamentando haber transportado al chico desde el picnic de la primavera hasta la cama de hospital. Se sirve agua y le ofrece a Camilo. Beben los dos. ¿Dónde queda la quinta? pregunta. El chico se encoge de hombros. Ni idea dice.  Gustavo percibe, con pavor, que su mente se ha quedado en blanco. No sabe qué decir, no intenta siquiera pensar qué decir. Se instala el silencio. No de segundos, corren los minutos. Gustavo siente que nunca podrá volver a hablar. Camilo juega con su celular. Lo pone y lo saca del estuche, la vista baja. De pronto lo mira con intensidad. Fue un infierno dice te juro que si hice algo mal ya lo pagué; bah, ese fue el anticipo, ahora lo sigo pagando en cuotas. ¿Creés en Dios? Si, justo, ¿te parece que puedo creer en Dios después de lo que me pasó? Quién tengo adelante, se alerta Gustavo, ojo con este pibe, no me perdonará una simpleza. ¿Hablás con tus padres de lo que sentiste en esa época? Camilo agita la cabeza. ¿Para qué?, todos la pasamos mal.  A lo mejor te alivia contar lo que padeciste. Lo que quiero es olvidarme. ¿Y podés? No, cómo voy a olvidarme si todavía me duele. Nunca comentaste nada, qué te duele. Todo; ¿te animás a ver? Por supuesto contesta Gustavo. Estoy asustado, piensa. El chico se levanta el pantalón. La pierna tiene la forma normal pero es un rosario de cicatrices. Gustavo se asombra de haber pensado en un rosario. Vaya con Dios, se tomó vacaciones.  Te dio asco, ¿no?, seguro que te dio asco. No, ¿por qué habría de darme asco?, se ve que ya está todo completamente cicatrizado; ¿a vos te daba asco? Al principio no quería mirarme pero cuando empecé a bañarme no me quedó más remedio que mirar; antes estaba mucho peor, mi mamá al principio tampoco se animaba a mirarme, tenía que curarme mi papá; pero en Houston me mejoraron bastante; me hicieron una microsurgical reconstruction, ¿sabés inglés? Bastante  contesta Gustavo. Cuando mi papá se volvió, era yo el que hablaba con las enfermeras y los médicos, mi mamá se ponía tan nerviosa que no entendía nada, eso que estudió muchos años. ¿Vos hablabas con los médicos? Sí, a veces estaba mi tía que vive allá, estuvimos en su casa más de un mes. ¿Te dolía mucho? No te lo puedo explicar, quería morirme, le pedía a mi papá que me matara; una vez intenté asfixiarme con la almohada pero no funcionó. Gustavo siente un sudor frío que le moja la camisa. Ojo con este chico, se repite. ¿Por qué no funcionó? pregunta mientras se abotona el chaleco.  Cuando me empecé a ahogar tiré la almohada a la mierda. Será que en el fondo no querías morirte. No podía pensar en nada, estaba tomado por el dolor, como las películas de los demonios. ¿No te daban calmantes? Acá me daban morfina, no sabés cómo esperaba que llegara la enfermera, se terminaba todo, a veces me reía de mi dolor pero después él volvía más furioso; cuánto más lo sacaban cuando volvía inventaba una tortura peor. ¿Cómo te defendías?, ¿llorabas, gritabas? Al principio sí pero después para lo único que me servía era para que mis papás se pusieran mal. ¿Estaban siempre con vos? Siempre, a veces uno a veces los dos. ¿Y cuándo intentaste ahogarte con la almohada? Mamá se había quedado dormida en la silla, pobrecita; pero después el dolor se fue aliviando un poco, o será que me acostumbré; pero cuando fui a Houston fue peor todavía; yo le pedía morfina al médico pero me explicó que  el dolor me iba a acompañar mucho tiempo, era muy riesgoso que me acostumbrara a la morfina; me dieron otras cosas, claro, pero como la morfina no hay, te deja como volando y sos feliz, por un ratito sos feliz. ¿Y ahora cómo estás? Me parece que nunca más voy a ser feliz. ¿Por el dolor? Eso es lo de menos, me duele pero se aguanta. ¿Y qué es lo demás? Ya no puedo estar contento. ¿Porque no podés caminar bien? Sí, también por eso. ¿Y por qué más? No sé, a lo mejor porque ya no creo en Dios. Camilo mira el reloj. Qué raro que no vino mi papá, se pasó dos minutos. Busca las muletas, se para y se acerca a la ventana. Te dije dice sonriente está abajo. Cuando está saliendo dice estuvo buena la fiesta.


Hola, pa, recién llego contesta Nacho. ¿Está Juana? verifica Gustavo. Sí, está planchando, ¿querés que le diga algo? No, dejá, ¿comiste? Sí, un sándwich en el cole. ¿Te fue bien? Como siempre. Decile a tu hermana que me mande un mensajito en cuanto llegue. Dale. Gustavo ya no sabe de qué hablarle. Llamame si precisás algo ofrece.  ¿No te molesta cuando estás trabajando? No te preocupes, lo tengo en vibrador  le aclara. Gustavo descubre que su hijo, en seis meses, no llamó ni una sola vez. 

viernes, 18 de octubre de 2013

58

Laura, otra vez, con atuendo deportivo. Parece que aprobó a su personal trainer. No estuvo mal dice ella, sonriente. Estuvo bien, entonces la corrige él. Sí, bastante bien. ¿Qué fue lo que no funcionó? Nada, no sé por qué me lo pregunta. Por su bastante. Ella se encoge de hombros. Bah, es una manera de decir. Debo insistir, se dice él y vuelve a la carga ajá, ¿quién no estuvo del todo bien?, ¿ella o usted?  Laura se muerde el labio. No me enrede con juegos de palabras; estuvo muy bien, solo que me costó seguirle el tren. ¿Cómo es eso?  Laura se vuelca sobre el respaldo. Me hizo dar mil vueltas alrededor del parque, yo ya no podía más; claro, mucho tiempo sin hacer gimnasia; con esto del libro llevo meses sentada; cada vez que empezábamos una vuelta, dudaba de poder terminarla. ¿Ella no le preguntó si estaba cansada? Sí, claro, al terminar cada circuito. ¿Entonces? Yo le decía que no. ¿Por qué le mentía? Laura resopla, se la ve fastidiada. Usted magnifica todo; ahora resulta que yo le miento a mi hija. Gustavo entrecruza las manos y se echa atrás en su sillón. No debo abandonar, piensa. Le cambio la pregunta, ¿por qué no quiso confesarle que estaba cansada?  Ella inspira profundamente, endereza la espalda. Vio como es la gimnasia, hay que resistir; lo peor es que después de dar todas las vueltas que ella consideró adecuadas fuimos a su gimnasio y me martirizó con los abdominales; creí que iba a reventar. Él  gira los dedos entrecruzados mientras comenta pero no podía pedirle clemencia a su hija, quizás porque eso hubiera sido admitir su debilidad. Sonriente le pregunta ¿cuándo terminó la sesión de tortura? Laura también sonríe al contestar cuando María dijo: me parece, mamá, que ya es demasiado por hoy, la verdad es que estás bárbara. Y eso a usted la puso feliz. Ella agita la cabeza. No, eso me hizo sentir que la estaba engañando; yo sabía que lo iba a pagar caro, de hecho, al día siguiente no me podía mover. ¿Qué podía pasar si por una vez mamá abandonaba su omnipotencia? Estoy vieja dice Laura encorvando la espalda.  Debió ser extraño descubrir un ámbito en el cual su hija la superara. Es cierto admite ella no es solo cuestión de edad; la veía moverse con una elasticidad que le desconocía; todos sus movimientos eran sensuales. ¿Sensuales? Sí, si por sensuales entendemos el placer; parecía que mi hija disfrutaba de lo que estaba haciendo. ¿Parecía? él adelanta la espalda hacia ella ¿por qué le resulta tan difícil aceptar que su hija hace lo que hace por ella misma no en contra de usted? Laura se sirve un vaso de agua, lo toma hasta la última gota.  Después comenta comenzaron a llegar cinco o seis mujeres de mi edad, si viera con qué afecto la saludaban; tiene muy lindo puesto el gimnasio.  ¿Usted no lo conocía? No, hace poco que lo alquiló; le quise pagar la clase pero no hubo caso; insistí hasta que se impacientó; dejame que yo haga algo por vos, me pidió ya de mal modo; pero yo no quiero robarle su tiempo. Qué hueso duro de roer piensa Gustavo y agrega ¿tanto le cuesta admitir que puede recibir de su hija algo que usted no le podría dar? Laura se apoya en el respaldo. Usted me cansa, Gustavo, y no quiero decir que me aburre ni que me impacienta, me cansa, me agota pensar en lo que no quiero pensar. ¿En qué no quiere pensar? Siempre sentí que mis hijos eran prolongaciones mías, como un embarazo eterno; parte de mi cuerpo, alimentados por mi sangre, sus corazones latiendo impulsados por el mío; mi vida garantizaba la de ellos; no podía darme el lujo de dejar de respirar. ¿Y ahora? Ya no me necesitan  dice y se abraza a sí misma con ambas manos. Sí, es cierto, ya no la necesitan para respirar. No es solo eso, son autónomos; mi vida o mi muerte no afecta la vida de ellos. No comparto su opinión; por supuesto que si usted se muere sus hijos seguirán viviendo pero su vida sería menos rica; todavía tiene mucho para darles, sus nietos aún no empezaron a nacer. El celular de Laura suena. Perdón pide mientras lee un mensaje de texto. Sonríe mientras teclea. Era Paula dice me pregunta qué le gusta más si el dulce de batata o el de membrillo. ¿Y usted que le contestó? Batata; desde chiquita le gusta más el de batata y nunca se acuerda.  Gustavo sonríe ¿ve que todavía no puede morirse?, ¿cómo sabría ella lo que tiene que comer? Los quiero tanto que duele dice mientras se restriega los ojos con ambas manos. ¿No sería mejor que aprendiera a quererlos sin dolor?, ¿qué se permitiera solamente disfrutar de su amor?; están grandes, Laura; ya los crió; trate de confiar en su producto; disfrute de su  producción que, por lo que cuenta, no es tan, tan mala. Laura baja la vista, entrelaza las manos. No se burle de mí, Gustavo. Tenemos una dura tarea por delante: en el momento en que admita que no son un defecto suyo sino ellos mismos, disminuirá su angustia y, al mismo tiempo, ellos dejaran de portar el dolor inextinguible de saber que no son lo que su madre deseaba. Lo que me dice me está matando. No es lo que yo digo, es lo que usted dice. Me voy anuncia Laura levantándose ya es demasiado por hoy. Las palabras de María le recuerda él. Ella mueve la cabeza.  Le prometo que voy a pensar en todo lo que me dijo.


No debo pensar, se indica Gustavo, ni en mí como hijo ni en mí como padre, no es el momento, como a Laura, me puede matar; deberé estar atento con Ana María, siempre al acecho pero cuando termina de pensarlo decide: soy un imbécil, como puedo estar frente a un consultorio cuando yo mismo me planteo despistar a mi analista. Va hasta el baño. Se mira en el espejo. Doy lástima, opina. Se moja la cara. La hunde en la toalla y se presiona los párpados. Ya en el escritorio revisa la ficha de Camilo. ¿Habría ido a la fiesta?

jueves, 17 de octubre de 2013

57

Miércoles 19
El despertador hiere sus oídos. Gustavo enciende el velador. Se despereza. Se sienta en la cama buscando fuerzas para levantarse. Recién logró dormirse a las tres, ¿cómo enfrentará su día?  Lacán le lame los dedos de los pies. Él lo empuja con violencia. El perro se va agachando la cabeza, la cola entre las patas. Pobrecito, piensa Gustavo, pero no tiene energías para llamarlo. Va al baño. Orina largamente. Se mira en el espejo. ¿Me afeito antes o después?, se pregunta. Instantes después la maquinita se desliza por sus mejillas. Luego va al cuarto de la nena.  Levanta las cortinas.  Se sienta en la cama y le hace cosquillas. Un rato más, mami  pide Martina, tapándose con la frazada. Gustavo inspira profundamente. Que abra los ojos mi muñequita pide. La nena se incorpora con presteza.  Papi, ¡sos vos! Martina se levanta. Sobre la silla la ropa de gimnasia que Cecilia dejó preparada. Gustavo abre la puerta del cuarto de su hijo. Desde allí indica arriba, Nacho. Como no obtiene respuesta insiste arriba, hijo. Ya voy contesta el chico sin abrir los ojos. Gustavo se dirige a la cocina. Controla la lista adherida a la heladera. Nesquik tibio para Martina, frío para Nacho. Introduce dos rebanadas de pan en la tostadora, él desayunará con Santiago. Minutos después los tres están sentados a la mesa de la cocina. ¿Me hacés otra, papi?, con frutilla pide Martina. Come la mía dice Nacho no tengo hambre. Gustavo entonces lo mira. El pelo rubio, revuelto, los ojos con sueño. Qué lindo está. Se parece tanto a ella, piensa. Siente el impulso de acomodarle  el cabello pero lo reprime. Ya es demasiado grande.

Se fue ayer a la tarde informa Gustavo. Santiago traga un trozo de medialuna. Con la boca aún llena pregunta ¿cómo fue la despedida? No sé; por una vez preferí estar en la fábrica que en casa; ¨acompañala a Ezeiza¨ me insistía mi viejo. Le contaste que se iba. Sí, pero solo por el trabajo; lo mismo que a mi madre, pero me parece que ella mucho no se lo traga. ¿Cómo estás? Aliviado, la última semana fue insoportable; me fui a dormir al living. ¿Qué le dijiste a los chicos? Que tenía trabajo para hacer y que no quería despertar a la mamá; odio mentirles, mirá que sicólogo trucho; es que no soy yo el que tiene que dar explicaciones; cuando Cecilia regrese será la encargada de dar la cara; es una hija de puta, los dejó así, sin más Gustavo mira el reloj tengo curso explica justo en miércoles me toca debutar de hombre orquesta; en fin  Gustavo llama al mozo subordinación y valor.


Gustavo participa activamente de la clase. Sí, está mejor. Le sobreviene una punzante lucidez. El profesor parece sorprendido. Habrá creído que yo era un imbécil, piensa Gustavo. Al salir lo deslumbra el espléndido mediodía de invierno. Hoy es el primer día del resto de mi vida. Qué lugar común. Aunque en realidad, sí. Su vida cambió. No tengo mujer, se dice y después piensa que le sacaron algo. La costilla de Adán. Se llevó mi costilla, decide, por eso me duele el pecho. La falta. Me falta. Cuando la conocí aún no estaba terminado. Ella me modeló. Ella me sacó algo mío y rellenó el agujero con abrazos; me dio comida y cobijo como la Edurne de Serrat. Pollo al curry, sábanas perfumadas. Recuerda la primera vez. Estaban estudiando  en un bar y se cortó la luz. Vayamos a casa, propuso él, sin recordar que había dejado todo hecho un quilombo. Hacia allí fueron. En el ascensor comenzaron a besarse, hasta ahora solo castos compañeros. Al llegar al décimo piso, ardían. Él fue al baño a verificar la existencia de eventuales preservativos. Cuando salió, su casa ya era otra. Ella era un hada que con su varita había hecho la cama con pericia de enfermera, había recogido la ropa del piso y la había doblado sobre la silla. Desde ese primer segundo, ella se había hecho cargo de él. A cambio de su costilla, claro. Ella no tenía aún los diecinueve. Final de neurofisiología.  Y sobre las sábanas prolijamente estiradas, para infinita sorpresa de él, ella dejó la huella de su virginidad perdida. Se manchó hasta el colchón. Ella luego, aún desnuda, trató con cepillito de uñas y jabón, arrodillada, de borrar los rastros. Fue inútil. Quedó la aureola. Quizá por eso él nunca quiso cambiar esa cama, en la que habían dormido juntos durante quince años. Como un pacto mágico. Tal vez ahora desapareciera la mancha. Cuando volviera a su casa lo iba a verificar. Mil momentos como este quedan en mi mente. Mira hacia arriba. Lo cobija el techo verde de Melián. Pone la llave en la cerradura. Lleva en la mano una bolsita con dos empanadas. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

56

Veni, papi. Gustavo se desembaraza de Lacan y se dirige a la cocina. La nena, en un banquito, revuelve la cacerola con una cuchara de madera. Cecilia, el pelo recogido con una gomita, delantal, cuela el arroz en la pileta. Una nube de vapor asciende hacia su rostro. Él besa a la nena en el cabello. Lo hice casi sola. Cecilia lo mira, sonriente. Hola le dice él mientras tira la pastilla en el cesto.

Gustavo, sentado en su lugar, usando su servilleta, observa a su familia.  A mi exfamilia, piensa. Nacho conversa animadamente con Cecilia, sobre la fiesta que tendrá el próximo sábado. Martina pasa el pan por la salsa. Qué rico que me salió dice viste, papi, qué suerte, cuando mami se vaya a Chile yo ya puedo cocinar.  La cabeza de Cecilia gira pero cuando nota que Gustavo la está mirando desvía rápidamente la vista. Nacho aparta el plato a medio comer.  Me voy a bañar  informa mientras se levanta.  Mami, cuando vuelvas lo vas a encontrar a papi más gordito. Ahora sí, las miradas de Gustavo y Cecilia coinciden.


Gustavo se está secando cuando toma una decisión. El piyama se resiste a deslizarse sobre su cuerpo todavía húmedo. Lo tironea. Cuando entra al cuarto Cecilia se está desvistiendo. Él gira instintivamente la cabeza.  Dame unas sábanas para el sillón del living pide. La cabeza de Cecilia emerge del camisón.  ¿Por qué?  Y vos me lo preguntás… ¿será porque me cansé de compartir la cama con la amante de otro hombre?; ¿dónde están? reclama de muy mal modo, momento en el que repara que ni siquiera  sabe dónde se guardan las sábanas. No quiero que te vayas dice ella. ¿Me estás tomando el pelo?  Ella se acerca y le apoya las manos en los brazos. Tratemos de aprovechar los días que nos quedan. Él se aparta. ¿Estás loca o lo hacés de jodida? Bajá la voz pide Cecilia y luego agrega yo te sigo queriendo. Gustavo siente que las piernas se le aflojan. Tengo ganas de pegarle, piensa. Traga saliva y dice ¿te das cuenta de lo que me estás haciendo?, te vas a Chile con tu amante, abandonás a los chicos y en lugar de ayudarme a cortar lo que me une a vos, decís que me querés para que yo no pueda desprenderme del amor que te tuve.  Ella se echa el cabello hacia atrás. Tenés razón dice perdóname. ¡Papi! grita Martina ¿me traés soda? Gustavo va a la cocina. Cuando regresa del cuarto de la nena, el sillón está abierto y la cama hecha. Se está metiendo entre las sábanas llenas de princesas cuando escucha los pasos de Cecilia. ¿Tomamos un café? propone.  Él quiere no estar, desaparecer, dejar de existir pero la sonrisa de Cecilia, camisón rosa, chinelas, cabello alborotado, es irresistible. Busca las pantuflas y se incorpora. La sigue a la cocina. No te voy a preguntar cómo estás porque te vas a enojar pone el agua y el café en la máquina, saca los pocillos de la alacena; luego agrega pero necesito saber qué pensás, qué sentís. Claro, porque me querés dice él con sorna. Aunque no puedas entenderme, te quiero tanto como siempre. El rostro de Gustavo se crispa. Lo único que conseguís así es irritarme; accedí a este café porque los días van corriendo y todavía no solucionamos lo operativo. ¿Querés que los chicos se queden aquí? pregunta al tiempo que sirve el café. Gustavo la mira desconcertado, ¿esa es la mujer con quien vivió durante quince años? Se clava las uñas en la palma de la mano. Por lo visto considerás un dato menor el hecho de no desarraigar a tus hijos; ¿te parece sumarle a tu ausencia un cambio de decorado?; malditas las ganas que tengo de hacerme cargo de chicos y casa pero no se me pasa por la cabeza sumarles otro dolor: Cecilia, ¿tan loca estás que ya no te importa lo que les pase? Ella lo mira con intensidad al decir no te esfuerces porque no conseguirás hacerme sentir que los abandono; me voy solo dos meses y los dejo en buenas manos, ya sean las tuyas o las de las abuelas apura de un trago su café el que más me preocupa es Nacho.  A él le sorprende el comentario.  ¿Nacho?, a mí me aflige más Martina.  Cecilia sonríe con sorna.  Por eso me preocupa Nacho. No te entiendo dice él mientras siente una opresión entre las costillas. Vos solo pensás en la nena, Nacho no forma parte de tu  mundo. La opresión ya es una garra.  Vos sí que  pensás en ellos. Sí, hace catorce años que son el centro de mis pensamientos, los dos por igual, porque yo nunca hice diferencias entre mis hijos. ¿Qué querés sugerir? No lo sugiero, lo digo, lo afirmo, lo firmo; vos no los querés igual; ¿no te diste cuenta todavía?  Gustavo quisiera poder contestarle que no es cierto, que es un infamia pero solo dice ¿te parece que este es justo el momento para que deliberemos sobre mis deficiencias paternas cuando a vos te ne frega lo que les pase; sí, vos sos muy ecuánime porque te importa tan poco una como el otro; tratemos de centrarnos en los temas de índole práctica, horarios, instrucciones.  Cecilia lo mira, con desprecio, cataloga, Gustavo, y dice ya vengo mientras abre la puerta. Regresa al rato con un cuaderno. Se sienta, lo abre y toma un trago de café. Está frío comenta, lo mira y explica te anoté los horarios de las actividades; todos los números de teléfono que puedas precisar; los remedios que toman para cada malestar; las fechas de las próximas pruebas, las reuniones de padres, las citas con el dentista; con Juana ya hablé, le dejé los menús preparados para todo este tiempo; ya llené el freezer y el placar del baño explota de dentífricos y champús; ahora te muestro donde dejé unos regalos para los eventuales cumpleaños de los amigos. Gustavo está azorado, nunca pensó que fueran tantas las cosas en las que había que pensar. El hogar transformado en una PyME. ¿Y se supone que él debe ocuparse de esa infinidad de ítems? Una pesadilla. Creo que no faltará nada dice Cecilia, satisfecha.  No, quedate tranquila, solo faltarás vos. Los ojos de Cecilia se humedecen.  Mejor me voy a dormir  dice y sale. Gustavo deja las tazas en la pileta. Apaga la luz.

lunes, 14 de octubre de 2013

55

No sé por dónde empezar arranca Gustavo estoy agotado. Ella solo sonríe. Tantos problemas que optar por alguno es como exigirle a una madre que elija cuál hijo quiere salvar. Analizar esa sola frase daría para un par de sesiones. ¿Por qué? inquiere él, sorprendido. Si ya se asume como madre será que la separación se aproxima; me temo que está sumando a sus hijos biológicos, sus pacientes; ¿cree que esta profesión nos hace omnipotentes?; usted debe ser capaz de realizar una elección sabia  y deposita en mí la obligación de salvar al elegido, ¿no será demasiado?, somos solo seres humanos no dioses. Daniela acaba de decirme que Dios me había puesto en su camino. Gustavo le cuenta lo sucedido en la sesión. Ya sé que me va a retar dice Gustavo cuando concluye. ¿Por qué habría de retarlo? Violé las leyes del análisis: terapia que no se paga, terapia que no sirve. Una analista percibe cuando su trabajo sirve, cuando su trabajo es necesario, más allá de los honorarios. ¿Qué hubiera hecho usted? No importa qué hubiera hecho yo, importa lo que hizo usted, lo que decidió usted; tampoco en el análisis existe la obediencia debida. Eso va en su propia contra, se supone que debo obediencia a mi control. Ambos comparten la sonrisa. Él aprovecha la pausa para desviar la atención de Daniela y le cuenta lo sucedido con Camilo. Me sorprenden sus recursos comenta ella. Él se pone a la defensiva ¿en qué me equivoqué? ¿Qué es un recurso para usted? pregunta ella. Algo que se utiliza para obtener un determinado fin. ¿Cuál era su fin con Camilo? Que acepte su discapacidad pero en su exacta medida, que comprenda el límite de sus limitaciones, que reconozca su enorme potencial dice y luego calla. ¿Y en lo inmediato? Que fuera a la fiesta. Creo que el espejo fue un buen recurso, ¿cómo se le ocurrió? No sé Gustavo eleva los hombros lo estaba descolgando antes de pensarlo; necesité que se viera; es un chico demasiado bello. ¿Demasiado? Sí él abre y cierra las manos un exceso de dones concentrados en él, porque además es brillante. ¿Recuerda la anécdota de la escultura de Moisés? Él sacude la cabeza. Cuentan que tal era su perfección que cuando la terminó, Miguel Ángel la golpeó con su martillo, ordenándole que hablara; le provocó una marca en la rodilla que lo hace aún más humano. El auto se excedió en su propósito comenta Gustavo. Sí, pero el Moisés y Camilo siguen siendo notables dice ella y sin cambiar la inflexión de la voz propone volvamos a Daniela. El pulso de Gustavo se acelera. Me da la sensación de que usted necesita hacerse cargo de ella. ¿Lo dice por lo del dinero? No, desde el principio tengo esta percepción  Ana María lo mira con intensidad ¿qué es lo que tanto lo conmueve de Daniela?  ¿Le parece poco que tenga un hijo autista? dice él con rabia. ¿Usted tiene alguna persona querida con discapacidad emocional? No dice Gustavo no sigamos invirtiendo tiempo en el tema, le quiero comentar algo muy importante sobre María Inés.  Ella ladea la cabeza y dice lo escucho. Hoy se planteó la posibilidad de que su marido fuera gay. Usted lo vio venir desde la primera hora; ¿quiere contarme? propone. Gustavo se explaya. Lo que me desespera es que se van abriendo puntas que a su vez se bifurcan, no termino de detectar un conflicto cuando surge otro y queda abandonado el primero; así nunca lograré concluir un tratamiento. Luego de unos segundos de silencio ella dice el problema de tratar a los seres humanos es que con ellos fracasa el método científico; cuando uno quiere analizar una variable es imposible mantener constante las demás. Sí dice Gustavo somos amebas; emitimos permanentemente seudópodos en toda dirección oculta la cara entre las manos y comenta el miércoles que viene Cecilia ya no estará acá. ¿Se contactó con su terapeuta? pregunta ella.   contesta él le llevará meses recuperarse; me dejó el número de un reemplazante. ¿Llamó? Él agita la cabeza. No estoy en condiciones de empezar de nuevo. Ajá solo dice ella. Gustavo, súbitamente, se ilumina. ¿Le parece que podríamos modificar la modalidad del encuadre? ¿Cómo sería eso? Me temo que en este momento de mi vida, mis pacientes son el menor de mis problemas. Como él calla ella pregunta ¿qué quiere decir? Él se reacomoda; apoya los codos sobre las rodillas separadas. Luego de un rato dice iniciamos estos encuentros con el objetivo de que me supervisara en el inicio de esta profesión. Sí, lo se. No sé si usted estará de acuerdo en el cambio del rumbo dice él mirando el tapiz incaico. Hable claramente, Gustavo. Qué difícil me la hace señala él, levanta la vista y le sonríe ¿aceptaría convertirse en la analista de un hombre al que la vida se le está partiendo en dos? Ana María sonríe y comenta como usted sostiene, somos amebas, en permanente mutación; lo espero el miércoles próximo agrega mientras se levanta. Él se siente extraordinariamente aliviado. ¿Podría ser más temprano? solicita se me van a complicar los horarios con los chicos.


Cuando está por Cabildo, detenido ante el semáforo de Federico Lacroze, suena su celular.  ¿A qué hora llegás, papi? En cinco minutos, muñequita informa. Al bajar del auto se pone una pastilla de menta en la boca.

54

Daniela se sienta en el diván, la vista en la alfombra. Luego de un silencio prolongado Gustavo pregunta ¿cómo estás hoy? Ella se toma unos segundos y dice tengo que decirle algo. Te escucho. No voy a seguir viniendo informa ahora sí mirándolo. Él siente una puntada en algún lugar de sí mismo. Falló, otra vez falló, con Daniela también falló. La perdimos, había dicho Martina de Cecilia. Si ya ahí la había corregido internamente, ahora no le queda más remedio que admitir la perdí, a Daniela también la perdí. Se quiere ir de ahí. O echarla en ese mismo instante. Que se corte la luz. Un temblor de tierra. No tener que contarle a Ana María que una paciente lo dejó. Que los pacientes también lo abandonan. Inspira profundamente, exhala con lentitud y propone me gustaría que me contaras por qué mientras se clava las uñas en las palmas apretadas. Mi mamá me dijo que no puede seguir cuidando a Lucas, después de dar mil vueltas y excusas terminó confesándome que le da miedo, su único nieto de dos años le da miedo. Él podría proponerle que viniera con el nene, por qué no, sería interesante pero sabe que Daniela, como su madre, también está buscando excusas, la abuela no debe ser la única posibilidad de dejarlo por una hora, una vez en la semana.  Aceptá tu fracaso Gustavo, se dice. Entonces la mira con atención. Daniela está pálida, ojerosa, desencajada. Gustavo logra apartarse de su propia frustración y piensa en ella, sabe por propia experiencia qué difícil es enfrentar a un analista para interrumpir un tratamiento, intentará hacérselo lo más fácil posible. Le sonríe ampliamente. La cara de Daniela, como en automático, se distiende. Lo de mi mamá me mató, era la única en quien me podía apoyar; estoy sola con mi hijo. Está Ariel le recuerda él. Ella agita la cabeza. Con todo lo demás sí, pero no con el nene. ¿Con quién lo dejaste? Con mamá, con quién si no. Te lo cuida ahora para que puedas despedirte. Ella lo mira con extrañeza. No, un rato no tiene problema, a lo que no está dispuesta es a seguir haciéndose cargo del nene cuando voy a trabajar, todavía no puedo creer que mi madre tampoco lo quiera a Lucas. Gustavo entrecruza los dedos, gira los pulgares. Me parece, Daniela, que estás confundiendo las cosas, que tu mamá haya decidido que no tiene fuerzas para ocuparse de su nieto, no significa que no lo quiera. Ella frunce el ceño. ¿Las madres de todas tus amigas se hacen cargo de los nietos mientras sus hijas trabajan? Daniela se queda pensativa. ¿Cuántos años tiene tu mamá? Sesenta y dos. ¿Siempre te cuidó el nene? Ella hace un gesto afirmativo. ¿No te parece que una mujer de esa edad tiene derecho a estar cansada luego de cuidar dos años a una criatura todas las mañanas de su vida? Pero yo se lo llevo.  ¡Menos mal!  Daniela sonríe.  Él la mira con intensidad y le repite  que tu madre se anime a decirte que ya no tiene fuerzas físicas o anímicas no significa que no quiera al nene, de lo que viene dándote muestras hace dos años y medio. La sonrisa de Daniela, se extiende, la cara se le ilumina. Me parece que no es tu mamá el motivo por el cual decidís interrumpir el tratamiento arriesga él. Ella se pone seria de repente. Sí, si mi mamá no quiere Gustavo sonríe con intención y ella se rectifica no puede y continúa cuidarme más al nene yo no voy a poder seguir trabajando, imposible dejarlo en una guardería, y si no puedo trabajar, vamos a tener que ajustarnos con los gastos, sobre todo ahora que, más allá de la ayuda del certificado de discapacidad, deberemos afrontar el tratamiento de Luquitas. ¿Entonces? Entonces no voy a poder seguir pagándole. Gustavo siente que sus pulmones se dilatan. Inspira profundamente. Hubieras empezado por ahí dice. Ella lo mira extrañada ¿y por dónde empecé? pregunta. El cerebro de Gustavo trabaja a mil. ¿Vos quisieras seguir con el tratamiento? Claro contesta Daniela este es el único lugar donde no necesito mostrarme fuerte, nunca dejaré de agradecerle que me haya… obligado Daniela sonríe a reconocer que mi hijo es autista y que me haya impulsado a que  buscara ayuda,  al menos me deja encaminada. Yo no te estoy dejando la corrige él, emocionado. Bah, cuestión de palabras. De palabras se nutre este tratamiento. Yo no te estoy abandonando le repite él y tu madre tampoco. Los hechos pesan más que las palabras dice ella. A él se le aparece el rostro de su mamá. Si hay algo en lo que nunca pensó la vieja fue en la plata. Se queda en silencio un largo rato. No me parece que sea el momento indicado para interrumpir el tratamiento; no te preocupes por el dinero, me lo pagarás cuando puedas. Daniela arquea las cejas Mil gracias, Gustavo, pero me parece que no corresponde. La imagen de su madre troca en la de Ana María. Él tampoco sabe si corresponde. ¿Vos soportarías contraer una deuda?, ambos sabemos que precisás ayuda. Siempre evité contraer deudas, me pesan demasiado, pero lo intentaré.  ¿De acuerdo entonces? pregunta Gustavo mirándola fijamente. De acuerdo contesta ella sonriendo Dios lo puso en mi camino.


Está estacionando, luego de diez minutos de dar vueltas, cuando suena su celular. No te olvides del pollito. Ya me estoy relamiendo escribe. Mira su reloj. Diez minutos no dan para ir a tomar un café. Apaga el motor y enciende el DVD. No debemos de pensar que ahora es diferente. Apaga con bronca. Baja.

viernes, 11 de octubre de 2013

53

Terminé con la refacción del baño y me salió otra obrita cuenta Raúl del local de al lado, les gustó lo que yo había hecho. Un nuevo trabajo que conseguís sin la intervención de tu padre. Sí, eso es lo mejor, no sé cómo explicártelo, siento que lo estoy jodiendo, mirá qué boludez, a él qué mierda le importa. Nunca es una boludez lo que decimos; a lo mejor le importás y todo. Raúl cruza la pierna sobre la rodilla, una postura tan suya.  ¿De veras creés que no le importás a tu padre?, todo lo que me contaste sobre él no habla de indiferencia. A ver si nos entendemos, yo no pienso que mi viejo no me quiera, lo que siento es que no me respeta; se cree que soy otra sucursal de Textilandia, que puede disponer de mí, piensa que soy un inútil que precisa que le estén marcando el camino para que no se equivoque; piensa que sin él yo no sería nada, que sin su plata no sería nadie; ¨te mandé a Miami¨, delante de la gente lo dice, ¿sabés lo que es tener un padre así? pregunta. Gustavo siente las axilas empapadas, por suerte es oscuro el suéter, piensa. A veces siento que lo odio. ¿Y otras veces? Mi viejo no es cualquier persona. Desde el momento en que es tu padre, jamás podría ser cualquier persona para vos dice Gustavo mirándolo a los ojos. Raúl niega con la cabeza. Quiero decir que no es una persona del montón.; cuando él llega a un lugar ocupa todo el espacio. ¿Querés decir que otras veces lo admirás? Raúl se queda pensando. Siempre lo admiro contesta al cabo de unos segundos para bien o para mal. Explicate mejor pide Gustavo.  Hay que estar muy seguro de uno mismo para hacer las cosas que me hizo el viejo. ¿Vos no estás tan seguro de vos mismo? Obvio  confiesa Raúl por algo estoy aquí. Sin saber por qué,  Gustavo se encuentra diciendo me comentaste que tenés un hermano. Raúl levanta las cejas, inclina apenas la cabeza. Sí, tiene cinco años menos que yo. ¿Cómo te llevás con él? Qué decirte, no me llevo Raúl hace una larga pausa es el nene mimado. ¿El sí cumplió las expectativas paternas? Maradona le decía yo, siempre de diez, aunque en realidad se parece más a Messi, porque de rebelde, nada. ¿Trabaja en Textilandia? pregunta Gustavo, sonriendo. Veo que te gustó la palabrita; sí, por supuesto, es el gerente de marketing, junta la guita en carretilla. ¿Lo envidiás? arriesga Gustavo. El rostro de Raúl se crispa. Qué me decís, me da asco. ¿Asco? Es un obsecuente, desde chico es un obsecuente. ¿Cómo es eso? pregunta Gustavo sorprendido de que se sigan abriendo nuevos frentes. No llegaba a la mesa y ya sabía cómo manejar al viejo. ¿Y vos no?  Yo nunca hice lo que mi viejo quería. ¿Aunque coincidiera con tus reales deseos? No me entendés Raúl hace una mueca despectiva. Explicame mejor, entonces reclama Gustavo.  Jorge, así se llama mi hermano, cedía en pavadas pero en lo importante lograba convencerlo al viejo. Oyéndote parece que hubiera sido una actitud muy inteligente. No dudo ni de su inteligencia ni de su falta total de escrúpulos. Gustavo comprueba que ha dado en el blanco, Raúl se muerde las uñas; está agitado. ¿No contemplás la posibilidad de que a tu hermano realmente le gustaran las mismas cosas que a tu padre? Sí dice Raúl con rabia están cortados por la misma tijera. Hay que insistir en el flanco herido se dice Gustavo y lo invade una profunda sensación de cansancio. Abre y cierra los ojos con fuerza y pregunta ¿te acordás de cuando nació? Me encontraron empuñando un cuchillo entre los barrotes de su cuna; fue la primera gran paliza de mi viejo. ¿Te pegaba? Claro. ¿Por qué decís claro? Yo era insoportable cuenta sonriente hacía un quilombo tras otro. Gustavo cambia de posición. Para bueno estaba Jorge dice difícil competir con él si, como decís, estaba tan dotado para manejarlo. Raúl cabecea. Imposible, diría yo; una vez, para el día del padre, vendí mi colección de estampillas para comprarle un encendedor que yo sabía le encantaba, ¿sabés qué dijo mi hermano? Raúl golpea con los dedos la palma de la otra mano ¨le pedí a papá que de regalo de cumpleaños no fume más¨, ocho años tendría el pendejo; él había ido conmigo a comprar el encendedor. ¿Y tu padre qué hizo? Me lo devolvió, ¨cambialo por algo para vos¨, dijo; Jorgito sonreía. Raúl se hace sonar los nudillos ¿Conoces la historia de Caín? pregunta Gustavo. Raúl lo mirá desconcertado. Nunca supe por qué lo mató a Abel dice Raúl luego de unos instantes. Porque Dios prefirió la oveja que le regaló Abel al trigo de Caín aclara Gustavo.  Jorge sigue vivo dice Raúl sonriendo de lado. Pero lo que sentiste ese día no debe de haber sido muy diferente de lo que sintió Caín. Los ojos de Raúl se enrojecen mientras simula un bostezo. Luego se queda mirando hacia la ventana. Se está por largar a llover dice justo hoy que están pintando el frente.


Papi, pregunta mami si vas a venir a cenar.  Gustavo duda, ¿está en condiciones de soportar una cena de cuatro? Decile a mamá que llegaré tarde. Luego de un rato Martina dice pero voy a preparar con mami pollito al curry, me va a enseñar; vení, papi, porfi. Gustavo cierra los ojos. Está bien dice mientras escucha el portero eléctrico.